Opinión

A mano o a máquina – Escribir con pluma, escribir a ordenador – Placeres y peligros de las plumas

La caligrafía propia debe de tener algo criminoso ante nuestros ojos y quizá por eso al escribir a mano copiamos involuntariamente las letras de la imprenta. Esta es una constante que han estudiado los expertos en paleografía y diplomática. Lo más cierto es que nuestra letra se va haciendo conforme se va haciendo nuestra vida, y en ninguno de los dos casos se nos ocurre, al ver nuestro reflejo, decir ‘olé’. Por supuesto, hay gente experta en caligrafía o simplemente con dotes naturales, pero a esto hay que darle la misma significación moral de quien, también por dotes naturales, mueve las orejas. Por concluir con la moral, puede decirse de la grafología que tiene el defecto de hacer interesante a todo el mundo.

Cada vez escribimos menos a mano en parte porque cada vez nos enseñan peor a escribir. Una buena letra era –ya no es- sinónimo de buenas maneras: el abandono de la caligrafía es otro síntoma de que cada vez nos exigimos menos en materia de cortesía porque cada vez nos creemos más autónomos. Mi argumento es algo tosco pero por experiencia creo que lo de la letra y la sangre era verdad. Aun con el rebrotar epistolario del email, todavía tan incierto en su código de cortesía, la carta y sus delicadezas adyacentes están entre las cosas que ha abandonado el siglo XXI. Con todo, había algo bonito en ver las letras de distintas generaciones –la caligrafía americana siempre fue característica- y ese rasgo de animismo absolutamente asombroso que es que la letra del hijo se parezca a la del padre como una herencia misteriosa del espíritu. Al reparar en una letra ajena, todavía es como si acercáramos el oído a ver qué nos dice pero eso siempre es difícil de saber. La letra como instante perpetuado, fijo en el tiempo y en su significado, es cosa que, a poco que se piense, puede causar fascinación, si bien esta es de las fascinaciones que seguramente no llevan a parte alguna.

Como sea, hay algo decepcionante en esas invitaciones en buen papel, con tipos e impresión de calidad, súbitamente afeadas por una letra apresurada y pragmática, propia de secretarias diligentes, donde han puesto el nombre del invitado. Ciertamente, esas invitaciones son lo único que subsiste de toda aquella fenomenal complicación de dejar tarjetas de visita en casa ajena, por no hablar de los papeles de duelo y aun de semiduelo, etc. La gente, sin duda, tenía mucho tiempo libre pero por eso mismo el mundo era más altamente humano y socializar no implicaba, de modo directo, envilecerse.

El abandono de la escritura a mano llevó al entierro de la pluma aunque también es característico que hoy pueda uno gastarse en plumas –en plumas ostentosas- más que nunca. Para escribir con algún propósito aproximadamente literario, la escritura a mano ha tenido su prestigio –como si así hubiese una carnalidad más real en el escribir, en ese tránsito de la cabeza hasta la pluma, o como si con una pluma en la mano el Parnaso fuese más accesible y nosotros capaces de cualquier maravilla. Cuando Nietzsche cambió la pluma por la máquina de escribir, su estilo se volvió más aforístico y telegráfico, con frases, por decirlo con Bernard Frank, que se cerraban como cajones. Los manuscritos de los escritores son conocidos: la letra mínima de Pla, que ocupaba toda la hoja, las cuentas de Balzac en los márgenes, sus cercos de café. Todo eso de los manuscritos resulta en parte un poco mortuorio, y hay ahí otro punto de reflexión para ociosos: la letra de los muertos, como un ir y quedarse.

Este es el primer artículo que escribo a pluma: estoy en un avión, medio dormido, escribo con el piloto automático yo también y, por tanto, no estoy en disposición de encontrar ninguna diferencia con el PC salvo que la letra del PC se entiende y aquí sólo puedo garrapatear. El avión es ideal para leer y el tren para escribir pero hay que adelantar trabajo. Volviendo a estilográficas y computadoras (delicioso término anacrónico), pese a que uno ha escrito todo a ordenador, creo haber usado pluma toda la vida, y los apuntes de bachillerato y universidad se tomaron a pluma, casi siempre negra, alguna vez azul, sin mayores problemas. No sé si he leído o he imaginado que la tinta correcta y educada era la azul, pero no está el mundo ya para esas sutilezas, salvo un amigo mío que utiliza tintas de J. Herbin (¡maître cirier desde 1670!) en color azul myosotis, gris ‘polvo de luna’ o verde ‘réséda’. Es raro que con estas tintas no le salgan exclusivamente alejandrinos.

