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Cuidar de la salud

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Un buen entrenamiento, en tiempos de salud o de enfermedad, en la flor de la vida o en el ocaso de ésta, puede ser buscar la felicidad de quienes tenemos más cerca, evitando producir “anticuerpos” a nuestro alrededor

Le decía una señora distinguida a un médico sabio que los doctores sabían muy poco de medicina. A lo que el prudente médico respondió: “Bien, bien, pero lo poco que se sabe lo sabemos nosotros”.

Saqué esta anécdota en la conversación reciente con un buen amigo. Estaba él impaciente y nada conforme con las explicaciones médicas sobre su repentina frágil salud. Comprendí sus protestas, pues es cierto que el hombre más que padecer la enfermedad, la sufre, se revela para salir de ella y es normal que así sea. Es un misterio la enfermedad, la ciencia no nos garantiza poder resolver siempre los problemas que vengan en el futuro.

Reconozcamos que lo característico del enfermo es no poder valerse por sí mismo, lo que ya es un verdadero sufrimiento. Por eso, llama tanto la atención que muchos jóvenes, y no tan jóvenes, no apuesten decididamente por unos hábitos de vida más saludables, lejos de evasiones estupefacientes, conductas inhumanas o caprichos sinfín, que tanto nos pueden despistar de las responsabilidades y las tareas personales de cada uno, y tantas dependencias nos pueden crear.

Como todos nos preocupamos por el bien de las personas que amamos, sería un primer paso, y muy positivo, aplicarnos aquello del viejo refrán “es mejor prevenir que curar”. Efectivamente, la salud corporal necesita de la buena forma física, que es el resultado de un ejercicio regular, de una nutrición adecuada y de un descanso y un sueño suficientes.

Por otra parte, interesa recordar que la experiencia de la enfermedad nos hace más comprensivos, más humildes, más sinceros, más generosos y solidarios. En la enfermedad entendemos mejor que nuestra existencia es gratuita y que la salud es un inmenso don.

Luchemos, pues, por mantener y mejorar nuestra salud, los demás nos necesitan en forma. Para ello, contamos en el ámbito sanitario con la abnegación de unos profesionales de inestimable valor en nuestra sociedad. Personas que saben que quien sufre no sólo busca un alivio a sus dolencias o limitaciones, sino también a alguien capaz de comprender su estado de ánimo y que pueda ayudarle a aceptarse a sí mismo y a superar las dificultades.

Sea como sea, nos interesa a todos dar sentido al sufrimiento, propio o ajeno. No nos veamos solos ante una incapacidad física, ante la falta de energías para el trabajo o cuando la enfermedad nos impida desarrollar una vida normal.

Un buen entrenamiento, en tiempos de salud o de enfermedad, en la flor de la vida o en el ocaso de ésta, puede ser buscar la felicidad de quienes tenemos más cerca, evitando producir “anticuerpos” a nuestro alrededor. Y es que, seguro que lo sabemos bien, salir de nosotros mismos hace que esponjemos el ambiente y mejore la convivencia. Eso también nos facilita conseguir una buena forma física y mental.

Pues, ¡ea!, que ni el tiempo ni la enfermedad nos desgasten, sino que nos ayuden a “crecer”, un poco cada día.

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