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Bachillerato fascista

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Lo de Esperanza Aguirre no tiene nombre. El fascismo hecho mujer. A la derecha de la derecha. El monstruo del lago Ness. El coco.

Lo de Esperanza Aguirre no tiene nombre. El fascismo hecho mujer. A la derecha de la derecha. El monstruo del lago Ness. El coco. Resulta que ahora quiere crear un bachillerato de élite, donde los mejores alumnos de la comunidad reciban una formación específica, más exigente que la media. El objetivo es conceder especial protagonismo a los valores de “excelencia, trabajo, esfuerzo, estudio, talento y dedicación”. Un atropello. Una injusticia. Una locura. Esta mujer se ha equivocado de país.

Después de décadas de esfuerzos, España es uno de los países que mayor número de mendrugos aporta a la Unión Europea. No ha sido un camino fácil. Ha sido necesario contar con el empeño de varios gobiernos y la ayuda de varias generaciones de personajes influyentes de la televisión y las artes, y de numerosos padres y profesores comprometidos con la causa. Gracias a todos ellos, hoy podemos presumir de ser el gran hormiguero europeo de ni-nis, el paraíso de los parados juveniles, el gran jardín del fracaso escolar. Ningún estudiante europeo es capaz de superar las grandes marcas de los estudiantes españoles: trescientas partidas consecutivas sin perder en el Mortal Kombat, recitado, veloz y de memoria, de los nombres de los concursantes de las últimas diez ediciones de Gran Hermano, veinte horas ininterrumpidas de navegación pasiva por Tuenti.

Nada de esto se habría conseguido, sin el ejemplo de muchos ministros, directores generales y cargos públicos nombrados a dedo unos a otros. Tipos que merodean por los despachos oficiales, dando verdaderas lecciones de incompetencia y analfabetismo. Héroes de la España moderna. Ídolos para los estudiantes. Artistas, incluso, a su manera. Auténticos modelos para los universitarios, que los imitan, entrando en masa en las juventudes de los principales partidos políticos, esperando alcanzar todo sin mover un dedo.

No olvidemos que en España un alto porcentaje de jóvenes no hace nada. Nada de nada. No estudia y no trabaja, por supuesto. Pero tampoco protesta, ni se dedica al deporte, ni llena de pintura los monumentos, ni se echa a la calle, ni atraca un banco. El éxito de nuestras políticas educativas es tal, que hasta las cifras de delincuencia juvenil han descendido. Y no se trata del triunfo de la ética o de la moral. Sino de la victoria de la apatía. Hemos conseguido que hasta el delito les de pereza. Gran gesta.

Con este Bachillerato de Excelencia, Esperanza Aguirre marca el inicio de la demolición de todo este bagaje. La competencia por ser mejores en las aulas pone en peligro toda esta mediocridad, que se ha construido poco a poco a través de los años y de las leyes. Y además, mi psicólogo de cabecera me ha alertado de que el ascenso de alumnos a la élite del bachillerato tendrá efectos muy negativos en todos los demás. Me habla de horas extra de estudio por las noches, con el consiguiente peligro de insomnio, de un alarmante incremento de alumnos con criterio personal y capacidad de tomar decisiones maduras, e incluso, de un alto riesgo de suicidios colectivos por frustración académica.

Por suerte, el nivel educativo en España es pésimo. Lo que permite a todos los alumnos más vagos vivir tranquilos. Es realmente difícil estar por debajo de la media. Y eso proporciona una gran satisfacción a los que no estudian. Hay que conseguir parar la iniciativa de Esperanza Aguirre. El futuro del país reposa casi en exclusiva en la aptitud o ineptitud de los estudiantes de hoy. Todo lo que les estimule a competir por ser mejores, es un peligro para el futuro de España. En cambio, todo lo que les empuje a ser iguales, bajando el listón hasta donde sea necesario, nos permite mantener nuestra auténtica seña de identidad: la vulgaridad. Y los estudiantes que no quieran aceptar esa vulgaridad, que hagan como hasta ahora: puerta. España no quiere cerebros. Sólo se admiten borregos. Nada de segregación. Y nada de educación.

Europa nos espera, confía en que mantengamos nuestra insuficiencia académica. Mientras los alumnos alemanes y franceses estén estudiando de sol a sol, peleándose por ser los mejores de su promoción, los nuestros estarán completamente borrachos a la hora del desayuno, festejando que ni el propio PP ha salido en defensa de la propuesta de Aguirre. Esa es la España del siglo XXI. La de Torrente. La nuestra. Lo importante no es ser buenos, sino ser iguales. Es decir, igual de necios. Porque sólo una legión de estudiantes analfabetos puede tapar las vergüenzas de la clase política más incompetente y más inmoral de las últimas décadas de la historia de España.

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