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Por alguna extraña circunstancia, solemos situar en el final de las décadas los principales hitos vitales


Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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No siempre sucede así, como en las bodas de plata o la puesta de largo de las adolescentes, fijadas en el cuarto de siglo o en los quince años, respectivamente. Otras veces, es el umbral legal el que se encarga de fijar edades singulares, como los dieciocho para votar o sacarse el carné de conducir, o los sesenta y cinco con la jubilación. Fuera de estos casos, la cifra terminada en cero es el Rubicón que no necesariamente debe cruzarse en ese preciso instante, sino que a menudo ya se ha atravesado o queda tiempo para hacerlo.

Este mes completo la quincuagésima vuelta alrededor del sol. Alcanzar ese número, que me parecía propio de Matusalén en la infancia, me provoca ahora sentimientos encontrados. Por más que lo pienso no logro hallar justificación para detenerme en este aniversario por motivos diferentes al tópico social impuesto. Pero, tratando de indagar, advierto que el inexorable paso del tiempo parece ir anunciando, por las mismas inconsolables ausencias que describe Javier Gomá y otros discretos avisos, la transición paulatina a una nueva etapa, precisamente aquella a la que anhelaba llegar el niño viejo que alguna vez fui. En realidad, dudo que este proceso se vaya a producir exactamente este trece de mayo, sino que arrancó hace algún tiempo y continuará, porque estas cosas se experimentan de forma gradual.

El bebedor padre de Lincoln, regresando un buen día de la taberna, invitó a su ilustre hijo a abandonar el hogar familiar cuando Abraham apenas frisaba la veintena. Consideraba que ya eran suficientes años para buscarse la vida y muy malo que se acostumbrara a la sopa boba, que en su caso era agua sucia, por la pobreza en la que vivían en la cabaña. Cuentan sus biógrafos que el que fuera gran presidente norteamericano nunca olvidaría ese momento clave. No conocemos si esta forzada emancipación coincidió o no con un final de su decenio, pero sí que constituyó para él una referencia básica en su sobresaliente biografía.

Cumplir años, por muchos redondos ceros que les acompañen, aporta poco más que una ligera aproximación al contexto vital de cada uno. Lo normal es que a mitad de siglo se comience a adquirir ya cierto grado de madurez y sabiduría, pero tampoco es así en muchos casos, como podemos advertir a diario en personas mayores comportándose como auténticos merluzos adultescentes. Con todo, resulta habitual por esta época mudar el vigor por la reflexión, la euforia por la alegría, el ruido por la sinfonía, el calimocho por un buen Ribera del Duero, la subida a la red por los globos desde el fondo de la pista, el sol ardiente al templado y la superficialidad por la profundidad, pero insisto en que cada vez me veo rodeado de más coetáneos que actúan justo al revés, no sé si como consecuencia de alguna pandemia precisada de tratamiento. Alguno de ellos, incluso, me acaba de sugerir que me tire en paracaídas aprovechando el próximo cincuentenario, lo que parece confirmar ese trastorno colectivo.

Al verlo escoba en mano en su pequeño cuarto oscuro bajo la escalera del convento de santo Domingo, en Lima, un fraile le preguntó a san Martín de Porres qué haría si alguien le avisaba que se iba a morir de un momento a otro. “Seguir barriendo”, contestó.

Así debiera entenderse cada cumpleaños, termine en cero o no.


Javier Junceda.

Jurista.

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