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De un tiempo a esta parte, las encuestas fallan más que una escopeta de feria

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Quienes apoyan a opciones liberal conservadoras, las mayoritarias en las urnas, esconden su real intención, algo inexplicable en democracia. La razón de este fenómeno parece evidente: la opinión pública y la publicada están dominadas hoy por las tesis opuestas, frente a las cuales los que defienden idearios de centro derecha están sencillamente acomplejados, empezando por sus líderes.

Como se suele decir ahora, el relato o el discurso están en manos de quienes no gobiernan. Y la real mayoría social, en lugar de hacer valer su forma de ver la vida, se limita a adoptar las maneras de sus contrarios, escondiendo vergonzantemente las propias. Ni tan siquiera se atreven a rebatir públicamente esas tendencias, sino que las hacen muchas veces suyas, provocando perplejidades a sus huestes.

Hay innumerables asuntos en los que esto se hace palpable. Los que guardan relación con los actuales modelos cívicos resultan paradigmáticos. Como nuevo caballo de Troya de las ideologías alternativas, se aceptan como normales experimentos que no solamente resultan disparatados, sino que carecen de cualquier futuro despejado. La novedad, aunque no traiga nada nuevo, desplaza a la tradición, a pesar de que ha servido, sirve y servirá para garantizar el progreso en cualquier ámbito. Sin necesidad de concretar, todos sabemos de modas que hoy se adoptan en estas materias y que no tienen un pase, pero que se admiten progresivamente por la machacona insistencia mediática sobre su idoneidad. Enfrentarse a ellas constituye una temeridad, debido a la dictadura de la corrección política que las impulsa, incluso con el refuerzo en ocasiones de un derecho indebidamente concebido como mera prolongación del programa de las formaciones que las diseñan.

Esta estrategia pronto alcanzará su meta. Al no oponerse a ella un ideal coherente y sensato, socavará progresivamente los cimientos de la mayoría social, que acabará claudicando a las propuestas hasta ahora minoritarias. En cuestión de poco tiempo descubriremos sin enterarnos cómo a este país se le habrá dado la vuelta como a un calcetín y no lo conocerá ya ni la madre que lo parió, como vaticinó aquel protopopulista parlamentario de la transición.

Si las ideologías deben ser soportes de una determinada visión del hombre, de la sociedad, el mundo o la economía, carece por completo de sentido que se vacíen de contenido o se limiten en exclusiva al aspecto financiero, aun siendo tan importante. No hay que tener miedo ni complejo a plantear con entera naturalidad los criterios que han triunfado y funcionan en todas partes basados en la defensa de la libertad, la propiedad, la autonomía y fuerza de voluntad individual, el progreso fundado en la costumbre y la moral o la protección de la familia.

Lo que está en juego en estas cosas no es un coyuntural liderazgo político, sino el porvenir de una nación. Quien aborda sin compromiso alguno los temas más íntimos de su existencia, no es esperable que haga algo distinto con los de su localidad, región o país. El que viva en un caos personal, lo propio. De ahí que sea tan relevante forjar los cimientos de una sociedad con materiales sólidos.

En muchos hogares españoles se continúa “sacando la plata” cuando vienen visitas de postín. Así debemos hacer con las ideas que ya se ha comprobado que sirven, exhibiéndolas con sano orgullo y sin complejos de inferioridad.


Javier Junceda



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