Opinión

La lista de Leire

Volvemos al mismo lugar. Lo conocemos. El problema de la izquierda es que, sea inteligente o no, termina llegando siempre al mismo estado: todo lo que no está prohibido es obligatorio. Se puede hacer de forma más ordinaria, como en Cuba, o de manera más sutil, como en Estados Unidos. Pero el final del recorrido, si se alcanza, es el mismo. Un callejón sin salida en el que no se puede discrepar, no se puede fumar y sólo está permitido caminar en una dirección. El cambio de piñón no es posible, por aquello que aventuró hace décadas Alfonso Guerra y que define toda una ideología política: el que se mueve no sale en la foto. Y por eso nadie se mueve. Y si se mueven, desaparecen del mapa.

Desde la educación hasta la economía, pasando por las políticas medioambientales o la justicia, la lista de ideales políticos de los gobernantes de izquierdas es tan breve que podría escribirse en el reverso de un posavasos de discoteca. Cambio climático, presión fiscal, imposición de la igualdad, propaganda institucional, aborto y eutanasia, buen rollito, y paranoia laicista; a algunos sólo les falta prohibir las cruces de las quinielas. Todo el contenido del posavasos podría a su vez resumirse en una sola frase que cabría en la chapa de una botella de cerveza: tenemos que ganar las próximas elecciones como sea. De ahí esa capacidad camaleónica del político socialista para ser español en Madrid y separatista en Barcelona, siempre según convenga. Porque lo importante no son los grandes principios sino el reparto inteligente de subvenciones y el control de los medios de comunicación.

En este clima progresista, donde toda discrepancia es mal recibida, crece y se desarrolla una pasión obsesiva por el poder. No se trata de un poder ejercido hacia algún lugar, sino del poder por el poder. Y esa placentera sensación de poder, de dirigir los destinos de los demás, es lo que le quita el sueño a la joven Leire Pajín, prototipo de político socialista español del siglo XXI. Bajo el lema “es por tu bien”, un clásico del progresismo, se lanzó la violenta ley del aborto, o la injusta ley de tabaco. Y ahora, bajo el mismo lema, se aproxima una nueva ley, disfrazada bajo el entrañable y navideño título de “Ley para la igualdad de trato y la no discriminación”. Una norma que, al final, pretende erradicar, de una vez por todas, la libertad de expresión, que tanto molesta a los políticos en general, y a los del gobierno de Zapatero en particular. Esta vez, eso sí, lo harán sin rodeos. Prohibido el insulto y la descalificación. Directa o indirecta. Y, por supuesto, el listón lo pondrá el Gobierno. Como en el patio del colegio. De forma que estará permitido insultar a los mismos que ahora, pero con la novedad de que lo pagarán los mismos que ahora. Pero ya de forma oficial, sin tejemanejes subterráneos.

Es posible que siete años de zapaterismo no hayan dado el resultado previsto. Tal vez, llegados a este punto, los ideólogos del presidente hayan llegado a la conclusión de que todo es un espejismo. La sociedad española no ha respondido al cambio radical que han tratado de imponer. Ni su omnipresente política, ni su inexistente moral han alcanzado los objetivos que perseguían. Hoy, a lomos del 2011, en España siguen quedando medios de comunicación y ciudadanos dispuestos a denunciar las tropelías de los gobernantes. Sigue habiendo columnistas capaces de desconfiar de las verdades oficiales. España sigue contando, al fin, con voces libres. Y para colmo, el sentido común se ha impuesto y, a la hora de la verdad, Pajín y sus leyes tienen tanto tirón entre la sociedad española como la Metafísica de Aristóteles entre los niños de una guardería.

Por eso necesitan esta nueva ley, y 2013 parece ser el año elegido para lanzarla. No crean que se trata de una ley menor porque, al parecer, las multas para los que no logren probar su inocencia podrían alcanzar el medio millón de euros. Así que espero que Leire Pajín, al menos, haga pública cuanto antes la flamante lista de descripciones, insultos y descalificaciones que estarán permitidas, y la de las palabras prohibidas. Me urge saber si “incompetente”, “ladrón”, “vago” y “totalitario” están entre las penalizadas por la nueva normativa. Y en caso afirmativo, ardo en deseos de conocer si puedo emplear en su lugar “inepto”, “cleptómano”, “holgazán” y “tirano”. Por último, abusando de su gentileza, no me resisto a añadir una última consulta: ¿a cuánto está el kilo de adjetivo discriminatorio “sinvergüenza”?

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