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Tribuna libre

Balenciaga y la Europa de la excelencia

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Los incendios griegos han sembrado de calvas la campiña comunitaria hasta hacerla apropiada para rodar la secuela de Señales. 


Un artículo de...

Marian Viñas
Marian Viñas

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Julio ha sido canicular y Bruselas se pela ahora a trozos cual instagramer adicta al Sun Burn Art. Así que imagino que mientras se embadurnan en aftersun los veintiocho reflexionan sobre las ventajas a futuro del factor 50 o el urgente repienso del proyecto europeo. También los griegos despiertan. Tras meses cabalgando a lomos de la insubordinación y presumiendo de diplomacia gallita, descubren con estupor lo postizo de la hazaña. A la hora de la verdad el trilero capitula, la magia estalla cual pompa de jabón y la Cenicienta regresa al Mede.

Y es que ni siquiera Christine Lagarde recomienda asolearse con tanto descuido cuando el lorenzo en cuestión es populista. Grecia, que siempre se ha torrado obscenamente en la indisciplina, quiso perseverar cuando halló un líder a su medida. Dormitó feliz hasta el carcinoma durante los siete meses que dura ya la siesta chicharrera. Soñó con los protectores brazos de Varoufakis -por momentos, los más torneados de Vladimir Putin- y ahora espabila con la certeza de andar quemada hasta el pundonor. Tanto que el cacareado OXI se nos antoja ya como una extravagancia lejana y demodè, cuarteada como filosofía de tatoo playero, frustrada como cabalgata de orgullo rumbo al armario. Al cajón de los trikinis.

Alexis Tsipras y Pablo Iglesias. Alexis Tsipras y Pablo Iglesias.


Todo porque el adanismo que infesta la política de nuestro tiempo se obsceca a menudo en la tabula rasa sin observar respeto a patrones clásicos. Si la cosa es grave, el político de nueva hornada no solo es irreverente. También es ególatra y pelín ordinario. Se alimenta de foco y notoriedad y hasta presume de curvas antisistema con ceñidos postulados, titulares de vértigo y mítines chillones. Así que por estética y ética de nuestra política -la nueva y la vieja- debiera exigirse al menos un dedito de separación entre líder y marca. Esa yema de distancia, en su caso entre piel y tejido, era axioma para Cristóbal Balenciaga en todas sus creaciones. Aplicado a la política, el modisto también habría acertado porque esos milímetros pueden marcar la diferencia entre caudillaje emotivista y oferta respetuosa, entre chándal abanderado y digno prêt-à-porter.

Con todo, no ha nacido aquí el político (¿tal vez Suárez?) capaz de provocar la reverencia unánime y el sereno embeleso que suscitaban los diseños de Balenciaga. La celebérrima (y terrible) editora de moda Diane Vreeland sostenía que cuando una mujer se presentaba a un evento luciendo un vestido del español el resto de féminas en la sala, simplemente, dejaba de existir. Miraban los hombres pero miraban también las mujeres, maravilladas por lo que acontecía ante sus ojos y que tenía más de exquisito secuestro artístico -de eclipse sublime- que de atracción erótica.

Difícil de entender en un tiempo, el nuestro, casi regresivo en la concepción de la belleza, virtud quebrantada demasiado a menudo por elreggaetonismo-geordieshoriano más infecto. No digamos en verano. Aunque quiero pensar que hay margen para la esperanza porque pese al primitivismo imperante se sigue reconociendo como elegante lo más sobrio.

Cristóbal Balenciaga no admitía discusión al respecto. Su idea de la feminidad entroncaba más con la convención asiática que preconiza un erotismo contenido y refinado. La influencia del japonismo en sus creaciones fue especialmente evidente a finales de la década de los 40, cuando introduce la silueta tonneau que adapta elementos del quimono como la manga abullonada, el ablusamiento de la espalda o el recurso a la seda como material. Su inspiración orientalista es también evidente en la construcción de la figura femenina: Balenciaga prefiere resaltar la nuca de la mujer -que emerge como un tallo de un escote mudado a la espalda- a recalar en los lugares comunes de la feminidad occidental como el busto o el talle.

Tonneau. Tonneau.


Aunque quizá lo más genuino en la costura de Balenciaga sea su predilección por los amplios volúmenes, rasgo que permite aún hoy a muchas de sus piezas, especialmente chaquetas y abrigos, resultar de una modernidad desconcertante. En mi reciente visita al museo del modisto, en su Guetaria natal, pude comprobar lo que defiende Coqueline Courrèges, diseñadora y esposa del reconocido discípulo de Balenciaga André Courrèges. En los años en los que Chanel y Balenciaga (también Dior) copaban el olimpo de la alta costura, los dos genios concibieron el vestir a partir de la distancia entre cuerpo y prenda, con soluciones opuestas. Mientras los vestidos de Chanel partían 'desde' la mujer, respetando en todo momento sus dimensiones naturales, los de Balenciaga exageraban el tallaje. Surgían del espacio como una arquitectura exógena que progresaba 'hacia' la mujer imponiéndole un volumen artificial que, al cabo, la realzaba.

Abrigo. Abrigo.


Innovaciones como el corte saco, el tejido gazar o la falda globo infundían a la prenda una suerte de personalidad autónoma, muy marcada, que se trasvasaba a quien la lucía. El vasco, que se definía como “arquitecto ante el patrón y escultor para la forma”, imaginaba órbitas de majestad como las que había visto de niño en aquellos largos veranos en el palacete de la marquesa de Casa Torres, para la que su madre cosía, y donde el exquisito desfile de aristocracia de la época le educó el gusto. El idilio de su aguja con las líneas fluidas y el corte depurado es especialmente notable en sus confecciones nupciales. Las novias de Balenciaga emergen de una envoltura neutra, bulbosa, casi láctea, que las circunda y arrulla sin robarles protagonismo: más que caminar hacia el altar, flotan como espumosas deidades traídas por la galerna.

Traje de novia. Traje de novia.


También hay mucho en Balenciaga de inspiración pictórica: de Zurbarán, de Goya, de Velázquez, de su paisano Zuloaga, del alegre Sorolla. Incorporaba la paleta de su tierra, el gris de la mañana guipuzcoana, el azul cantábrico, los perfumados verdes de los Montes Vascos. Y se atrevió a encender París con otra luz, la de San Sebastián.

Metódico y perfeccionista, adquiría los modelos de sus contemporáneos para descoserlos y aprender de ellos. Bebió de amistades tan selectas como Cecil Beaton, Kandinski o Giacometti; y ya siendo un referente en vida volvía sin desdoro sobre los pasos de la moda decimonónica que tanto admiraba, escuchando qué tenían que decirle los maestros. Quizá es esa humildad presente en toda su obra la que perpetúa los diseños de Balenciaga convirtiéndolos en piezas eternas de una industria efímera, aproximándolos a la categoría de arte.

Balenciaga. Balenciaga.


No espera una que los políticos dignifiquen su profesión con el denuedo de Cristóbal Balenciaga (que incluso cerró su firma con tal de no rebajarse a la villanía del prêt-à-porter) Pero quizá no sea pedir mucho jubilar tanto argumentario de trapillo y recuperar, digamos, a los padres de la Constitución como fondo de armario.

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