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Tribuna libre

Desde Alemania: el envejecimiento del Estado del bienestar

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Tengo un amigo que trina contra Angela Merkel, como si fuera la causante de los males que sufre la Europa del sur.

Tengo un amigo que trina contra Angela Merkel, como si fuera la causante de los males que sufre la Europa del sur. La ve como una especie de talibán de la austeridad, que impondría a los demás políticas que le interesan para no perder el poder en las próximas elecciones. No lo entiendo así, aunque algo de razón tiene ese diagnóstico.

Más bien me parece que Merkel sigue la estela de Schröder con su programa 2000, el primer intento serio en Europa de dar respuesta a la sostenibilidad del Estado del bienestar. También allí dio sus primeros vahídos el modelo, a finales del siglo XIX, de la mano del Canciller Bismarck. Pero hace ya décadas que está en crisis, desde que se produjo el crecimiento cero en la demografía germana. Con una tasa de nacimientos incapaz de asegurar el relevo de las generaciones, no es posible mantener el nivel de prestaciones sociales al que nos hemos ido acostumbrando los europeos.

Por ahí va quizá la raíz de muchos problemas actuales, presentes desde hace tiempo en foros académicos, pero silenciados en los debates políticos. La vida pública se ha teñido de excesiva demagogia en una sociedad modalizada por el predominio de los medios audiovisuales.

En este contexto, me ha interesado mucho la noticia de que la Canciller Merkel abrió el 4 de octubre en Berlín una cumbre dedicada a los desafíos del envejecimiento demográfico alemán. Reúne a investigadores sociales y a representantes de diferentes ministerios federales, de los länder y de la sociedad civil, para pensar sobre las consecuencias de esa vejez en la familia y en la educación, en las relaciones laborales y en el sistema sanitario.

Merkel espera que los diferentes grupos de trabajo puedan aportar respuestas concretas de aquí a un año: "junto con la mundialización –afirmó en la apertura de las sesiones- el cambio demográfico es la transformación más importante que se va a imponer en la vida social y en la vida personal de cada uno, en esta primera mitad del siglo XXI".

Alemania sigue siendo el país más poblado de la Unión Europea. Pero su tasa de nacimientos está por debajo de 1,4 en las últimas décadas. Al principio, la crisis se iba resolviendo en parte gracias a los inmigrantes. Pero la integración de éstos tiene también consecuencias negativas en este campo. De hecho, Alemania contaba con 82,5 millones de habitantes en 2002; diez años después, está en 81,8. Las previsiones demográficas son negativas: la disminución de la población activa no puede dejar tranquilas a las autoridades federales.

De otra parte, sin caer en moralismos, los demógrafos han ligado desde hace mucho tiempo los datos estadísticos al estado de ánimo colectivo ante el futuro. El envejecimiento es causa de desesperanza. Y al revés, la falta de entusiasmo ante un porvenir difícil, lleva a no querer tener hijos.

Frente a estereotipos frecuentes en los debates políticos o en las obsoletas respuestas sindicales, se impone abordar en serio el futuro del modelo europeo. No se puede descalificar de entrada a quienes se plantean el problema, como si tuvieran menos sensibilidad social o estuvieron vendidos al mercado o al capitalismo "salvaje". No es cuestión de descalificar, sino de buscar soluciones, aunque a corto plazo resulten inevitables recortes y limitaciones. Está por ver, en serio, la financiación pública de tantos servicios esenciales para la vida social.

En los Estados democráticos modernos, la soberanía popular no es absoluta, sino compartida. No todo depende de la confianza ganada en victorias electorales periódicas. Hay organismos independientes que deben aportar mucho, gracias también a que los mandatos no coinciden en el tiempo con las mayorías políticas. Ciertamente, hay países como España en que esas instituciones están hoy muy deterioradas: desde el Banco nacional a los altos Tribunales y Consejos. Las razones son complejas, pero exigen un esfuerzo por parte de todos, para recuperar prestigio y autoridad.

En todo caso, para Europa, el tratado de Lisboa y las cartas sociales y de derechos propugnan una integración más efectiva: financiera, fiscal, política. Ante el problema común del futuro del Estado del bienestar, hay que buscar soluciones también comunes. O seremos rebasados por la pujanza de los países jóvenes emergentes, como le sucedió al imperio romano al final de la edad antigua.

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