Jueves 14/12/2017. Actualizado 19:07h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

Crece el pesimismo sobre la situación antidemocrática de Venezuela

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Sólo la ley del embudo explica que quienes protestan del proceso jurídico español contra los líderes del independentismo catalán, apoyen sin fisuras la política de Nicolás Maduro.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

Más artículos de Salvador Bernal »

En rigor, como titulaba Le Monde su crónica del día 17, Venezuela y Cuba son una vergüenza para la izquierda democrática.

Tal vez por esto, arrecia en el mundo la reacción contra el sucesor de Hugo Chávez y su régimen dictatorial. Ni siquiera la mediación imparcial del Vaticano ha hecho posible un mínimo diálogo para encauzar una situación sin salida, causa de increíbles sufrimientos y carencias para el pueblo al que se dice servir. Esa acción internacional está plenamente justificada, aunque no tenga efectos positivos a corto plazo. Es más, como ha sucedido en la historia con otras autocracias, la presión mundial suele ser manipulada a su favor por los dictadores.

No se trata sólo de apoyar al líder de la oposición venezolana, Leopoldo López: el tercer aniversario de su encarcelamiento ha sido momento propicio para defender las libertades también de tantos otros presos de conciencia. Porque los dirigentes bolivarianos han creado un entramado pseudo-jurídico, con absoluto desprecio de la división de poderes, para asegurarse la impunidad.

En Madrid se ha pedido a la Organización de Estados Americanos (OEA) que comience el proceso de suspensión de Venezuela como miembro de pleno derecho de esa gran asociación política, basada en un mínimo democrático que en modo alguno cumple Caracas. Sería un mero gesto que, como digo, puede ser contraproducente a corto plazo, por posibles reacciones inmoderadas de los gobernantes venezolanos. Basta pensar en sus decisiones contra la libertad de expresión ante la acusación estadounidense sobre narcotráfico contra el nuevo vicepresidente y posible sucesor de Nicolás Maduro, Tareck el Aissami.

La presión diplomática es justa, pero debe tener en cuenta también los riesgos de contribuir indirectamente a la escalada de las tensiones internas, tanto en el plano político como en el económico. Nicolás Maduro está llevando a su país a un callejón sin salida, con riesgos crecientes del incremento de la ya abundante violencia. La negación de las competencias parlamentarias, tras la clamorosa victoria de la oposición en diciembre de 2015, cierra los oídos de la presidencia al clamor popular, que pide la dimisión del sucesor de Hugo Chávez, dispuesto a cumplir el plazo de su mandato, sin el indispensable adelanto de elecciones. Como afirmó recientemente Julio Borges, presidente del parlamento, la democracia “está en fase terminal”.

Algo semejante puede decirse de la economía, a pesar de disponer de más reservas de petróleo –y de otras materias primas-, que ningún otro país del mundo. Pero, a la incompetencia, falta de inversiones, y exceso de corrupción, se ha unido la caída del precio del oro negro. El gobierno de Caracas trata por todos los medios de financiar medidas sociales más bien demagógicas. Cuenta con la ayuda de Pekín, de acuerdo con el convenio de desarrollo estratégico firmado en 2001 por Hugo Chávez. Pero las consecuencias son bien conocidas: se multiplica la penuria -grave escasez de alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad-, cae el PIB, la inflación llega a cifras espeluznantes.

Entretanto, sigue siendo clamoroso el silencio –cuando no el apoyo- de tantos izquierdistas occidentales. La doble vara de medir resulta manifiesta, sobre todo, si se considera cómo estuvieron en su día en primera línea para combatir la violación de los derechos humanos por parte de las dictaduras militares de América Latina. Se cumple lo que decía un presidente americano en los tiempos de la guerra fría: “son unos bastardos, pero son los nuestros”. De hecho, Nicolás Maduro prometió liberar a Leopoldo López, si era puesto en libertad el independentista puertorriqueño Oscar López Rivera. Barack Obama lo indultó antes de abandonar la Casa Blanca. Sin embargo, la peculiar ética chavista le ha impedido a Nicolás Maduro cumplir su palabra.

El presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, sigue dispuesto a poner en marcha –contra la decisión del Tribunal Supremo- el proceso constitucional para la destitución del presidente. Será probablemente causa de nuevas violencias. Pero parece el único camino para conseguir que Venezuela disponga cuanto antes de un gobierno capaz de respetar la democracia y establecer medidas económicas que saquen al país de su marasmo.

Etiquetas
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··