Opinión

La gran farsa del pluralismo mediático

Que, rebasado el siglo XX, existan en la Europa de la fracasada «Televisión sin Fronteras» 6.500 operadores de televisión y en España más de 400 televisiones de distintos ámbitos territoriales y colores políticos, no quiere decir ni mucho menos que esté garantizada la pluralidad y la libertad de información, por más que se empeñen en pintarlo de color rosa pantera en Moncloa, o en ese pantano lleno de cocodrilos (UTECA) que defiende los intereses corporativos de las televisiones comerciales.

Idénticos efectos perversos para las libertades públicas tendría tener a tiro de mando a distancia una sola televisión o tropecientasmil si son propiedad de cuatro latifundistas, que en el caso de España, a este paso, serán dos: Mediaset-Prisa, Planeta-Mediapro, o lo que viene a ser lo mismo, Berlusconi-Cebrián, Lara-Roures. ¡Joder qué tropa!

De un tiempo a esta parte, la fisonomía mundial de la industria informativa y del entretenimiento ha cambiado tanto, que tendría que recurrir a la prueba de ADN para reconocerse a sí misma. ¡Ni la madre que la pario! Está siendo de tal calibre el proceso de concentración, que «el grifo monomando de la comunicación» está hoy en manos de los mendas citados, que controlan contenidos, derechos y soportes de acceso global. Su prepotencia resulta ofensiva. A poco que nos descuidamos, ya se ocupan ellos de pensar por todos nosotros. Ciertamente complicado se me antoja tener pensamiento propio detentando como detentan desde la producción hasta la difusión, desde el golpe seco de claqueta hasta la señal satelital, pasando por los catálogos de derechos y todos y cada uno de los eslabones de la cadena de distribución.

¡Como si no estuviera ya bastante secuestrada está ya la manipulada «opinión pública» por la manipuladora «opinión dominante»! Más, mucho más me asusta la fiereza de estos monopolios, que el manso león fiero de La Metro. Claro que en situaciones dramáticas como las que estamos viviendo en esta «Era de pensamiento unívoco inequívoco», sólo caben dos explicaciones: o bien que ya nadie se molesta en pensar, o que alguien piensa por todos los “ciudadasnos”, según la descriptiva recreación equina de Sánchez Dragó.

Hace medio siglo, Televisión Española era «La mejor TV de España». Cincuenta años después, los medios de comunicación (públicos, privados, concertados, medio-pensionistas, españolistas, regionalistas, cantonalistas o nacional-independentistas) se cuentan por millares. Y donde ayer se hablaba de «La Televisión del Régimen», hoy se habla de «Televisiones, radios, periódicos y libelos de partido». ¡Qué asco!

Una década y pico después de la promulgación, en 1997, de la Ley de Liberalización de las Telecomunicaciones, los medios de comunicación, en sus múltiples soportes, han tenido un crecimiento exponencial. Pero paradójicamente, en paralelo a la eclosión audiovisual, se ha producido una involución ideológica de tal calibre que habría que ir sopesando seriamente en la posibilidad del exilio.

¿Por qué esta multiplicación de la oferta, en lugar de traducirse en una mayor «diversidad ideológica», puede acabar derivando en un «oligopolio ideológico» de facto, si es que no ha desembocado ya? - ¿Cuál es el dilema que parece esconderse en la indeseable relación inversamente proporcional entre el «pluralismo ideológico» y la denominada «salud democrática» de un país?

¿Es el «pensamiento único» y el «periodismo militante» una alarma infundada, es decir, un riesgo superado por su condición de reliquia circunscrita a tiempos pasados y a los regímenes totalitarios? - ¿Cuáles son las reglas de juego que deberían regir la relación medios-ideología a fin de evitar que se resientan o conculquen derechos y valores como la libertad, la independencia o la separación de poderes?

Analizados sobre la marcha los acontecimientos más sobresalientes que se han sucedido en el panorama mediático español durante los sucesivos gobiernos de González, Aznar y Zapatero, bien se puede llegar a la patética conclusión de que la liberalización del mercado de las telecomunicaciones y la proliferación indiscriminada de medios de comunicación de masas se ha traducido en una multiplicación exponencial de operadores (cadenas generalistas de televisión, plataformas digitales, periódicos en papel y en red, radios convencionales y por Internet, productoras de contenidos, compañías portadoras de señal, proveedores de servicios on line, y hasta todo lo que da de sí la palabra etcétera), pero no en una diversificación del pluralismo ideológico.

Por todo esto que ya ha sucedido y por lo que vendrá a continuación, que será el acabose -¡Tiempo al tiempo!-, propongo que en la próxima edición de los Ondas se entregue un caballo alado ex aequo a Felipe, JoseMarí y JoseLuís, por la zarrapastrosa herencia mediática que nos han dejado. ¡Ah! Y a Luis Fernández habría que concederle el Planeta, por haber presagiado la jugada mucho antes que muchos otros, y tener el ojo de quitarse de en medio antes de la caída del Imperio Romano. ¡Monstruo!

 
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