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Los números no existen y, a partir de ahí, todas las bobadas que queramos hacer con ellos carecen de sentido.

La mente humana no está preparada para soportar las matemáticas. El número, no hagan caso por una vez a la RAE, no es más que la representación de una percepción sensorial ficticia convenida. Y algo tan etéreo y surrealista no puede ser verdad. Los números, por tanto, no existen y, a partir de ahí, todas las bobadas que queramos hacer con ellos carecen de sentido, aunque en un momento determinado pueda parecernos muy divertido tratar de resolver un Songoku, o como se llame la tortura esa que incluyen ahora en los periódicos donde antaño moraban los crucigramas.

Los matemáticos perdieron el juicio en el siglo VI a. de C. con Pitágoras, que estaba como una cabra, y todavía están tratando de recuperar la lucidez. Resulta esperpéntico que sus manuales de cabecera llamen “números naturales” a algo que salta a la vista que es cualquier cosa menos “natural”. Natural es la leche de vaca, el mar, o las peras que crecen en los perales. Pero no los números. Ni mucho menos los delirios que derivan de ellos. Y empleo el verbo “derivar” acogiéndome a su estricta etimología latina, muy alejada de alucinaciones infinitesimales posteriores.

El principal problema que presenta esta tenebrosa materia es su persistente inutilidad. Nunca algo proclamado tan “tremendamente útil” para la humanidad ha resultado tan increíblemente inútil para el día a día del ser humano. Es cierto que nuestros políticos trabajan intensamente para que el bachillerato se dedique al estudio de cosas inútiles, en detrimento de otras que podrían resultar más interesantes para el alumno. Pero lo de las matemáticas, con su empeño en hacernos razonar lo irrazonable, supera a cualquier otra materia. Si algo caracteriza a los matemáticos es su empeño por hallar cosas que nadie buscaba. El mejor icono de esta búsqueda inservible es Fibonacci, que con gran esfuerzo fue capaz de encontrar la Sucesión de Fibonacci, que no es otra cosa que una sucesión infinita de números naturales, que al parecer tiene un montón de increíbles propiedades, como el zumo de pomelo. Pero lo cierto es que nadie había pedido a Fibonacci que emprendiera su exploración y, de no haber dado diana a la primera en el siglo XIII, somos muchos los que seguiríamos sin demandárselo a día de hoy.

Particularmente irritante es el caso de Pi. ¿Recuerdan Pi? La comunidad matemática, en un ataque de sinceridad, reconoce que se trata de un “número irracional”. Yo no sabría definirlo mejor. Veamos. En la época en la que la última moda era las túnicas blancas, un tipo se inventa un número larguísimo –y tanto-. Decide adornarlo con una serie de propiedades que logra demostrar, probablemente echando mano de alguna clase de brujería, o de algún fluido añejo. Un tal Leonhard Euler populariza el hallazgo siglos después y pone en marcha una fiebre que llegará hasta nuestros días. Y de la noche a la mañana, todo en matemáticas pasa por Pi. Todo lo que ocurre en el mundo se sostiene gracias a la increíble intervención de Pi. Y nosotros sin saberlo. Ni diez –con su redondez-, ni nueve –con su relieve-, ni cinco –con su ahínco-. Sólo Pi, Pi y más Pi.

Engorrosas de principio a fin, las matemáticas resultan especialmente cargantes cuando saltan de la teoría a la práctica. Y eso que la práctica es la única forma de afrontarlas, toda vez que los libros de texto de teoría matemática están escritos en un lenguaje indescifrable para el ser humano. La propia redacción de los problemas matemáticos pone de manifiesto la asombrosa inutilidad de la materia. La paciencia de los alumnos se pone a prueba en cada uno de estos ejercicios, en los que el resultado da igual, porque lo único importante para el profesor es el desarrollo del problema, y la correcta exposición del razonamiento. En ninguna otra materia se alcanza tal grado de crueldad. ¿Imaginan tener que demostrar detalladamente por qué Cervantes escribió el Quijote en Literatura Española, o por qué Tegucigalpa es la capital de Honduras en Geografía?

En definitiva, nadie sabe a ciencia cierta –con perdón- qué aporta a nuestras vidas saber realizar integrales, o manejar las operaciones con raíces cuadradas con la misma soltura con la que un cocinero pela patatas. Al fin y al cabo, dos años después de abandonar el colegio, nadie normal es capaz de recordar qué es un polinomio –aunque creo haberme comido uno ayer-, cómo se multiplican dos malditos vectores, o cuáles son las propiedades de los logaritmos, en el supuesto caso de que algo inexistente pueda tener propiedades.

Si Euclides, Tales de Mileto o Kepler hubieran conocido nuestros días, rodeados de ordenadores e Internet, se habrían dedicado a la pintura al óleo, a la alta cocina, o habrían formado una banda de rock llamada Los Numeritos. Hasta Fibonacci se habría vuelto todo un poeta, y en lugar de dar la brasa con prescindibles sucesiones numéricas, habría firmado orgulloso el Poema de Fibonacci, todo un hito de la literatura que recitarían, de generación en generación, los Fibonacci en su ámbito familiar, sin necesidad de invadir el ámbito académico y torturar a los demás con sus ensoñaciones.

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