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Colectivos

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De un tiempo a esta parte, proliferan los colectivos, tanto como las trituradoras de documentos en las alcaldías españolas.

Niego mi ingreso en ningún tipo de colectivo. Con lazos o sin lazos. Con razón o sin razón. Con pancarta o sin pancarta. Hace tiempo que al pensar en la palabra “colectivo”, me vienen a la mente esa ristra de urinarios que cuelgan de las paredes en los baños de las gasolineras. No me pregunten por qué. Pero los colectivos me recuerdan también a la interminable cola frente a la ventanilla de la administración. E incluso, a esas dos horas de atasco provocado por algún simpático manifestante, que decide cortar una de las arterias de la ciudad, para reivindicar algo que afecta a la parte norte de su comunidad de vecinos. Los colectivos, por cierto, me recuerdan también a las reuniones de las comunidades de vecinos, y a esas zapatillas de deporte gastadísimas que alquilaban antes en las boleras; ignoro si siguen existiendo y si han descubierto ya las plantillas Devor-Olor. Vaya por delante, por tanto, mi rechazo al concepto de colectivo, tal y como se concibe actualmente. Y a las boleras. Vaya por delante mi rechazo a casi todo. Y vaya por detrás también. Vaya por todos lados.

De un tiempo a esta parte, proliferan los colectivos, tanto como las trituradoras de documentos en las alcaldías españolas. Cualquier persona, animal o cosa, puede erigirse en colectivo combatiente, arrogándose la representación de diez, veinte, cien mil personas, sin que los representados tengan constancia alguna. Y así, encabezando colectivos que no responden más que a los intereses de los que lo forman, ululan por calles, medios e instituciones, haciendo más ruido que los propios representantes electos del pueblo, los políticos, que además son como los niños, y cuando no hacen ruido puedes estar seguro de que están haciendo algo que no deben.

Otra característica de los colectivos actuales es su indecente dependencia del poder. Muchos están conectados, pública o privadamente, con la maquinaria de los partidos, lo que convierte a los manifestantes en una coral dirigida por alguien ajeno al grupo. Comen de sus subvenciones, y beben de sus influencias. Esto los convierte en títeres y corrompe sus ideales, por muy nobles que puedan ser en su origen, si es que es posible que un grupo de más de treinta o cuarenta españoles se reúna para algo que no sea hacer la guerra, cometer un delito, ocultar un atropello, promover una injusticia, encumbrar a un idiota, o ver un programa de la telebasura. Sí. En junio de 2011, mi optimismo sobre el español medio roza su apogeo. Pero ese es otro asunto.

No busquen hoy grandes argumentos. Confieso que mi desafecto por los colectivos no va más allá de un rechazo formal, que no alcanza debate ideológico alguno. Es el plano puramente estético el que me aburre, me cansa, y me invita a beber un vaso de ron añejo para brindar por su disolución, sea cual sea la causa. Nada bueno ha salido de la España de los colectivos y las colectividades. Salvo que el odio, el despilfarro, el enfrentamiento y el delito puedan considerarse algo noble. No me hablen de las honrosas excepciones, porque ya las conozco. Y precisamente porque las conozco, me niego a etiquetar las causas nobles con la etiqueta indigna de “colectivo”.

Mi postura, como tantas veces, es por oposición. Este país tan enrarecido, tan miserable casi siempre, y tan venido a menos, te obliga a llegar a las cosas por oposición moral, ideológica, o práctica. Como es imposible estar de acuerdo con los tuyos, sólo te queda estar en contra de tus enemigos. Me han hecho patriota, por librarme de las redes opresoras del nacionalismo, y de su incansable ordinariez. Me han hecho votar a quien no votaría, por escapar de la incompetencia, la inmadurez, y el sectarismo. Me han hecho amante de la cocina tradicional, para no tener que festejar la idiotez deconstruida, los tomatitos, las espumitas de las alcachofitas, y los aromitas de los huevitos. Y ahora, me han hecho matizadamente individualista, para huir de la apisonadora ideológica que nos engloba a la fuerza, que nos iguala a la baja, que nos dice cómo tenemos que pensar, que hablar, y que escribir, para ser buenos ciudadanos de la nueva religión atea del Estado.

La sociedad civil española, confundida con el poder político, pierde su razón de ser y se convierte en cómplice de la merma de libertades. Es posible que el reconocimiento y elogio a la individualidad sea al final la única defensa que nos quede para salvaguardar nuestra libertad. Mientras, cada vez más, muchos de los que se esconden tras la pancarta y el ruido del colectivo subvencionado, como en el síndrome de Estocolmo, se empeñan en pedir a gritos que caiga sobre ellos la plaga del totalitarismo de sus propias ideas. Es difícil saber si se han vuelto locos, si es pura inconsciencia, o si les apasiona besar los lodos de aquellos barros. Que no cuenten conmigo para ese baile.

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