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Tribuna libre

Apoyar el Programa Erasmus en tiempos de crisis en Europa

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Con los años, el Programa Erasmus ha ido ampliando sus objetivos iniciales, que perseguían fundamentalmente la movilidad de los estudiantes universitarios, como instrumento para mejorar su cualificación.



Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Siempre dentro de una cierta visión pragmática de la educación, que reducía el trabajo universitario a lo que no debería ser, según el criterio clásico de Álvaro D’Ors: una tercera enseñanza).

En todo caso, este tipo de programa resulta hoy particularmente necesario para ahondar el espíritu europeo entre gente joven especialmente cualificada, como los universitarios. Ciertamente, el nuevo Erasmus+ es mucho más que fomento de intercambios selectos: afecta, con carácter general, a la educación, la formación, la juventud y el deporte. Para el período 2014-2020 se aprobó un presupuesto cercano a los quince mil millones de euros, un 40% más que en la etapa precedente. Porque es muy necesario “construir” la Unión Europea desde la base, mediante esas ayudas económicas, que pueden alcanzar a unos cuatro millones de personas.

Tras treinta años de existencia, y sin excluir aspectos lúdicos, el programa tiene prestigio en Europa, y raro es ya el universitario de cierto nivel que no ha pasado o se plantea pasar un año en otra universidad o, incluso, haciendo prácticas en empresas extranjeras, dentro de ese pragmatismo al que me refería. Muchos Estados o gobiernos regionales completan con fondos propios la financiación comunitaria, pensando, sobre todo, en situaciones humanas menos favorecidas en el plano económico.

Se podría decir que es el aspecto de la vida en la Unión Europea que goza de máxima aceptación, casi unánime, más valiosa aún en tiempos en que se agudiza el criticismo y reverdecen nostalgias soberanistas. Quizá el renovado impulso colectivo vendrá de los jóvenes, con menos ataduras vitales, más abiertos a un futuro sin fronteras.

El programa resulta especialmente interesante para los españoles, como instrumento para superar la evidente endogamia. Se ha utilizado mucho la metáfora para describir los sistemas de selección del profesorado de las universidades públicas. Pero también se puede aplicar a los alumnos: una disparatada política universitaria ha multiplicado los centros académicos por todos los rincones del país. No tengo cifras, pero seguramente los alumnos, en su inmensa mayoría, pueden vivir con sus padres mientras cursan la carrera, en la ciudad en que nacieron y se formaron, salvo si se trata de titulaciones más especializadas y, por tanto, minoritarias.

Tampoco tengo datos recientes, pero seguramente serán semejantes a los resultados de un estudio realizado en 2014 por TNS Sofres: el 73% de los franceses conocen los programas Erasmus, y el 90% de sus beneficiarios recomiendan vivamente participar. Aparte de la consolidación del uso de lenguas extranjeras, valoran muy positivamente la convivencia con compañeros de otros países..., que pueden llegar al noviazgo y al matrimonio. Según el eurodiputado Alain Lamassoure, un firme defensor de Erasmus, aunque no especificó sus fuentes, cerca de un millón de bebés han nacido de “parejas Erasmus” desde 1987

Como en tantos otros aspectos, se especula en estos momentos sobre las consecuencias del Brexit. Sin duda, será un paso atrás, aunque no decaiga la importancia del conocimiento de la lengua inglesa, dentro y fuera de la UE. Pero el Erasmus pierde uno de sus pilares, aunque el Reino Unido no era el principal destino: antes estaban España, Alemania y Francia. Los más optimistas piensan que se encontrarán soluciones integradoras, como las existentes ya con países no comunitarios: Noruega o Islandia.

Vale la pena brindar, ahora que comienza un nuevo año, por la próspera continuidad del Erasmus, importante para la construcción de Europa en momentos más bien inciertos.

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