Lunes 20/11/2017. Actualizado 01:09h

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Tribuna libre

Construir solidaridad

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Ese estímulo sensible, sano, mueve a actuar no sólo en el plano material, pues la verdadera solidaridad sabe llegar más allá de los bienes materiales.

En los últimos, meses seguro que a todos nos habrán llegado estupendas iniciativas que concretan las ansias de solidaridad de tantísima gente, de todas partes. No me refiero a una solidaridad de saldo, que la hay, sino a otra que sabe mirar directamente a la cara de lejanos damnificados pues, ya de suyo y de ordinario, se desviven por el vecino en paro, la familia en apuros, el compañero de trabajo menos capaz, o el inmigrante que quiere integrarse y es rechazado.

 Además, habremos sido tocados todos en la necesidad de la compasión, que en el más profundo sentido de la palabra necesita un rostro concreto y cercano en el que poder mirarse. Ahora eso puede ser más sencillo en este mundo globalizado. Ese estímulo sensible, sano, mueve a actuar no sólo en el plano material, pues la verdadera solidaridad sabe llegar más allá de los bienes materiales.

Desgraciadamente, hay quienes olvidan que luchar por la verdadera solidaridad implica defender los derechos que se derivan de la dignidad de ser persona. Estos derechos son anteriores a la sociedad y están por encima de ella. No seamos hombres y mujeres de piedra, ni nos comportemos como en la edad de piedra. Para ello, estemos siempre despiertos ante una sensibilidad, un estímulo que viene de “fijarse” en los demás, que nos va a interrogar también sobre el sentido más profundo de nuestra vida.

Convendremos que los complejos problemas socioeconómicos sólo pueden ser resueltos gracias a las múltiples relaciones de solidaridad: solidaridad de los más necesitados entre sí, de los ricos y los menos favorecidos, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, entre las naciones… Sí, la solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella y hemos de felicitarnos por lo que parece ser un despertar global de las conciencias.

También es verdad que cuando la solidaridad no se concreta en una justa distribución de bienes y en la adecuada remuneración del trabajo, eso impide un orden social más justo. Y no digamos cuando, por desidia, imprevisión o imprudencia, los poderes públicos son un inconveniente cierto para enfrentarse a las modernas lacras que constituyen el desempleo, el poco respeto a la vida y a la familia, la falta real de oportunidades personales de progreso, la corrupción o el despilfarro.

Planteo esta incoherencia real y escandalosa pues creo que evitarla está en la raíz de la posible mejora de tantas situaciones de injusticia y de marginación: No nos podemos quedar en la parafernalia o en el escaparate de unas ocurrencias “simpáticas”, o de un actuar complaciente pero insensato. De manera muy especial aquellos que tengan responsabilidades públicas, pues se pueden derrochar muchas energías en lo que es sólo accidental.

Sean bienvenidas las iniciativas solidarias de particulares e instituciones privadas y estatales, pero que no signifiquen como una anestesia que hace olvidar la gravedad de una “infección en los valores”. La clave es poder restañar, generosamente, tanta herida a la dignidad humana en cualquier rincón de los países subdesarrollados, y también en tantos ámbitos de este que llamamos primer mundo.

Un buen medio será para todos no rodearnos de vanidades, disponernos a arrimar el hombro de una manera activa, lejos del interés personal, que por ello será sinceramente optimista. También en el campo de la educación esta batalla nos ha de unir a todos -padres, educadores, alumnos, sindicatos…- pues será palanca para remover y asegurar todo lo dicho, saliendo de nosotros mismos.

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