Martes 24/10/2017. Actualizado 12:56h

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Tribuna libre

Amores que salvan

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Pontificaba Tolstoi en la primera frase de Ana Karenina que “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Desacuerdo total.

Las personas dichosas también lo son cada una a su manera. Porque han descubierto el tesoro de su felicidad, el amor que les salva, promete eternidad y hace sentir ridícula la queja.

Los bosques esconden muchas personas de este bando: una familia de refugiados que llega a Getafe, una boda en la que en la homilía hablan del desierto y todos lloran de alegría, una madre celebra con su familia que no hay restos del cáncer.

Estas mañanas de septiembre paso por un jardín donde florecen, anunciando el otoño, unos arbustos. Su aroma contrasta con el cansancio de los primeros días de trabajo. Parece insultante, pero son flores del final del verano que animan a recoger los frutos de las vacaciones.

En un grupo de whatsapp una madre colgó una foto de sus hijos sonrientes y felices el primer día de cole. Al verla, otra escribió “ojalá tuviese yo esa sonrisa en la cara al empezar”.

Septiembre se presenta inestable y empinado. La cuesta de enero parece un llano frente a la avalancha de obligaciones. Otra vez las mismas rutinas y los mismos límites personales. Está en tu mano sonreír o quejarte, ser dichoso a tu manera o ser un infeliz del montón.

Cuando trabajaba en un hospital psiquiátrico, entró una paciente en el despacho con cara de preocupación: “Doctor, me han dicho que tengo que ir al Palacio Real a firmar unos papeles. ¿Esto es verdad o es de lo mío?” No, no tienes que ir, son las voces de tu enfermedad, de las que hemos hablado ¿te acuerdas?. “¡Ah, entonces, me quedo tranquila. Me voy a trabajar, doctor, muchas gracias”.

Para llegar a ese punto de poder preguntarse si “es de lo mío” y no hacernos mucho caso, es necesario un trabajo previo. Quizá en vacaciones has visto con perspectiva situaciones que “eran de lo tuyo”: quejas, enfados, modos de ver las situaciones, atribuciones de intenciones a los simples defectos de los demás. Cuando descanso y reflexión se unen, el fruto suele ser sabroso e interesante.

Ahora vuelves a la “realidad” y nada ha cambiado. Tú sí has cambiado y puedes cambiar el modo en el que afrontas esa situación laboral, familiar o personal adversa. Tú eliges la queja o el disfrute. Estar “de lo tuyo” o zambullirte en la paz de la realidad. Aunque precisas un motivo. ¿Qué amores tienes para este septiembre? ¿Quién te mira con verdad? ¿A quién vas a sorprender con tu actitud? Primero a ti.

A finales de agosto entrevistaban en el telediario a personas que llegaban al aeropuerto. Algunos se quejaban del fin del descanso y del inicio del trabajo. Pensé en la envidia que le daría a los que no habían podido salir de su ciudad y a los que el 1 de septiembre seguirían en las listas del paro.

Aunque no suele ser beneficioso vivir la vida comparándose con los demás, nos damos cuenta de que mientras mis hijos están en el cole, los refugiados sirios hacen lo que pueden. Mientras yo pito en el atasco con un coche de mi propiedad, los ucranianos hacen cola para el racionamiento de ese día. Mientras yo trabajo, otro se las ve y se las desea para comer ese día.

Qué pequeños nos parecen los problemas de los que nos quejamos a diario cuando ocurre algo grave de verdad. Qué dicha hay en cada cosa que se disfruta y que hace feliz. Cada uno a su manera.

En el segundo libro de Harper Lee Ve y pon un centinela, la protagonista refiere la actitud de su padre, Atticus, ante los dolores de la artritis “si le preguntabas cómo se encontraba, te lo decía, pero nunca se quejaba”. ¿Qué tipo de centinela había puesto?

Los dichosos no niegan la realidad de la cuesta empinada, sin más prefieren el amor a la queja, la sonrisa a la mueca, el proyecto a la dejadez, el protagonismo al victimismo. Como se aprecia en el vídeo de esta niña que ha tenido que huir de su casa para que no le maten, es posible vivir en la desgracia y ser dichosa.

Quizá son los niños los que nos enseñan a los mayores a sonreír, a perdonar, a dejarse ayudar. Ya lo señalaba El Principito “Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.

Aunque sea aburrido para ellos vale la pena que les observemos y que de la mano de las melodías de Xoel López empecemos a estar cansados de estar cansados y tomemos las riendas de nuestra sonrisa, nuestra dicha y nuestro disfrute: “Bajé de la cima soñada/Donde las nubes cubrían el horizonte/Y recordé todo el tiempo olvidado/Cansado de estar cansado.

Ahora que la vida es difícil, ve y pon un centinela, disfruta como un niño.

Carlos Chiclana

Médico Psiquiatra

www.doctorcarloschiclana.com

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