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Tribuna libre

Chantaje emocional 2.0

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Soy más bien de esa clase de tipo que causa enemistades o ex amistades por pasividad, por no dar señales, y casi siempre sin que medie ningún motivo personal. Simplemente la vida, que pasa.

A veces, no resulta sencillo ser bueno en lo malo. Hay maldades mayores por las que, ni que decir tiene, nunca merodeo, como el asesinato, las ocultaciones a la Agencia Tributaria o la emisión de flatulencias en ascensores con más gente. A otras maldades más livianas me aplico en ocasiones con secreta delectación, y en algunos casos ni siquiera, sino que incurro en ellas con indolencia, guiado por cierto marasmo displicente. Una mala especialidad de este último tipo en la que soy de verdad bueno –pero no me enorgullezco, simplemente lo constato– es en ir perdiendo amigos.

Dicho esto, debo afirmar en mi descargo que no soy un sablista, ni he robado ninguna novia –tampoco me la han robado–, ni soy de los que llaman a altas horas porque se han tomado unas copas de más y se ven impelidos a compartir euforia con quien está en el séptimo sueño, ni obligo a nadie a acompañarme al cine –tío, vente, vente, vente, que es buenísima– para ver una película quizá serbo-croata, quizá con subtítulos, quizá en la primera sesión, con todo el sopor. No. Soy más bien de esa clase de tipo que causa enemistades o ex amistades por pasividad, por no dar señales, y casi siempre sin que medie ningún motivo personal. Simplemente la vida, que pasa.

Pues bien, por desgracia para mí y para los que son como yo, la tecnología está poniendo coto a nuestra feliz indolencia. Dejar a alguien atrás –perdón por el cinismo– era mucho más fácil cuando sólo existían el correo ordinario y el teléfono fijo para establecer contacto. Si te encontrabas por la calle con la persona preterida, siempre podías aducir un cambio de domicilio. La excusa ha dejado de servir con el teléfono móvil, aunque aún quede el resquicio manido y poco creíble del robo, la pérdida o incluso el cambio de número, y con el e-mail, pese a que la carpeta de spam puede ayudarnos algo a salir de un compromiso.

La escapatoria ha concluido definitivamente con las redes sociales. Ocioso el desglosar sus numerosas ventajas: todo el mundo las conoce. Sin embargo, para los seres con tendencias hurañas y misantropía selectiva hay un posible sobresalto al doblar cada esquina virtual. De súbito resurgen como espectros personas del pasado que misteriosamente han dado contigo –a cuyos nombres hay veces que cuesta poner cara–, y que te cursan una amable solicitud para retomar y mantener aquella vieja amistad tan entrañable. Pueden ser múltiples los motivos para atender o no a tal requerimiento, pero en todo caso se cifran sencillamente en la libertad.

Soy libre para que me apetezca o no informar a esa persona de cuáles han sido mis avatares vitales desde que perdimos el contacto hasta el momento, y para conocer cuáles han sido los suyos. Soy libre y respetuoso con la libertad que también asiste a los demás en tal sentido. Por eso, porque entiendo que una comunicación tan discrecional ha de basarse en la voluntad libérrima del otro, me molesta especialmente que una antigua compañera de colegio y otra de facultad se encrespen ante mis reiterados silencios y, con sucesivos mensajes espaciados en el tiempo, me acusen de mal amigo –sí, lo soy– y me pidan irónicamente perdón por las molestias. Chantaje emocional 2.0.

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