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Tribuna libre

Conciliábulo

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Hay una parte de nuestro ser, algo como un instinto de secretismo, que nos impulsa irremediablemente al conciliábulo.

De entre los libros que el verano me ha ido deparando un poco al azar, el último por ahora ha sido El dueño del secreto, novela breve –quizá no de las más conocidas– que Muñoz Molina publicó hace unos cuantos años, y que se lee gustosamente de una sentada. En ella recrea una imaginaria y fallida confabulación contra el régimen de Franco a la altura de 1974, impulsada en gran medida por el optimismo que causó el triunfo en Portugal de la revolución de los claveles.

Quien nos desvela en primera persona los entresijos del complot, ya desde la distancia respecto a los hechos, es un por entonces anónimo estudiante –tan anónimo que no llegamos a conocer su nombre en toda la novela–, recién llegado a Madrid para cursar Periodismo, que se ve casualmente involucrado en la trama. Su puesto, según afirma el narrador, no trasciende la categoría de correveidile, pero a pesar de su función secundaria, y aunque finalmente se malogre la tentativa de derrocamiento, siempre considerará el momento estelar de su vida aquél en el que fue depositario y partícipe de un gran secreto que podía haber variado el rumbo de la historia. 

Casi nadie tiene la ocasión de estar inmerso en situaciones de tan potencial trascendencia, pero, personajes anónimos también la mayoría de nosotros, suele complacernos tomar parte en maquinaciones a mayor o menor escala. Durante el efímero lapso de tiempo, hace cosa de diez años, en que fui desganado representante de alumnos en el claustro de la Complutense –todo un backbencher cuya potestad legislativa se materializó una sola vez levantando una cartulina verde para votar que sí a no sé qué propuesta del rector–, me acuerdo del frenesí conspirativo que atacaba a algunos de mis conmilitones.

Llegamos a pasar un fin de semana en un albergue de Navacerrada para diseñar estrategias, trazar líneas de acción y establecer alianzas más o menos secretas –los allí presentes pertenecíamos de un modo muy desvaído y en general vergonzante, sobre todo los alumnos de Filología, a distintas tendencias de la facción conservadora–, todo ello con un alto grado de palabreo ocioso que sólo adquiría concreción a la hora bendita de pedir la carta en el restaurante. Íbamos a dejar nuestra impronta en la política universitaria, pero yo lo único que recuerdo hoy nítidamente de aquel fin de semana son los pavorosos ronquidos de mi compañero de habitación.

Hoy me río de todo aquello. Sin embargo, en su momento consideraba que tenía su importancia. En distintos grados, igual importancia tiene para un par de directivos urdir en el comedor reservado esa opa que va a cambiar el panorama empresarial, para una asociación de vecinos confabularse contra el concejal de distrito que desatiende sus peticiones, o incluso para un par de amigas criticar a ese otro par que ha ido al servicio para retocarse un poco el rímel. Hay una parte de nuestro ser, algo como un instinto de secretismo, que nos impulsa irremediablemente al conciliábulo.

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