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Tribuna libre

Débil reacción de Francia ante el declive de la televisión pública

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No hace falta ser profesional de la comunicación para captar la crisis de la televisión en el mundo, que afecta sobre todo al sector público, a pesar de gozar de un proteccionismo digno de mejor causa.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Los poderes ejecutivos de ámbito nacional o regional se aferran a sus parcelas de protagonismo e, incluso, reconstruyen estaciones canceladas en tiempos anteriores por falta de viabilidad. Dilapidan de hecho caudales que serían más eficientes en otras políticas sociales.

Ante el fabuloso cambio de panorama producido en el campo audiovisual de occidente, no parecen sostenibles viejos criterios, en sí mismos siempre discutibles, al menos desde una óptica liberal: cada vez resulta más difícil situar a una televisión –en general, a un medio informativo- en la órbita del derecho administrativo, del servicio público. El intervencionismo no se justifica ya como un modo de proteger o repartir espacios radioeléctricos escasos. Menos aún en cuanto a los contenidos, que se han ido alejando progresivamente del viejo concepto de información para incorporarse a la industria del ocio o entretenimiento: y aquí no hay otro rey que la audiencia.

En este contexto, había expectación ante las promesas electorales de Emmanuel Macron. La ministra de cultura, Françoise Nyssen, acaba de presentar oficialmente las orientaciones de la reforma del sector audiovisual público francés. Habrá que considerarlas con más calma pero, de momento, ha dado una imagen más bien pobre, quizá porque se esperaba demasiado: resulta inevitable volver una vez más al mito del parto de los montes...

Visto desde aquí, llama la atención la falta de una reconsideración de fondo sobre la misión de los medios audiovisuales públicos en este siglo XXI que ya va gastando años. Más bien plantea aspectos colaterales, como una mayor regionalización de programas, la supresión de algunos canales y la mayor inversión en otros, especialmente en series y documentales.

Al menos, reconoce que se aleja de la televisión la gente joven, esa generación de "nativos digitales", liberados de las ondas: acuden al "donde yo quiera, cuando yo quiera". El audiovisual francés querría recuperar la atención de esa juventud; pero está por ver si es ya posible, por mucho que se utilicen frases altisonantes en línea de presentar la ambición de un medio de comunicación global con vocación universal, capaz de resistir a la competencia y responder a las nuevas expectativas del público: parafraseando a la ministra, un medio audaz; un medio comprometido con la vida cívica; un medio comprometido con la creación; un medio comprometido con el avance tecnológico.

No bastará el reajuste de canales, para llegar con más facilidad a todos los públicos potenciales. Las transformaciones tecnológicas hacia el predominio del on linesuponen en la práctica un cambio de modelo, y no está claro que el sector público pueda ofrecer más capacidad de ocio que grandes multinacionales experimentadas.

De momento, el ministerio de cultura ha puesto en marcha un grupo de trabajo que organizará consultas con los diversos sectores de la profesión hasta mediados de julio. Su tarea consistirá en clarificar las orientaciones globales emanadas del gobierno. Las cadenas consultarán a sus equipos. Con las conclusiones, se lanzará una gran movilización pública: otra especie de estados generales, ahora sobre el audiovisual. El objetivo es configurar no planes coyunturales, sino un proyecto global para los próximos quince años.

Ante el desconcierto suscitado, desde Matignon, la sede del primer ministro, se explica que “en Francia, las reformas sólo se juzgan por los grandes tópicos de la financiación, de los órganos de gobierno o el nombre de los dirigentes. Asumimos querer hacer lo contrario. Este cambio de método puede haber sorprendido”: una invitación a seguir esperando a las grandes decisiones, que llegarán a su tiempo, dentro de una reforma "ambiciosa".

En todo caso, mientras Francia sigue sufriendo una larga huelga de ferrocarriles, se habrá conseguir evitar que los sindicatos salgan a la calle una vez más para intentar frenar las reformas.

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