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Tribuna libre

Arruti

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Conocí a Arruti, así creo que le llamaba todo el mundo, en el CEES en periodismo, donde impartía entonces clases de Tecnología de la información, con notable éxito entre los alumnos que apreciaban la sabiduría contenida y la benevolencia de un excelente profesor.

También estuvo en la Complutense pero le perdió pronto y se fue al CEU, donde desarrolló la última parte de su docencia.

De él aprendí muchísimo, menos de lo que debería haber aprovechado cuando me recomendaba con escaso éxito que estudiase mas biología para poder hablar de bioética con más propiedad. Era de una generosidad extraordinaria con los que consideraba que merecíamos una ayuda en nuestros comienzos literarios, nunca hubo un recensionador más generoso.

Lo sabía todo, quien era quien, de donde venía, la historia y lo que se podía esperar de los semilleros de lo que luego fue la derecha triunfante de los años 96 y siguientes. El nunca se benefició de sus consejos, de su sabia dirección, de sus ideas contenidas y firmes.

Lo volví a encontrar en la Fundación Diálogos con Sucre y Juan Pablo, las personas que más han influido en mi amaterísima actividad periodística, en buena medida el tiró de mí hacia una forma de describir la realidad firme y realista, un estilo que compartieron Nueva Revista y la Gaceta de Villanueva.

Pero su mayor valor, donde resultaba insuperable, donde todos nos aprovechamos en cierto sentido de él fue en la conversación. Lograba, al contar las cosas, excluir toda forma de presunción mientras nos enseñaba en sus relatos personales. Nadie como él para contar la historia de los militares casadistas como su padre y para relatarnos su protesta ante lo que consideraba la injusticia de la expulsión del ejercito, nadie como él para evocar el Paris de su juventud, para describir las cosas de Fraga, para exponer con ponderación la época de Franco, para observar críticamente la evolución destructiva de las costumbres.

Era un físico orgulloso de su física, de la que sabía muchísimo, sobre todo de Historia. Hablaba de Heisenberg con una amenidad insuperable.

De periodismo creo que lo sabía todo. Tenía un juicio escéptico y certero que combinaba con una bondad en la exposición que excluía totalmente la ofensa. Era imposible que una persona normal se molestase con él.

En él todo era agradable, incluso en escepticismo con que contemplaba mi forma de conducir recién sacado el carnet. Por eso supongo que me disculpará haberme enterado tarde de su entierro y estas toscas y emocionadas palabras.

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