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Tribuna libre

Carlos Marx, hombre del año

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Si de lo que se trata es de forzar las interpretaciones para que los viejos camaradas puedan darse una alegría, que viva Marx y su revolución proletaria.

Volvemos a encontrar su efigie en los papeles y hasta en la cubierta de algún libro –no ya de los suyos, que según parece se venden otra vez aceptablemente, sino de otros actuales–, con ese gesto sardónico de quien se sabe corroborado por la coyuntura que le pintan algunos dibujantes. El otro día lo veíamos en la viñeta de Forges conteniendo a duras penas la carcajada mientras una anciana preguntaba: «¿Por qué crees que es Marx?», y otra respondía: «Porque le está dando la risa tonta».

La crisis económica nos ha devuelto a las costas del presente algunos pecios y algunos monstruos que yacían en los fondos abisales. Quizá uno de los que hallemos más sorprendentes cuando refluyan las aguas y descienda esta angustiosa pleamar financiera sea la figura neptuniana del economista alemán, varada en nuestras arenas como aquel misterioso y enorme pez muerto que fijaba su mirada opaca en Marcello al final de La dolce vita. Mutando de analogía, hay quienes consideran que ese animal inerte y en trance de putrefacción es precisamente el capitalismo, llegado al término de su exuberante «dolce vita». Cuestión de perspectiva.

Son estos últimos los que nos aducen de nuevo las predicciones de Marx y nos lo sacan a procesionar con su barba y sus melenas canas de profeta, de visionario, de pionero, de fundador. Nos lo retornan aligerado de cientifismo plomizo, claro está, y ya sin la compañía de Lenin y de Stalin sobre fondo rojo entre un tremolar de banderas. Desde la caída del imperio soviético, la izquierda ha tenido que aprender a disociar la supuesta doctrina prístina, intacta, de las deturpaciones a que la sometieron todos los comités centrales del Partido allí donde estuvo gobernando. Si el comunismo no consumó el marxismo, el marxismo vive en el empíreo de las ideas y para que habite entre nosotros sólo hay que volver a intentarlo.

En la era de las doctrinas laxas, el prurito contestatario de los nuevos o renovados seguidores de Marx consiste no tanto en reivindicar su materialismo dialéctico –uf– cuanto en lucir sencillamente la pelambrera hirsuta de aquel lejano varón decimonónico como indicio de sabiduría prospectiva: «Mirad, mirad cómo predijo este hombre lo que iba a pasarnos». Entre el Manifiesto comunista y la nacionalización parcial de la banca británica ha pasado más de un siglo y medio, tiempo suficiente para que sea desaconsejable una tranquila elipsis de todo lo que ha sucedido entre medias. Ahora, si de lo que se trata es de forzar las interpretaciones para que los viejos y alicaídos camaradas puedan darse una alegría, pobres, entonces que viva Marx y su revolución proletaria. Con un poco de suerte, hasta puede que en este asendereado 2008 la revista Time acabe declarándolo hombre del año.

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