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Tribuna libre

Crecen en el mundo fenómenos de violencia y represión

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Cuando la reacción "manif pour tous" denotaba cierto cansancio, ha renacido ante una decisión judicial insólita, en el país de las libertades y los derechos humanos.

Escribo esta semana en Religión Confidencial sobre la razón de la propia esperanza, y cito el pasaje clásico de la epístola de san Pedro. Pero he de confesar que no acabo de comprender los sucesos de tantas naciones del mundo, incapaces de superar la conflictividad, hasta cuajar en genocidios y guerras civiles, y en protestas violentas con una represión no precisamente pacífica.

Tomás Moro –su fiesta fue el sábado pasado‑ escribió su famosa y original Utopía, no sin gran sentido del humor, soñando con un mundo feliz capaz de superar los conflictos. Fue siempre un gran deseo de la gente de bien, sobre el que Kant construyó en 1795 su propio discurso sobre la paz perpetua. Ya en el siglo XX, entre las dos guerras mundiales, hubo grandes propuestas pacifistas, que no cuajaron.

La violencia acompaña al ser humano desde Caín. No entro en la cuestión exegética, ni en interpretaciones construidas desde la clásica pugna entre agricultores y cazadores, tan presente en la historia de la antropología social. Tampoco en análisis sociológicos recientes, como los que describe Juan Meseguer en Aceprensa 17-6-2013, con el título El esfuerzo por entender al adversario. En el fondo, brillan por su ausencia frecuentemente las seis ideas intuitivas que la cultura aporta a la creación moral: el cuidado, la imparcialidad, la libertad, la lealtad, la autoridad y la santidad.

Meseguer se centra con brillantez en un debate más bien intelectual. Mi preocupación es la transferencia de la discusión virulenta a los hechos sociales, con el consiguiente empleo de una violencia, que cuaja en graves conflictos y en guerras civiles que asolan a la población civil de tantos países.

Por otra parte, el crecimiento de la indignación y las protestas depende en gran medida del avance económico: así lo veo en Brasil o Turquía, aunque surjan desde problemas concretos que acaban mostrándose pasajeros. Las deficientes respuestas políticas y la nerviosa agresividad policial suelen agravar los problemas.

Se acaba de comprobar en Francia, con el encarcelamiento –dos meses de prisión‑ de un joven manifestante contra el “mariage pour tous”. Cuando la reacción “manif pour tous” denotaba cierto cansancio, ha renacido ante una decisión judicial insólita, en el país de las libertades y los derechos humanos. Recuerdo a José Bové, antiguo agitador medioambiental, hoy eurodiputado por Écologie-les Verts. Tuvo que destruir reiteradamente cultivos transgénicos hasta ser condenado…

El caso actual de Nicolas B., 23 años, refleja también cómo crecen, en una sociedad desarrollada, extremismos propios de otros tiempos. Son izquierdistas cuando gobierna la derecha, como en España o Alemania. En Francia se reaniman frente al despotismo jacobino de Hollande en materias sociales muy sensibles, que llegan a suprimir el clásico “bautizo” de los buques. Hasta el punto de que la derecha y la izquierda pueden hacer el juego al Frente Nacional en alguna segunda vuelta electoral, aunque no se ha cumplido el temor de la elección parcial de Villeneuve-sur-Lot para sustituir al dimitido Jérôme Cahuzac.

Pero todo eso parece más bien académico, frente a la tremenda realidad de las prisiones iraníes, turcas o pakistaníes: con la agravante de que en Oriente sufren injustamente creyentes que merecerían ver respetado su derecho fundamental a la libertad religiosa. En aquellas tierras las leyes penales son durísimas, en gran medida incomprensibles para una mente occidental, y se aplican con exiguo respeto de procedimientos y garantías.

Parecía que la cultura postmoderna, al arrumbar los absolutos supuestamente causantes de tanta desgracia, aportaría un avance de paz y concordia. Lo anunciaban con éxito la tesis del “fin de la historia” de Fukuyama, o los neoliberalismos reaganianos. No ha sido así en modo alguno, aunque la democracia y el libre mercado no sean responsables directos de la inseguridad, por más que lleven en sus venas principios de competitividad capaces de fomentar viejas y nuevas agresividades. Fracasado también el hombre nuevo marxista, se impone repensar la cultural actual desde la filosofía más clásica. Una sugerencia: releer en verano La ciudad de Dios, de san Agustín, la primera gran filosofía de la historia escrita cuando se desmoronaba la gran civilización romana. Puede aportar ideas para entender el mundo contemporáneo.

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