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Tribuna libre

Desaparece la admiración

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Asistimos a una homogeneización del valor: lo mismo da una lata de sopa Campbell que la complejidad de La Familia de Carlos IV.

La muerte sorprendió a Petrarca con la cabeza inclinada sobre los versos amados de Virgilio. Años antes, Dante había escogido a Virgilio como guía; siglos después, Goethe dirá que Virgilio es el escritor que hubiera querido conocer. Continúa la admiración, la maestría: Eugenio d’Ors, figura de grandeza y ambición intelectual, afirma su “queremos ser Goethe”. No es irreal el dime a quién admiras y te diré quién eres. Esa ambición sin la que sería imposible la cultura nace como admiración y emulación. Tampoco es posible la cultura sin afán de ejemplaridad, incluso de hegemonía de un gusto o un método. Es, también con d’Ors, la voluntad de predominio de “la obra bien hecha”.

Admirar era una manera de aprender y una instigación de impulsos nobles. Cada escritor se hacía y se hace su panteón, su tradición. Cada devoto debe –según el título del Kempis- imitar a Cristo. Todo tiene sus riesgos: el propio plagio, dirá el conde de Montesquiou, es un exceso de admiración. La relación entre maestro y discípulo ha sido la forma constante del saber, no sólo en Europa. Son figuras imprescindibles, lejanas del “todo vale” del pie de igualdad o de la voluntad contemporánea de disrupción. La relación entre maestro y discípulo se presta a perversiones pero, en su imperfección, es un avance: como en el amor, es de las más delicadas, pues se empeña todo el ser. Hay fricciones pero eso es compatible con la palpitación de la admiración y el reconocimiento y la apuesta generosa por el talento. Son cosas que siguen existiendo, como casi todo lo bueno, de forma maltrecha.

El talento, el genio, tienen más de palimpsesto que de llama solitaria. Pensar que el talento surge y resiste solo es una inocencia: al contrario, perece si no se nutre, no es siempre y sólo carta ganadora. Eso lo vemos cada día. Con base de argumentación en distintos estudios, David Brooks ha hablado recientemente del genio menos como chispazo divino que como habilidad de la atención para dedicar tiempo y voluntad en la mejora propia, para centrarse. La figura del mentor es ahí, según Brooks, insustituible. En otro artículo, el mismo autor hace referencia a cómo los grandes dirigentes empresariales son gente caracterizada no por su capacidad de hacer equipo o sus habilidades sociales sino por su persistencia, minuciosa determinación y atención al detalle. Ahí estamos lejos de las figuras carismáticas; más cerca de Warren Buffet, por ejemplo, que de Mario Conde. La política es el mejor escenario para ver cómo el poder llega desde las segundas filas, desde quien no se esperaba, como si lo mejor de la apariencia gris fuera que oculta muchas cosas.

Dejamos de estar atentos a la percepción de los caracteres. La sensación es que emplazamos la cualidad de la admiración en personajes que cada vez merecen menos la pena. Es así que asistimos a una homogeneización del valor: lo mismo da una lata de sopa Campbell que la complejidad de La Familia de Carlos IV. Se hace verdad, por tanto, la intuición de que, en la época de los grandes torrentes de información y de la comunicación como ideología, se producen carencias de reconocimiento, nivelaciones innobles. Es un indicio de mediocridad, se ha dicho, no reconocer la grandeza que está ahí. Así, hay cada vez menos voluntad de carácter, menos grandeza: no tienen motivación, ni siquiera un hueco. ¿Quién podría hacer una lista de 'homenots' como la que hizo Pla en la España de hoy?

Hay, a cambio, más vulgaridad. Ya parece que sólo podemos admirar lo que no nos ofenda con el pecado de la superioridad: quizá es que tenemos una perspectiva demasiado inflada de nosotros mismos y ese destacar por lo alto nos irrita. Admiramos, ante todo, a aquel de quien nos podemos reír o que nos queda por debajo: tantos “freaks” televisivos, tantas famas instantáneas, efímeras, de Youtube. No tenemos nada ya por reverente y venerable, y ahí se rompe un paradigma de continuidad. Una pena pues la admiración también restaura la inocencia: esas ganas de emular, de ser más, de aprender. Quedan así menos motivos para la ambición: la propia ambición está mal vista. Es mejor romper la guitarra en un tablao que quedarse en casa a escribir música. El tono de la época decrece cuando siempre había habido sabios, santos, prohombres, gentes a las que admirar.  

La demasiada cercanía excluye no sólo el misterio, también la admiración. Es más fácil admirar el retrato de Galdós que ver a nuestro novelista preferido en los debates de la tv. En realidad, no saber nada de la vida íntima de Calderón de la Barca era seguramente mucho mejor. Nadie es grande desde cerca y, a la vez, lo que no está a la luz parece que no existe. Uno piensa en algunos escritores cuyas presentaciones de libros no incluyen un espectáculo con las famosas del momento. Nos vamos desensibilizando en percepción: ¿quién podría creer que Jiménez Lozano es mejor que María Vallejo Nágera? La comunicación lo iguala todo: como en los vinos de Rioja, la etiqueta de prestigio sólo hace un favor a los peores. Así, se instaura una cultura de la sospecha por la que lo que no es novedoso o llamativo o no existe o es peor. La sospecha va más allá: en vez de creer que cualquiera intenta hacerlo lo mejor posible y por un amor al arte, se ven sólo intereses o defectos, predomina el descrédito: nadie está dispuesto a creer que el vecino del quinto sea otra cosa que un poetastro.

Hay un canon de lo bueno frente al gran relativismo. No es lo mismo Palestrina que Shakira, sin quitarle a nadie su sitio. De todos podemos aprender algo, de casi nadie mucho. Incluso los grandes artistas han podido morir de pretensión –pienso en Faulkner- pero eso era mejor que de una falta de apetito que, según ahora vemos, es ya casi más nihilismo que relativismo. En las mismas relaciones sentimentales suele haber un elemento admirativo que va creciendo con el tiempo, adquiriendo densidad de significación vital. No reconocer lo bueno de ahí al lado no es sólo falta de sensibilidad sino falta de generosidad. Curiosamente, la admiración por lo bueno nos hacía también a nosotros ser mejores. Es un modelo que se debiera recuperar. Hay algo más que ídolos del día.

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