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Carcundia

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Todo aquel que no se instale en la novedad, en lo último que aparezca en escena, corre hoy riesgo de ser tachado de carca, de retrógrado, de reaccionario.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Resistirse a asumir sin más lo que llegue, sin reparar en su sustancia o al menos valorar su coste-beneficio, equivale a ser etiquetado como antiguo, como rancio, como intolerante.

Esta corriente se extiende a todos los ámbitos. En política, el canon de corrección actual recomienda vivamente ser cautivado por aquellas formaciones que no son las que hasta este momento se han venido alternando en la gobernabilidad. Es outdefender el bipartidismo, pese a que haya sido el sistema que ha posibilitado las mayores cotas de prosperidad que se han conocido y a pesar de que opere en los Estados más desarrollados del planeta y con mayores niveles de estabilidad. Quienes sostienen que está demodé el bipartidismo, acostumbran a apelar a la corrupción que ha generado, como si tal cosa no afectara desgraciadamente también a los nuevos partidos, y a la necesaria destrucción de las redes clientelares formadas durante años, considerando candorosamente que ello no sucederá con los recién llegados, porque se trata de damas y varones de acrisoladas virtudes que jamás de los jamases osarán comportarse de forma indebida en nada.

Por descontado que el bipartidismo tiene por delante retos importantes a superar. Potenciar su democracia interna; concretar y cumplir sus programas; ser permeables a las inquietudes políticas que vayan surgiendo y abrirles sus puertas; o establecer controles más rigurosos en el cumplimiento de la legalidad, son algunos de los principales. Pero deducir de estas carencias -que pronto se habrán de resolver-, que no es un sistema viable o razonable, es como mantener que un robusto roble no es roble porque está afectado por unos hongos y sin embargo es más prominente un arbusto aunque pueda padecer de los mismos males. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas es una colosal antigualla, pero la yenka y el neocomunismo, a los que ha de seguirse con cantimplora, brújula y linterna multiusos para lograr entender qué es lo que quieren, es una rutilante invención de la humanidad.

También es propio de la carcundia defender criterios diferentes a las fugaces corrientes imperantes en cualquier terreno. La tradición, por ejemplo, ha dejado de tener valor, por más que de ella se obtengan extraordinarias lecciones para tantísimas cosas. La experiencia acumulada con los años cede hoy ante la primera sandez o simpleza vestida de tecnología o modernez, porque el altavoz mediático lo dicta y el personal lo consume a granel con arrobo y embeleso.

Como el término medio se ha ido difuminando, quien aguarda algún tiempo para asumir cualquier novedad, tratando de indagar al menos sus pros y contras, se convierte en un ser ultramontano y jurásico, porque lo que prevalece es la deglución sin importar la indigestión.

Desde la época del rey Salomón nihil novum sub sole, salvo para quienes aún confían, con cándida inocencia, en el descubrimiento de nuevos océanos y nuevas Dulcineas.

Ojalá lo consigan.

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