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Compás de espera para la democracia en Hong Kong

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Los indicios apuntan a que el poderoso partido comunista no está dispuesto en modo alguno a que se repita la experiencia soviética.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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                        De momento, Pekín ha vencido la resistencia cívica y estudiantil, a base de paciencia, policías y jueces, sin necesidad de repetir una represión trágica como la de Tiananmen el 4 de junio, hace veinticinco años. Los campamentos instalados durante dos meses y medio en lugares estratégicos de la antigua colonia británica fueron levantados; los líderes y activistas detenidos –puestos pronto en libertad‑ no se dan por vencidos. Antes de esta gran movilización, la isla había presenciado manifestaciones multitudinarias en fechas emblemáticas. Se abre ahora un compás de espera, con la ilusión de que el coloso chino no fagocite las libertades de Hong Kong.

                        Los indicios apuntan a que el poderoso partido comunista no está dispuesto en modo alguno a que se repita la experiencia soviética: seguirán aplicando políticas favorables a una mayor economía de mercado, pero sin soltar las riendas de la política, ni renunciar a la confusión entre partido y Estado, sin perjuicio de pequeñas concesiones. Las acciones contra la corrupción en Pekín son valorada por muchos sinólogos como marco de una nueva lucha por el poder –recuerdan las antiguas purgas‑, que está convirtiendo al presidente Xi Jinping en un Mao del siglo XXI; utiliza a su favor cantilenas semejantes a las de tantos populistas europeos actuales. Unos y otros subordinan las libertades básicas –incluido el control de Internet‑ a lo que consideran necesidades sociales.

                        Como se recordará, en los tratados con el Reino Unido para la retrocesión, los dirigentes de la República popular se comprometieron a las reformas jurídicas necesarias para que en 2017 se implantara una auténtica democracia en la colonia. Los líderes de oposición y del movimiento Occupy no aceptan el planteamiento de Pekín, para designar al gobernador de Hong Kong a través de un colegio  electoral compuesto de figuras elegidas o afines al partido: seguirán batallando por el establecimiento del sufragio universal. Amenazan con volver a ocupar calles y plazas si no prosperan las negociaciones que se reanudarán ahora.

                        Cuando Margaret Thatcher comenzó el proceso de la restitución de la isla a Pekín, pensaba influir en la evolución del conjunto de China hacia fórmulas democráticas. Treinta años después, más bien está en riesgo la libertad de Hong Kong. Esto explica también las intervenciones activas de las autoridades religiosas, que conocen bien las discriminaciones y violencias que sufren los cristianos en el continente. Los límites a la libertad de expresión establecidos en Hong Kong denotan una voluntad de fondo que no tardaría en ampliarse a la libertad religiosa.

                        Los manifestantes se han inspirado –incluso en la elección de nombres para el movimiento‑ en fenómenos del mundo occidental. Pero no confían en recibir ayuda de los dirigentes: los líderes de las grandes potencias parecen más interesados en la economía y los mercados que en los derechos de la persona; y no les faltan apoyos de tantos tecnócratas y ejecutivos de grandes compañías que en el fondo sienten envidia ante la eficacia práctica de la dictadura. Han tomado casi el relevo de aquellos revolucionarios del 68 que creían en Mao y en la poética de su libro rojo.

                        El presidente y secretario del PC chino está protagonizando una cruzada anticorrupción, con la que se ha quitado de en medio también a militares que podían obstaculizarle. Insiste en ideas de bienestar social, y promete reformas, que no van adelante, salvo en pequeños detalles, como el reciente relativo a los trasplantes de órganos de los condenados a muerte. La derogación de la política del hijo único no acaba de consolidarse. Los campos de reeducación han cambiado de nombre, pero apenas de contenidos. Las exigencias del estado de derecho brillan por su ausencia, mientras permanece sin fisuras el control de intelectuales y universitarios. Aunque se habla mucho del mercado, se mantienen demasiados monopolios estatales.

                        Leo en la edición de Le Monde del 13 de diciembre una cita de Elizabeth Economy procedente del último número de la revista Foreign Affairs: “Si triunfan, las reformas de Xi tienen el potencial de crear un Estado de partido único libre de corrupción, políticamente homogéneo y poderoso económicamente, con alcance mundial: en definitiva, una especie de Singapur con esteroides”. Pero de esa estrategia derivan “profundas bolsas de descontento en el interior” y, en el marco internacional, una reacción antagónica: incluso antiguos enemigos de Washington, como Vietnam, se aproximarían a los Estados Unidos para frenar las ambiciones marítimas de China.

                        Se trata de indicios de menor cuantía, sin que surja en la práctica una oposición capaz de haber sombra al poder. Xi Jinping puede seguir alentando el “sueño chino” y rechazando a los críticos por su “contaminación ideológica occidental”. Por eso, es tan importante apoyar la disidencia en Hong Kong, mientras no se cierre como el continente.

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