La escritura con pluma debe de ser más lenta y tiene uno la sensación de estar más divagatorio y aburrido. La lentitud tal vez tenga que ver con la voluntad de evitar tachones, horror de la vista que nos ha solucionado Bill Gates. De niño hice un curso de mecanografía –en aquellas máquinas de escribir del paleozoico- y el sonido de un rápido tecleo, el oírme teclear, es un síntoma de felicidad: el avanzar rápido significa no sólo que uno esté cumpliendo con su trabajo y no en cualquier otra parte peor, sino que estamos concentrados y las ideas fluyen rápidas y felices, por contraste con la percusión irregular de la corrección. Ese tecleo es, en definitiva, una música de pura maravilla, una compañía que, por suerte, ya es vieja y constante –en mi caso, algo así como la banda sonora de la ‘oisive jeunesse’. A un amigo mío escritor le gustó saber que su vecina le identificaba como el señor al que se le oía todo el día teclear. En fin, pese a escribir con pluma, teclear cuando uno trabaja hace agradable el trabajo, casi como si estuviéramos tocando el piano y no pulsando el alfabeto. Es más: usar las dos manos para escribir, como para cualquier otra cosa, aporta un mayor sentido de completitud, una cualidad casi artesana de torneado que resulta muy grata –estamos más inmersos en la tarea.

Pese a usar pluma he sentido siempre un horror no voluntario hacia el exceso de orfebrería y joyería y ornamentación, como si viera algo perverso en el gusto por el oro y las piedras y sus complicaciones –los minerales comunican el tedio de lo muerto. Es una manía sin trascendencia y no pretende ser una censura general; quizá uno puede ser un hombre honesto aunque le guste acariciar o ver brillar piedras preciosas. Puede verse que las plumas van quedando como regalo, no muy imaginativo, no muy moderno, para oposiciones o doctorados o fines de carrera, y ahí también vemos gente que opta por ese tipo de plumas que homenajean a Proust y que vienen cuajadas con motivos ruskinianos de color violeta y que tienen esa tristeza de las cosas que jamás se usarán porque a muchos no les gusta la pluma sino el romanticismo de la pluma. Todo depende de la sensualidad de cada uno; la de algunos va por los lacados y las piedras, a mí me gustan, no sé, las frutas, los quesos. Somos gente sencilla.

Las plumas conocieron su mejor momento en los años del art decó, con buena lógica –magníficas Parker neoyorquinas, magníficas Cross tan costa este-, hasta los años cincuenta, en variaciones infinitas, casi siempre tornasoladas. Hoy los gustos no van por ahí sino por el no escribir a mano: la pluma ni siquiera tiene hoy resabio decimonónico; es algo, como el tabaco, a lo que el tiempo simplemente le ha pasado por encima, con la misericordia característica que el tiempo aplica a sus destrozos.

A mi lado –al otro lado del pasillo-, una muchacha hace los deberes con pluma. Es una pluma de plástico en colores rosados. Por cierto, que parece que a las niñas la responsabilidad les viene de serie. Usa tinta azul. La tinta azul siempre es irregular con su tintado –es más aguada, menos uniforme. Con todo, por lo menos dos en el avión sabemos de los placeres de la pluma: esa obediencia que tiene a nuestra mano, su equilibrio de flexibilidad, la constatación de que la pluma tiene una viveza y que por ella pasa el tiempo y que además tiene sus días, aparte del sentimiento de propiedad y obligación que da el escribir siempre con el mismo instrumento, como si cambiarse ahora a bolígrafo fuera un delito de promiscuidad. No creo que el mundo esté para apreciar estas sutilezas, ya digo. Lo especial de cada pluma parece llevarnos a una fidelidad; es imposible no tener un ‘rapport’ absolutamente personal con cada pluma: tengo dos plumas en activo y al principio las usaba indistintamente o llevaba las dos en la chaqueta o cogía un día una y un día otra pero esa bigamia al poco tiempo me resultó molesta y por tanto impracticable: no sabía que cada pluma fuera tan exigente, que reclamara tanta atención hacia sí misma, que forzara a una elección que le podía a uno traer complicaciones prácticas. He intentado darle extensividad a este argumento pro-monógamo, sin resultados concluyentes.

