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Tribuna libre

Austria: aspectos tercermundistas del populismo europeo

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Utilizo la acepción peyorativa del adjetivo "tercermundista". No deseo englobar en modo alguno a tantos países menos desarrollados, que han dado muestras de auténtico respeto al ordenamiento constitucional y a la alternancia en el poder.


Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Así, estos días, en Perú, donde se ha producido una tremenda igualdad en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, pero la candidata perdedora, Keiko Fujimori –denostada antes por su populismo- ha aceptado la victoria de un extraño personaje, Pedro Pablo Kucyznski, que, a pesar de su formación capitalista, ha recibido el apoyo de la izquierda.

Algunos critican mi aversión al populismo, pero lo considero caldo de cultivo de regresión de la democracia hacia formas políticas caducas. Ciertamente, los sistemas occidentales no encierran plenitud ni pureza de participación ciudadana. Pero hay un más y un menos.

En esta línea, me parece muy anómala la reclamación en un país europeo de los resultados electorales. El populista Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) no admite la derrota en la segunda vuelta de las presidenciales, celebrada el 22 de mayo. Su candidato, Norbert Hofer, perdió por 30.000 votos contra el ecologista Alexander Van der Bellen, apenas diez mil menos que en los comicios peruanos. La demanda se basa, sobre todo, en el recuento del voto del correo (por cierto, va a aumentar mucho también en España el próximo 26 de junio).

Curiosamente, Hofer había reconocido su derrota en Facebook al día siguiente de las elecciones: “Por supuesto que hoy estoy triste. Me habría encantado haber podido velar por nuestro maravilloso país como presidente federal”. Como ha sucedido antes en otras consultas con balotaje, la extrema derecha venció en número de votos en primera vuelta. En el caso de Austria fue llamativo el triunfo del 24 de abril: Hofer consiguió un 35,1% de votos, seguido por Van der Bellen con el 21,3%. Los partidos clásicos de la alternancia en el poder, el socialdemócrata (SPÖ) y el popular (ÖVP) quedaron fuera con apenas el 11% cada uno.

Por muy desarrollado que esté un país, no es difícil que se produzcan errores o irregularidades, pero suelen ser de menor cuantía, hasta el punto de aceptarse por todos como algo propio del sistema. El caso más llamativo se produjo hace años nada menos que en la elección del presidente de Estados Unidos, y no parece que se haya reformado el modo electoral que provocó errores que llegaron al mítico Tribunal Supremo americano.

En el caso de Austria la competencia reside en el Constitucional. Según los expertos, sus jueces podrían encontrar violaciones relevantes de la ley electoral, y anular parte del proceso, si tienen a su entender un impacto decisivo sobre el resultado. Exigiría repetir la votación o el recuento en algunos lugares, no en todo el país.

Sobre todo, me preocupa el espíritu de combate de estas fuerzas políticas que crecen en Europa. Denotan peligrosidad por su entusiasmo, cuando el conjunto de nuestras envejecidas sociedades muestran cansancio por casi todo lo que no aporte rentabilidad personal o económica. Es probablemente un signo de la crisis de civilización, de la que poco hacen los partidos tradicionales por superarla: al contrario, consolidan la desconfianza ciudadana, incluso en momentos que deberían ser de gozo y fiesta, como la recién inaugurada Eurocopa de fútbol.

Tampoco contribuyen a forjar soluciones de futuro algunos medios de comunicación que aplican la ley del embudo: lamentan el "populismo con peligrosos tintes totalitarios" de la extrema derecha en países como Austria, Hungría o Polonia, mientras silencian la más grave deriva totalitaria de movimientos similares en la izquierda, como si fuesen solo partidos "anti-austeridad". Pero mi impresión es que, por ejemplo, en España, Podemos encarna un populismo tercermundista, capaz de ir adelante por la ignorancia de gran número de ciudadanos. Por ahí se comprende también su conexión con Venezuela o países del Golfo. Y la experiencia del siglo XX muestra que los populismos izquierdistas son más debeladores de la libertad que los de la extrema derecha. También en la pérdida de derechos básicos hay un más y un menos.

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