Opinión

¡Taxi…! - Los placeres del taxi – Memorias de taxifilia

He pasado media vida dentro de un taxi y la otra media esperando uno. Ahora hay tantos taxis libres que uno los coge porque daría pena no cogerlos, porque basta con poner el cauto pie en la calle y hacer el saludo fascista para detener a uno y que nos lleve al fin del mundo por Príncipe de Vergara o por Velázquez. Cae la tarde y entre los azules y los grises vemos una luz verde aquí, una luz verde allá, una floración como una sugestión de libertad: cinco segundos después, para un taxi con la palabra LIBRE. A veces he pensado si viajar en taxi no es una liberación sino una vocación. Quizá en la pavorosa Estigia nos espere un taxista y no un barquero. “Los buenos clientes no pagan dinero”.

El taxi es una institución de civilización. Siempre habrá gente en la tierra que vea más lógico tomar un taxi al día que irse al Mato Grosso tres semanas. El burgués no necesita la huida sino la ilusión o el sueño de la huida. No hay más que un lujo doméstico y modesto en viajar en taxi cuando el metro lo pagan los contribuyentes y no los dioses y cuando los taxis tienen su propia moraleja económica: las cosas irán muy mal pero nunca tan mal como para no tener los cinco o seis euros que marca el taxímetro. Hay ciudades taxigénicas, ciudades que se ven mejor en taxi –pienso en Berlín- y sin duda, un taxi con la ventanilla bajada ofrece la mejor posición para apreciar las sugerencias de la primavera o las primeras palabras del otoño. El metro implica ya una sociabilidad mínima –ser reconocido por la mirada ajena- y el taxi es refugio de contemplación, de soledad, de autonomía. Esa contemplación ociosa por la ventanilla del taxi es lo más parecido a la contemplación beatífica: cuando uno va en taxi, las calles pasan, el tiempo se estanca y uno se abandona a una pasividad cercana al no-ser. Luego llega uno a cualquier parte y puede decir que ha venido en su skoda blanco. Nadie nos pide que le acerquemos a casa.

Ni siquiera el placer del taxi es ajeno a “la tristeza de las cosas”: hace poco creí agonizar en un atasco con Radio Olé, de cuando en cuando hay alguno con el fútbol –“¡gol del Eibar en Getafe! Celébrelo con un purito maloliente”- y todavía hay taxistas con un olor corporal que parece implicar la cercanía de los besos en el cuello. Puajh. El gremio de los taxistas tiene un ‘ethos’ menos inclinado al liberalismo que al conservadurismo populista, de modo que no hay tarjetas VIP ni privilegios por ser cliente añejo y puede ocurrir que cualquier tarde de lluvia nos roben el taxi unos niños vestidos de raperos o esas señoras que sólo lo cogen para ir a la clínica. Pese a todo, hay que mantener la estima previa por el taxi en todas sus formas –aerotaxi, burrotaxi- y recordar tantos paseos entre glorias cuando la radio transmite la canción adecuada y nos ponemos a canturrear de pura felicidad, en el entendido de que el canturreo va en el precio. Ahora, además, ya puede pagarse con tarjeta.

