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Biden en Munich: negociar con todos y en todas partes

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Biden se ha sentido cómodo una vez más con un programa de diplomacia conciliadora, en la que las únicas críticas han sido para el presidente Asad o para los islamistas radicales.

Al igual que en 2009, a las pocas semanas del comienzo del primer mandato de Obama, el vicepresidente Joe Biden ha sido invitado a participar en la Conferencia de Seguridad de Munich, el prestigioso foro internacional que, desde hace casi medio siglo, reúne a destacados protagonistas de la política exterior y a expertos académicos.

En los cuatro años transcurridos no apreciamos sustanciales diferencias entre aquella intervención y laque ha tenido lugar el 2 de febrero de 2013. Biden se ha sentido cómodo una vez más con un programa de diplomacia conciliadora, en la que las únicas críticas han sido para el presidente Asad de Siria, al que ha calificado de tirano, o para los islamistas radicales que operan en el norte de África y en Oriente Medio, sin dejar de reiterar el apoyo estadounidense a la intervención francesa en Malí. El vicepresidente dio muestras de conocer las raíces de los conflictos: las porosas fronteras del desierto por las que se mueven los extremistas y en las que el poder del Estado se muestra débil, con el riesgo añadido de que una generación de jóvenes afectados por el estancamiento económico se una a las filas del radicalismo. Es una amenaza real, pero a la que EEUU no va a hacer frente con intervenciones militares directas: "No es un llamamiento a gastar miles de millones de dólares ni a situar a decenas de miles de soldados sobre el terreno. Se requiere una estrategia más integrada y coordinada. Hacer frente a esos desafíos requiere seguir trabajando juntos, incluyendo a las Naciones Unidas, la OTAN, el G8 y otras instituciones internacionales clave". Serán los militares franceses y los de los países que forman la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEEAO) los que se desplegarán sobre el terreno del Sahel. No les sobrará voluntad , pero les faltarán medios, aunque el enemigo opte por replegarse cuando se sienta acosado en espera de oportunidades más favorables, tal y como han hecho los talibanes en Afganistán.

Biden hizo en Munich un elogio del multilateralismo, lo mismo que en 2009 cuando la presidencia de Obama quería marcar distancias con el primer período de la Administración Bush, aunque esta vez intentó demostrar que el balance de Obama en política exterior ha sido muy positivo. Su satisfacción era evidente al proclamar que ha llegado la hora de "pasar página" en Irak y Afganistán, asuntos que abordó sin gran profundidad, a diferencia del discurso de 2009, para centrarse en los temas económicos. Su convicción fue clara: "Porque el reforzamiento de nuestra economía doméstica es la fuente más importante de nuestro poder e influencia en el mundo". Estaba en lo cierto quien afirmaba que hoy cuenta tanto o más el PIB que el poder militar, y Biden recordó a los europeos, sumidos en la peor crisis de su historia reciente, que "una Europa fuerte y capaz está en el interés profundo de EEUU"

La diplomacia defendida por Biden se fundamenta en hallar puntos de interés común de Washington con aliados y adversarios. Detrás está su experiencia en la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, un destacado ejemplo de la diplomacia parlamentaria que le llevó a viajar por todo el mundo. Salvando las distancias, nos trae el recuerdo de Talleyrand, que afirmaba que hay negociar con todos y en todas partes, lo que podría confirmar la tesis de que la diplomacia del siglo XXI se perfila, más allá de los principios proclamados en los discursos, como un tiempo de equilibrio o de concierto, al estilo del Congreso de Viena de 1815, que hoy es visto casi un modelo por los defensores del realismo en las relaciones internacionales , pues evitó una guerra general en Europa durante un siglo. Otra cosa es la solidez de sus fundamentos que pocos querrían ahora analizar. Por cierto, Henry Kissinger, uno de los grandes estudiosos de aquel período histórico, no estuvo en Munich, como hace cuatro años, pero sí pasó por el foro de Davos, celebrado anualmente a finales de enero, y abogó por una negociación directa entre Washington y Moscú para superar la crisis siria, ya que ambos países tienen un interés común:evitar que en Damasco se asiente un régimen islamista radical. Al menos, Kissinger, al estar privado de responsabilidades de gobierno, ha reconocido que una intervención americana en Siria es una solución arriesgada, sin tener reparos en admitir que el precedente de la ayuda a los talibanes en Afganistán durante la ocupación soviética se volvió contra EEUU. Es sabido que el realista Kissinger no es partidario del intervencionismo liberal, o humanitario como se conoce habitualmente. Alega que si todas las situaciones de revuelta contra regímenes autoritarios conllevaran una intervención para ayudar a los rebeldes, que no necesariamente son demócratas y posibles aliados de los americanos, nunca habría lugar para las soluciones diplomáticas. El republicano Kissinger coincidiría con el demócrata Biden en rechazar la intervención en conflictos por motivos ideológicos.

Lo que más han destacado los medios de comunicación sobre el discurso de Biden en Munich es la disposición de la Administración Obama a entablar negociaciones directas con Irán, posibilidad anticipada por el New York Times hace pocos meses. No dejó de recalcar el impacto de las sanciones contra Irán, que sentencian a su pueblo al aislamiento internacional y a las privaciones económicas, pero ofreció diálogo si había verdadera disposición de los iraníes a negociar. A este respecto, el ministro de relaciones exteriores iraní, Alí Akbar Salehi, confirmó al día siguiente en Munich su intención de reconsiderar la propuesta de negociación si la intención de la otra parte era sincera.

La incógnita es saber hasta dónde llegará la flexiblidad de los dirigentes iraníes, pues las ideocracias, como la iraní, suelen ser dogmáticas, pero ideocracias comunistas como la soviética o la china, en tiempos de Mao, supieron plegarse a los dictados del pragmatismo en sus relaciones con EEUU. ¿Puede hacer lo mismo Teherán, cuyo enfrentamiento con Washington siempre se ha presentado como un episodio del choque de civilizaciones entre el Islam y Occidente? La garantía que mejor valoraría Irán es el compromiso serio de EEUU de no buscar el derrocamiento de su régimen, un acuerdo similar al que debieron concertar los americanos con los soviéticos respecto a Cuba para que éstos retiraran sus misiles nucleares de la isla.

Antonio R. Rubio Plo es analista de política internacional y profesor de política comparada.

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