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Cincuenta sombras de Grey

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Pienso que todos necesitamos un poco de intimidad, un cierto ámbito en nuestra vida que sólo compartamos con nuestra pareja o incluso únicamente con nosotros mismos.

Últimamente, cuando voy en metro o en tren, no es raro que me encuentre a alguna mujer, joven o no tan joven, leyendo esta novela que narra la turbia relación entre un magnate sadomasoquista y una jovencita recién licenciada. Además, hace unos días le dedicaron nada menos que cuatro minutos en el Telediario de la Uno, cuando la autora vino a España a firmar ejemplares. No he mirado las cifras, pero debe de ser todo un éxito de ventas, así que algo tendrá. Nada malo se vende mucho. No obstante, incluso aquellas noticias que ponen a la trilogía por las nubes coinciden en su alto contenido erótico. ¿Erótico o pornográfico? No voy a entrar en si existe alguna diferencia entre ambos conceptos –que la hay-, pero sí me gustaría decir por qué pienso que el placer sexual no debería mezclarse con el placer de la lectura y por qué el sexo en sí mismo, de estar presente en un texto escrito, debe tener unos límites.

Para empezar, quiero hacer notar que criticar el erotismo en una novela escrita principalmente para mujeres es algo irónico, o incluso injusto, ya que el erotismo va casi siempre dirigido a los hombres. Vamos, creo yo. En segundo lugar, y discúlpenme por mi sinceridad, coger un libro para excitarse es igual que entrar en una Sala X. Igual de triste. El sexo es cosa de dos, no de tres ni de uno. La complementariedad de nuestros órganos genitales hace que cualquiera que preste un poco de atención a los mamíferos se dé cuenta de que estamos hechos el uno para el otro, nunca mejor dicho. Siempre es mejor dar que recibir -dice el refrán- y el placer sexual es el único que sólo se recibe cuando se da a otro, preferentemente si es del género opuesto. Si no, si se da uno a sí mismo placer sexual, el resultado es, pura y simplemente, la soledad. La lectura –o el cine- pueden darnos la ilusión de que realizamos el acto sexual con otra persona, pero no es más que eso, una ilusión, una mentira que puede hacer que caigamos en un mundo irreal y obsesivo, del que a veces es difícil salir –y no lo digo porque me lo haya dicho mi amigo Carlos, que además de ser psiquiatra, también escribe en estas páginas.

Sin embargo, alguien puede objetarme que las descripciones sexuales, eróticas o pornográficas –ya no sé qué palabra usar- son simplemente realistas, necesarias para narrar con acierto los acontecimientos que componen el argumento. Aquí yo distinguiría dos cuestiones: la necesidad de narrar determinados acontecimientos y el modo de hacerlo. Muchas personas alegan que el sexo es algo natural, habitual –y tienen razón- y que por eso se ha de incluir en la descripción de la vida de cualquier persona, en una novela o en una película. En esto último no estoy de acuerdo. Primero porque, hoy por hoy, el sexo no se incluye en la literatura y en el cine por amor al arte sino, simplemente, por dinero. A mucha gente le gusta el sexo y una buena película, con escenas sensuales o tórridas, siempre es más taquillera que sin dichas escenas. En segundo lugar, hay cosas muchísimo, pero muchísimo más naturales y corrientes que el sexo y que nunca aparecen en las novelas y menos aún en las películas. Por ejemplo, determinadas funciones fisiológicas cotidianas, que sin embargo nadie se empeña en describir. No obstante, estoy convencido de que, con lo banal y falto de significado que es el sexo en nuestros días, esos actos fisiológicos pueden decir bastante más sobre los protagonistas de una historia que una escena atrevida. Además, ¿atrevida para quién? ¿Por qué ponemos laureles a un escritor que se ha "atrevido" por primera vez a poner en papel lo que ya se podía ver en millones de páginas web? Lo novedoso y original a veces no es tal.

Por otro lado, una escena de sexo, o cualquier otra escena, puede describirse de mil maneras distintas y la descripción no tiene que ser mejor cuanto más detallada. La calidad de la descripción dependerá de infinidad de cuestiones diferentes, a las que no es ajeno el pacto de lectura que el escritor haya hecho con sus lectores, por el cual, una elipsis puede decir mucho más que todo un capítulo dedicado al tema. Puede que el estilo del autor sea tan meticuloso que las elipsis resulten improcedentes, pero es muy diferente la forma de un informe forense –realista en grado sumo- a la de un viejo verde que sólo quiere proyectar en los demás sus propias frustraciones.

No sé. Pienso que todos necesitamos un poco de intimidad, un cierto ámbito en nuestra vida que sólo compartamos con nuestra pareja o incluso únicamente con nosotros mismos. El sexo puede exponer en la plaza pública lo mejor y lo peor de nosotros, puede hacer de cada uno un muñeco sin pudor, un perrito que no tiene vergüenza de que le vean haciendo sus necesidades en cualquier sucia esquina de una sucia ciudad. ¡Fuera el sexo y la violencia excesivos de nuestros libros y de nuestras películas!

Nicolás Zambrana Tévar es profesor de Derecho internacional privado de la Universidad de Navarra.

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