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Tribuna libre

La Casa sin barrer

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Lo único que puede salvarnos de que un lunes cualquiera salten por los aires cinco nuevos trenes es conocer lo que realmente sucedió en el 11-M.

Ahora que ya ningún pelma saca la polémica a la hora del café, ya puedo confesarles que en mi opinión el siglo XXI no empezó a las 00:00 horas del 1 de enero de 2001, ni tampoco del 2000, sino el 11 de septiembre de 2001. Sí, el 11-S. El día en que un grupo de fanáticos asesinos segó la vida de miles de ciudadanos de los Estados Unidos, en el vil atentado contra las Torres Gemelas. El único pecado de aquellos inocentes fue estar en su puesto de trabajo el día elegido para la masacre. Lloró América y lloró el mundo. Cambió América y cambió el mundo. O eso creíamos entonces.

Las guerras, los servicios secretos, la labor de las fuerzas de seguridad de los diferentes países, tienen desde 11-S otros matices y otras formas nunca antes conocidas. Ya nadie espera una declaración de guerra. Ya no resulta tan importante insertar una chincheta-micrófono en la corbata del ministro de Defensa enemigo. Ahora el mundo se divide entre los terroristas y los no terroristas. Sólo hay dos bandos y quien no está en uno, está necesariamente en el otro. Pero no hay un representante del enemigo con el que se pueda dialogar sobre la moqueta, a la luz del día, y rodeados de periodistas. Hay un enemigo peligroso, cobarde y oculto. Quizá porque todos entendimos esta cuestión, aceptamos luchar con determinación contra el terrorismo en cualquier lugar del planeta. Desde el 11 de septiembre fue esa la gran prioridad de las principales democracias del mundo. También de España.

El 11 de marzo, el día de los atentados de Madrid, España vivió un capítulo más de su particular calvario terrorista. El más sangriento, el más humillante y el más salvaje en cuanto al número de víctimas y heridos. Para España no empezó un nuevo siglo –con sus nuevas amenazas- el 11-M, porque este país ya tenía entonces el corazón desgarrado por la lacra de los asesinatos de gente inocente desde muchos años atrás. Sin embargo, el 11-M, con su posterior investigación, puso de manifiesto –una vez más en nuestra historia- el pestilente olor que desprenden las cloacas en donde descansa el cinturón de seguridad que supuestamente nos protege. Quedó parcialmente al descubierto una auténtica cara B del Estado que dice trabajar por nuestra seguridad. Y al poco tiempo de comenzar a contemplar el basurero gracias al trabajo de ciertos medios de comunicación, fueron los políticos los que decidieron llenar todo aquello de arena, regarlo con gasolina y prenderle fuego. “Es pasado”, nos mintieron muy serios desde las derechas y las izquierdas.

España será un país más seguro el día que logre despojarse de tonterías partidistas pasajeras y plante cara a sus propios fantasmas. El miércoles El Confidencial Digital desvelaba que varios agentes del CNI habían realizado el encargo de realizar fotografías en la manifestación del CNP “para demostrar que en la concentración había guardias civiles”. Es un caso más, entre cientos, tras el que podemos reflexionar si la misión de los servicios secretos de un país como el nuestro es descubrir si hay guardias civiles en una manifestación del CNP. La investigación del 11-M abrió un melón de incompetencias y presuntos delitos del que brotan chorros de corrupción. A veces moral, a veces realmente condenable, pero corrupción al fin. Una situación que nos pone a todos en peligro y que nos impide situarnos en el lado correcto de la lucha contra el terrorismo en el mundo. Si además, al sospechoso hedor de cierta parte de las alcantarillas oficiales, le sumamos la postura laxa de nuestros gobernantes y políticos, los únicos beneficiados de este festival de irresponsabilidad son los asesinos.

Lo único que puede salvarnos de que un lunes cualquiera salten por los aires cinco nuevos trenes es conocer lo que realmente sucedió en el 11-M. Para poder evitarlo en el futuro. Algunos no olvidamos las tramas de los confidentes, las sonoras promesas de ciertos jueces y fiscales que se han quedado en nada, las amenazas cruzadas dentro de las fuerzas de seguridad, las presiones a los medios, y los silencios sospechosos. El fangal oficial, para entendernos. El basurero de todas nuestras vergüenzas.

Hoy ya no está Aznar, ni Acebes. Pronto tampoco estará Rubalcaba. Ni Zapatero. Ni Rajoy. No estarán ellos, pero España seguirá amenazada y siempre habrá una excusa para cerrar los ojos y dejar pasar el tiempo, mientras saltamos sobre las cloacas y el basurero, cómplices del mismo embuste. Antes de las elecciones generales los fanfarrones de siempre nos intentaban callar la boca a los que exigíamos saber la verdad sobre el 11-M, acusándonos de pretender que la derecha regresase al poder. Ahora, tras las elecciones, es la derecha la que teme que alguien meta de nuevo las manos en el fangal del 11-M. Unos por otros la casa sin barrer. Qué miedo.

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