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Las monarquías no sólo son un anacronismo, sino la consagración inadmisible del principio de desigualdad de los hombres ya en función de su linaje de nacimiento.

Hay muchas formas de discriminación, aunque no las alcance siquiera a vislumbrar la ministra Aído, un género de señora que no da para más (sin necesidad de recurrir a la descalificación por razones de grima), quizás porque su bagaje curricular se reduce a tres meses de becaria en Unicaja. Y también existen muchas maneras de conculcar el principio de igualdad de oportunidades, más allá del eufemismo cansino de la discriminación positiva en función del sexo.

La boda de la princesa heredera Victoria de Suecia con su entrenador personal -¡Y tan personal!- Daniel Westling, oficiada por el arzobispo Anders Wejryd, cabeza de la iglesia luterana sueca, con la catedral de San Nicolás de Estocolmo llena a reventar de todos los liberados sindicales que conforman la realeza europea, es un retrato al aguafuerte de lo chungo que lo tiene el orbe terráqueo con tanto menda viviendo del cuento de la sangre azul.

Lo siento mucho querido Jaime (Peñafiel), pero un bodorrio real es, a mi plebeyo entender, una escenificación del esperpento, aquelarre de princesas casaderas divinas de la muerte después de la última dieta de adelgazamiento exprés, jugando a ser Cenicienta, y suspirando por las branquias, como la letra del pasodoble, por alguno de los príncipes superpijos engominados que no saben lo que es doblar el espinazo.

Apañados vamos con tantos reyes, sultanes, califas, emires, faraones y emperadores. Con tantos infantes, archiduques, duques, marquesas, condes, vizcondes, barones, señores y grandes de España, así está España, sin remedio.

El epicentro del debate no es, a mi juicio, la matraca de Adolfo Thiers, que desde su casposa condición de ex periodista y ministro faldero de Luis Felipe de Orleans, se jactó de descubrir la pólvora cuando propuso aquella estupidez de que todo Rey debiera limitarse a reinar pero no a gobernar.

Querido Pepe (Apezarena), no sé si serás monárquico, republicano o anarco inclasificable; lo único que te pido es que si lo tienes más claro que el cronista que ahora escribe, perplejo, este divertimento, me expliques porqué algunos axiomas irrefutables e irrebatibles consiguen permanecer al margen de toda discusión, a pesar de que hayan transcurrido casi quinientos años de la coronación de Carlos V como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en la catedral alemana de Aquisgrán.

No es este un alegato que intente alimentar la disyuntiva recurrente entre Monarquía y República (que sólo le interesa, llegado el caso, a Zapatero para seguir enredando, a Llamazares para medrar, a Carod Rovira para ejercer su antiespañolía desde el coche oficial, y a cuatro mataos más que viven del seguidismo al cabrero), sino un simple devaneo que se atreve a cuestionar la aceptación incontestable de la realeza apelando al legado histórico. ¡Si al menos fueran héroes hasta podría tener un pase! Y que nadie me venga ahora con el 23F como causa de legitimación borbónica.

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó  la Declaración Universal de Derechos Humanos. En su artículo 1 se dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…”.

Puedo aceptar como reinas de corazones a Grace Kelly, a Rania de Jordania y hasta a la mismísima Sultana de Ronda, que estaba la moza como un queso y también tenía su aquel de glamur rústico. Pero confieso que uno de los que más repelús me dan es el príncipe del casino monegasco -¡Qué asco!-, que por muchos besos que le endose a la rana siempre será un adefesio, aunque acuda a los saraos con una Artemisa turgente (Charlene Wisstotck se llama la princesa esa) agarrada del brazo tonto de Torrente

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