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Tribuna libre

Aborto y derecho a la vida (I)

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Me ha sorprendido bastante la reacción de algunos medios de comunicación ante el anteproyecto de ley impulsado por el ministro Gallardón.

Un artículo de...

Nicolás Zambrana
Nicolás Zambrana

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Este anteproyecto contempla, como principal innovación, que la madre, en ningún caso, puede ser condenada por acabar con la vida del feto. También suprime el sistema de plazos que, de hecho, permitía destruir al feto siempre que se quisiera, con tal de que hubieran transcurrido un determinado número de semanas desde el inicio del embarazo. La ley, por último, sí despenaliza el aborto en una serie de supuestos.

En los múltiples debates en televisión o en la radio, da la impresión de que los argumentos llamados “pro-vida” pierden valor si no los defiende una mujer, por lo que yo mismo me veo en la extraña obligación de justificar por qué entiendo que puedo criticar la práctica de acabar con embriones y fetos. Me parece que, en ocasiones, implícita o explícitamente, se da a entender que sólo las mujeres deben ser consultadas a la hora de abortar, de legislar o de discutir sobre el aborto, porque serían ellas las únicas implicadas o interesadas o las únicas que saben de lo que se está hablando. No obstante, si un varón no pudiera hacerse cargo de los dolores y molestias de un embarazo y empatizar con la mujer que espera un hijo, entonces no existirían ginecólogos y tocólogos varones, y el hecho es que los hay, muy buenos y en todo el mundo. Todos los varones podemos comprender perfectamente que el embarazo, el parto y el cuidado de los hijos pueden ser experiencias maravillosas, pero a la vez muy costosas y hasta muy traumáticas y lo sabemos porque todos hemos sido niños y todos hemos tenido madre.

Casi nunca se le da la voz al varón, en tanto que padre, para opinar sobre el aborto, como si la mujer fuera la única afectada, lo cual es contradictorio con los mensajes, políticas y leyes, en su mayoría muy positivas, que tratan de concienciar a los ciudadanos de que la mujer no puede ni debe cargar ella sola con el cuidado y la educación de los hijos y de que el varón debe implicarse en ello totalmente, para que la mujer tenga el lugar que le corresponde en la esfera pública. Por otro lado, si concluimos que el embrión y el feto son seres humanos, el varón adquiere por fuerza la posición de padre de ese niño por nacer y es, por ello, parte interesadísima en la decisión de acabar o no con su vida.

Aunque el aborto sea una tragedia, es forzoso admitir que ha dado a las mujeres un poder y una libertad que no tenían antes. Las causas de la reclusión de la mujer en el hogar pueden haber sido múltiples, pero me parece innegable que las limitaciones del embarazo, de la lactancia y del cuidado de los hijos recién nacidos han situado durante mucho tiempo a la mujer en inferioridad de condiciones respecto al varón, en lo referente a otras actividades económicas o políticas.

Además, no tengo ningún reparo en admitir que el delito de aborto era el delito “machista” por excelencia, ya que el niño lo “fabricaban” el hombre y la mujer juntos, pero en la práctica parecía que sólo la mujer corría el riesgo de ir a la cárcel por acabar con la vida del feto. Así, los primeros intentos de despenalizar el aborto se defendieron en parte como la reparación de una injusticia, como la necesaria retirada de un delito no igualitario.

También ha sido frecuente presentar al público, en el debate parlamentario, en los medios de comunicación, en la literatura y en el cine, situaciones extremadamente dramáticas del estilo de una adolescente violada, pobre, que se enfrentaba a que unos padres puritanos la echaran de casa para ahorrarse la vergüenza social de un hijo ilegítimo y que si no recibía un aborto en condiciones en un hospital iba a morir desangrada porque, en su desesperación, acudiría de todos modos a que cualquier carnicero sin formación y sin escrúpulos descuartizara el feto que llevaba en sus entrañas. Estas historias tan horribles olvidan que el Derecho vigente, tanto en aquella época como ahora, ya contaba con la manera de enfrentarse a ellas y exculpar a la mujer, a través del llamado “estado de necesidad”, que impedía castigar a una persona que hubiera cometido un delito acuciado por una necesidad imperiosa.

Sin embargo, estas historias, reales o ficticias, han convencido probablemente a buena parte de la población de que acabar con la vida de un niño todavía por nacer no debe resultar en la condena de la madre. Dichas narraciones también han ocultado o hecho olvidar que, hoy en día, el principal motivo para abortar es, simplemente, económico. Algunas mujeres, o algunos hombres y mujeres, entienden que no se pueden permitir los gastos que conlleva criar un hijo y deciden deshacerse de él. A mediados de los años noventa, las propias autoridades españolas admitían que éste era el motivo más frecuente al tomar la terrible decisión. Era el famoso “cuarto supuesto” que algunos querían añadir a la ley de 1983, junto con los supuestos de violación, deformaciones del feto y peligro para la salud física o psíquica de la madre. En realidad, este sistema de supuestos ha servido para que los niños con Síndrome de Down –a los que aparentemente se quiere tratar hoy con más justicia y solidaridad- estén prácticamente “en vías de extinción”, pues cada vez es mayor el número de parejas que deciden abortar cuando, tras un análisis clínico, su médico les comunica la probabilidad de que su hijo nazca con esa u otra enfermedad. En cuanto a la salud de la madre, en la práctica, cualquier mujer podía obtener un aborto cuando un médico de la propia clínica abortista certificaba que el embarazo podía provocar una depresión en la madre. Por todo ello, se puede decir con tranquilidad que el aborto ya no es un remedio trágico para resolver una situación aún más trágica. El aborto es, sencillamente, un método anticonceptivo más.

Opino que el aborto se ha convertido, en muchos lugares, en la piedra de toque del feminismo, aquello en lo que no se debe, no se puede, transigir. Puede que las mujeres fueran, durante milenios, poco más que las hijas mayores de sus maridos, en el plano social y jurídico, y por ello muchas conquistas del feminismo son admirables, pero no al precio de la destrucción de millones de vidas humanas. Además, la lucha feminista por el aborto está teniendo, entre las mujeres, muchas de sus bajas, como lo demuestran los numerosos estudios de salud pública que demuestran que abortar es causa de frecuentes trastornos psíquicos en la mujer que aborta (http://bjp.rcpsych.org/content/199/3/180). Asimismo, es cada vez mayor el desastre del aborto selectivo debido al sexo femenino del feto: abortos que se practican cuando los padres comprueban que el feto es una niña y, en muchos rincones del mundo, tener una niña es una gran desgracia. Algunas feministas protestan contra esta práctica pero, ¿con qué argumentos, si un feto no es un ser humano y, aunque lo sea, la madre es la que debe tener la última palabra?

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