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Botox en el corazón

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¿Y si nos pusiéramos botox en el corazón? Quizá disminuiríamos las arrugas causadas por tantas emociones vividas, alegrías y sufrimientos.

                Este fin de semana me contaba el profesor Stan Taktin, de la Universidad de California (UCLA), que veía madres que llevaban “demasiado” botox en la cara y tenían dificultades en la relación con sus hijos pequeños. ¿Por qué? Porque al hijo le costaba detectar y sintonizar con las emociones de la madre, la ausencia de arrugas disminuía la expresividad de las emociones en su cara.

                ¿Y si nos pusiéramos botox en el corazón? Quizá disminuiríamos las arrugas causadas por tantas emociones vividas, alegrías y sufrimientos. Le daría un aspecto más juvenil y relajado (¿indolente?), pero se nos quedaría un corazón estático. Bonito, pero como una patata. ¿Quién puede amar a un corazón patata?

                Las arrugas del corazón nos pueden ayudar a que las emociones del presente nos recuerden tantas cosas aprendidas con emociones del pasado. Podemos pensar que estamos en una sociedad con hipertrofia de las emociones. Me da la impresión de que lo que está hipertrofiado son las sensaciones, pero no las emociones. Ojalá hiciéramos caso a las emociones en el momento en que aparecen.

                Hacer caso significa escucharles, no necesariamente hacer lo que dicen. Hay quien se enamora de otra sin darse cuenta, es infiel sin darse cuenta y se hace infeliz sin darse cuenta. Aquella emoción te dio la voz de alarma, pero la hiciste callar metiéndole un rollo de papel de cordialidad-amistad-relaciones de trabajo en la boca. La sorpresa al darte cuenta de la preocupación de ese compañero de trabajo te avisó, pero la amordazaste con ese falso respeto por la intimidad de los demás.

                Ojalá supiéramos sentir, conocer y emplear más nuestras emociones presentes para sumarlas en la búsqueda de la felicidad propia y de los demás. Ojalá sustituyéramos nuestro control personal y ajeno por el fluir inteligente y dirigido de las emociones. Podríamos llegar a afirmar lo que me decía un paciente: ¡He descubierto que amar tiene una parte de emoción! Siempre había creído que amar era sólo entregarse a alguien sabiendo que eso era bueno.

                Un primer paso puede ser escuchar. Escucharnos a nosotros mismos y escuchar a los demás. En la cultura maya tenían cinco puntos cardinales: norte, sur, este, oeste y el centro, dónde estás tú ahora. Está bien escucharnos para saber y sentir dónde estamos.                 Para escucharnos, el cuerpo nos dará mucha información acerca de qué emoción tenemos. Es curioso ver a los deportistas u otras personas en los medios de comunicación, explicar cómo sienten “buenas vibraciones” o “mal rollo” o que les “da cosa”, pero no saben cuál es la emoción que tienen. Sienten algo en el cuerpo que les indica que tienen una emoción, pero ¿cuál será?

                Podría ayudarnos hacer una revisión de nuestro cuerpo cuando nos demos cuenta de que estamos enfadados o contentos o ilusionados o tristes e intentar sentir esa emoción en el cuerpo. Nos iremos dando cuenta de que el cuerpo –que no sabe mentir- expresa esas emociones antes de que el cerebro razone qué está pasando.

                Para escuchar a los demás nos da ideas el ideograma chino “escuchar”. Incluye los siguientes pictogramas: oreja, tú, ojos, atención no dividida y corazón. Es verdad, escuchar incluye al corazón y un corazón con arrugas –con vida- es capaz de escuchar con más sabiduría que un corazón con botox, anestesiado y sin recuerdos. La arruga es bella.

                Atrévete a preguntar “qué tal” a los demás con la intención de que te cuenten de verdad qué tal. Atrévete a preguntarte cómo te sientes. Desde ahí puedes reestructurar tu actuación y hacer las cosas con plena conciencia de ti mismo. Serán emociones “positivas” o “negativas”, pero son tuyas, son de tu patrimonio personal, son las que tienes y podrás decidir con mayor libertad. No las ocultes, no te pongas botox en el corazón.

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