Otra comprobación es que las plumas, como otras cosas donde la mano humana cuenta de modo directo (pienso en los sastres), tienen siempre alguna imperfección que no merma sino que constituye su encanto: parece que tuvieran estados de ánimo, las plumas; ya dije antes que cada pluma tiene sus días y algún día la tinta fluye con todo placer y ligereza y otro día es lo contrario; hay plumas que funcionan bien y plumas que funcionarán mal hagamos lo que hagamos. Pero como ocurre con la decoración moderna minimalista, ahora tendemos a desdeñar todo aquello que nos parece imperfecto, sin saber que esa imperfección le daba su calor humano a toda cosa, le daba su gracia, que no es sino una imperfección que se perdona, con la que podemos simpatizar por nuestro común pie de imperfección.

La pluma, además de dar una sorpresa diaria, sabía hacer un placer de la necesidad. Encontrar una pluma buena –una pluma, digamos, compatible con nosotros- es cuestión de suerte pues el precio y el funcionamiento no van a la par: cuando damos con una pluma buena, veremos de inmediato que no hay nada impráctico ni antihigiénico en cargarla de tinta, en limpiarla o vaciarla, etc., asuntos a los que se les puede dedicar toda la atención que uno quiera, mucha o poca; una buena pluma puede, además, utilizarse en eso que los deportistas llaman circunstancias extremas –cuando funciona, funciona. Por supuesto, hoy el único pretexto que tiene la pluma es el hedónico. Para los amantes del secreto cabe también la ventaja de que la tinta de pluma desaparece con el agua. De la pluma también es agradable, y quizá algo bobo, que te la alaben las dependientas, e incluso puede servir para remover la copa. Por último, el mundo conoce un caudal limitado pero persistente de gente maniática: si usted está entre ellos, las plumas le darán un campo a su manía.

En Madrid hubo un gran establecimiento para plumas estilográficas en la calle del Príncipe, antes de que la calle del Príncipe fuese exactamente como cualquier otra calle de cualquier otro lugar. Príncipe era una maravilla y la tienda era Alejandre. La atendían dos viejos profesionales, amables y apasionados del asunto; pese a todo, a mí lo que más me gustaba era el rótulo, de dinámica tipografía moderna, y los dos pequeños mostradores, con esos alabeos que también logró, en sus mejores momentos, la arquitectura moderna. Ahora sigue Sacristán, establecimiento antiguo y venerable donde parecen tener no sólo plumas complicadas y maderas oscuras sino también una solución a cada problema. El trato de los dependientes más vetustos es admirable porque es gente que sabe y mira con emoción a todos aquellos que compran o arreglan una pluma para usarla. La última vez me intentaron vender una Pelikan color amarillo pollito pero se lo perdoné. Años atrás se puso de moda regalar plumas a lo cervantino, grandes plumas de ganso con tintero ad hoc, pero por suerte esa moda nos ha abandonado. En cuanto al coleccionismo de plumas, merece el mismo veredicto que el coleccionismo de sellos o de cadáveres.

En realidad, la pluma tiene su mejor activo en su discreción, en su condición de propiedad tan personal que llega a ser un gozo secreto. Es nuestra propiedad personal más noble, en tanto que las demás propiedades personalísimas –gafas, gemelos, reló, etc.- o tienen menos significación o tienen más suciedad. A cambio, las plumas –pienso en la de mi bisabuelo, en mi escritorio- siempre guardan un poco del alma de su dueño, el gesto de una vida. Como cualquier afecto real, el de las plumas también requiere para consolidarse mucho tiempo y no poca voluntad. Será por eso que cada vez se usa más el boli.

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