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Desconectar

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Ante lo que denominan “drama humano”, desconexión. Ante cualquier atisbo de contratiempo económico, desconexión. Y, por supuesto, ante las descargas de Internet y las redes P2P, desconexión.

De un tiempo a esta parte me alarma la pasión de ciertos sectores políticos, que se dicen de izquierdas, por la “desconexión” como solución a los problemas o a las cosas que les incomodan. Ante lo que denominan “drama humano”, desconexión. Ante cualquier atisbo de contratiempo económico, desconexión. Y, por supuesto, ante las descargas de Internet y las redes P2P, desconexión. La pasión por la desconexión también está causando furor entre la clase política gobernante, y en cierto sector de la oposición. Sin ir más lejos, la más viva representación humana del concepto de desconexión ocupa ahora una cartera ministerial, después de varios años de costosa entrega al untadísimo mundo del cine español. 

Leo en El País “Las descargas se regularán por decreto”. Un reportaje en el que Ramón Muñoz explica muy bien cuál es la actual situación de las negociaciones entre el sector cultural y las compañías telefónicas. El resumen es que Redtel –agrupación de operadoras de telecomunicaciones- y la Coalición de Creadores e Industrias de Contenido no se ponen de acuerdo sobre cómo evitar las descargas gratuitas de música y películas. Los segundos exigen una sarta de sandeces que poco tendrían que envidiar al incomprensible canon digital –como es lógico, la experiencia es un grado- y los primeros tratan de evitar que se desconecte de Internet a sus clientes, o se les torture ralentizándoles sus conexiones. Redtel,

además, como es razonable, quiere cubrirse las espaldas frente a posibles demandas de sus clientes, si finalmente se lleva a cabo el plan de desconectar a los usuarios que realicen descargas musicales sin pagar, o a los que se conecten a redes P2P. 

Concluye el reportaje del El País explicando que al gobierno no le quedará más remedio “que mojarse si quiere controlar las descargas de archivos por Internet”. Lo cierto es que cualquiera que conozca un poco a nuestra clase política, sabrá bien que no sólo “no le quedará más remedio” sino que lo hará con mucho gusto. No es casualidad que dos minutos después de la toma de posesión de la ministra de cultura, los foros de Internet ya le hubieran puesto el mote de ‘González Sinde-scargas’. 

Encontrar una excusa para meter mano a Internet no es precisamente un problema para un gobierno, sino una alegría. Cuanto más escucho hablar a nuestros políticos –discúlpenme aquellos que constituyan las excepciones a esta regla- más convencido estoy del pavor que despierta en ellos la libertad que ha traído Internet. Tiene gracia que siendo la red un foco de todo tipo de delincuencia –tal vez sea el peaje, a veces inaceptable, de disfrutar esa libertad-, el único problema que parece importarles son las descargas musicales y el intercambio de archivos audiovisuales entre usuarios. Enésimo error de la industria de la música, que sigue enfrentándose a sus propios consumidores. Enésimo error del mundo de la cultura que sigue enfrentándose a sus propios seguidores.  

He escrito muchas veces que el canon digital es un parche para mantener con vida artificial a una industria que, tal y como la conocimos, falleció el siglo pasado. El mero hecho de plantear la multa y desconexión de usuarios de Internet que se conecten a redes P2P constituye un nuevo intento por mantener esa vida artificial a toda costa. 

En cuanto al cine español, salvando siempre las contadísimas excepciones, el verdadero problema es que no pueden soportar que ni siquiera obtengan buenas cifras cuando se trata de descargas ilegales. Hasta en el mercado pirata los consumidores prefieren las producciones extranjeras. Y eso sí que no se puede tolerar. 

Aunque tengo algunos amigos impulsando esta operación, tengo que advertirles que quienes pretenden que la música española siga los pasos del fracasado modelo del cine español, no podrán contar con mi aplauso, ni mi respaldo, ni mucho menos con mi silencio. Es cierto que la industria musical está cadáver, o al menos herida de muerte. Pero una cosa es defender y ayudar en lo posible a los enfermos, y otra, completamente distinta, facilitarles un batido de cicuta, aunque sea con sabor a chocolate.  

Yo es que estoy muy a favor de la vida, incluso cuando se trata de la enfermísima industria musical española.

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