Todas las rosas son la misma rosa y todos los taxistas se parecen, en Madrid o en Beirut. Desde aquí, uno quisiera rendir fiero homenaje a tantos taxistas que me distrajeron con su conversación de costumbrismo: taxistas COPE de Madrid; taxistas almidonados de un París sin taxis; taxistas bangladeshíes de Nueva York, dispépticos, envueltos en turbantes, silenciosos hasta la hostilidad salvo aquel que me enseñó a pronunciar Houston Street con una sonrisa como una grieta en su rostro milenario; taxistas de La Habana con su Lada soviético o su Chevy aerodinámico, dispuestos siempre a cualquier complicidad; taxistas moros, deliciosamente venales, con Mercedes color mostaza, que nos pasean por paisajes de Tintín; ‘cabs’ de Londres de los que no hay que hacer esfuerzos deportivos para bajar con elegancia… ¿Por qué no edita Taschen un libro sobre Taxis del Mundo? Si cierro los ojos, aún logro recordar esos taxis rojinegros de Madrid a modo de esquela de la infancia, esos SEAT 1500 grandes como palacios a motor, cuando mi ciudad no quería jugar –y perder- a ser la más moderna y los barrios que hoy son pijos eran gratamente peligrosos. Ahora en Madrid hay muchas mujeres taxistas; hay taxistas amerindios que escuchan emisoras fascinantes; hay taxistas del Peloponeso y hace poco encontré a uno que tenía puestas las cantatas de Bach y no el Carrusel Deportivo y cuyo buen gusto se explicaba por ser oriundo de Polonia. Confieso un gusto especial por los taxistas ‘folk’ que llevan sobre el salpicadero a la Virgen de su pueblo –“yo conduzco, Ella me guía”- o incluso la foto de sus niños, pues así puede uno dedicarse a algo tan agradable como es poetizar sobre las vidas ajenas. Hace años, vi a un taxista que llevaba una imagen del Sagrado Corazón –“¡Amigo que nunca falla!”- junto a un calendario de esos que abundan en los talleres de chapa y pintura y que mostraba a una rubia de tetas irreales: quedé muy sorprendido por ese sincretismo que, de alguna manera, afirmaba tan a las claras pulsiones y constantes importantes de la naturaleza humana.

Tanta taxifilia no me ha deparado un gran anecdotario pero sí alguna observación. La conversación banal con los taxistas creo que afina algo entre la diplomacia y la receptividad psicológica. Por lo general, todos estamos de acuerdo en Los Grandes Temas: el amor es bonito, la familia es importante, la muerte es inquietante, hay que ser buena persona. En esos Grandes Debates es difícil conocer a la gente y me he llegado a convencer de que cómo uno afronte la “small talk” es mucho más revelador –ironía, agresividad, defensa, cordialidad, negatividad, propensión especulativa, etcétera- además de ser indicio de cómo la vida debiera ser según los estándares que mezclan educación y discreción, dejando aflorar el carácter y la novelería por sus resquicios. Es la importancia de la superficialidad. Esas pequeñas piezas de conversación son un adiestramiento magnífico para acomodarse a la personalidad de otros. También creo que mi relativa parquedad de anecdotario con los taxistas tiene que ver con el hecho de que soy hombre y no mujer: por conversaciones con el gremio –con el gremio de las mujeres, no con el de los taxistas-, me he dado cuenta de que surgen muchas más anécdotas con las mujeres que con los hombres en los taxis. Es lo natural pues ahí se ponen en movimiento fuerzas tectónicas: el choque de la novedad, del estrato sociológico y de las infinitas cosas que pueden ocurrir entre hombres y mujeres (y a las que muchos hombres están predispuestos en todo momento). Entiendo que esta hipótesis sobre los taxis y las mujeres es arriesgada; opino humildemente, sin embargo, que no es irreal, y por eso la adelanto. Por mi parte, jamás he discutido con ningún taxista, y apoyo con fuerza al mío siempre que insulta por la ventanilla a otro conductor.

Creo haber conocido no más que a un taxista eminentemente novelesco y, por tanto, sinvergüenza, que suele estar apostado a la salida de lo que en las crónicas de sucesos se llamaría “céntrico bar de copas”. Sólo él, creo, es capaz de cumplir con aquella antiquísima apuesta turística de encontrar, a cualquier hora del día o de la noche, un sitio abierto donde tomar una paella y una botella de Rioja. He recurrido a él no pocas veces en el galicinio, después de alguna noche divertida, cuando el amanecer en Madrid es de un frescor casi líquido y él cuenta todo tipo de disparates y mentiras agradables de creer.

Esa hora de volver a casa en taxi es un momento a la vez de euforia y paz, y uno le dice que pare entre Ibiza y Menorca como si le pidiera parar entre Melchor y Baltasar, y la calle de pronto parece infinita y dan ganas –ganas verdaderas- de decirle que siga hasta “el mar en Alicante”, que está sólo un poco más allá, en la misma dirección, allí por donde el sol saluda como un perdón o una promesa… Al recordar esos momentos de alegría casi omnipotente, tiendo a pensar que los taxistas deberían instalar un dispositivo luminoso en el reposacabezas que se encendiera al bajar: “Recuerda que eres mortal”. Sí, el taxi es el mejor medio de transporte para los que no tenemos yate.

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