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Desiderata

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Ayer practiqué por primera vez en una biblioteca pública el vicio de pedir, y el personal me previno ante la casi segura necesidad (hecha virtud) presupuestaria de no dar.

Ayer practiqué por primera vez en una biblioteca pública el vicio de pedir, y el personal me previno ante la casi segura necesidad (hecha virtud) presupuestaria de no dar. Estoy viéndome The Wire por lo legal, tomando en préstamo cada DVD, algo infrecuente y hasta probo en estos tiempos de descargas. En la biblioteca a la que suelo acudir tienen cuatro de las cinco temporadas que componen la serie. Falta la última. Por un reflejo primariamente egoísta –no puedo quedarme a medias– pero secundariamente altruista –de paso, tampoco se quedarán a medias los demás–, decidí solicitar la adquisición de la quinta temporada rellenando una desiderata, ese documento donde cada usuario puede exponer sus peticiones. Una de las empleadas me dijo: «Antes se compraba casi todo, pero ahora…», y durante los puntos suspensivos frunció los labios y ladeó ligeramente la cabeza. Pocas cosas hay peores que enterarse de que hasta hace justo medio minuto uno podía ser pedigüeño y atendido, pero que ya es demasiado tarde.

Cuento esta anécdota porque hoy –escribo en jueves– El País trae en sus páginas culturales un amplio y desolado reportaje de Winston Manrique Sabogal sobre las múltiples desventuras del mundo del libro. Y en el cataclismo que va desglosando, hay un apartado específico que dedica a las bibliotecas. Cita el testimonio de una experta, que atribuye el descenso progresivo del número de usuarios entre otras cosas a «la desactualización de las colecciones, impresas y digitales, dada la reducción presupuestaria de los tres últimos años». Veo confirmado a un nivel más amplio ese fenómeno del que no había sido consciente hasta que lo leí en la prensa local hace poco más de dos semanas. Diario de Burgos informaba de que los usuarios de las bibliotecas municipales de esta ciudad han disminuido por segundo año consecutivo. Y aportaba números concretos a partir del recuento realizado por sensores electrónicos. Con todas los correcciones que sean precisas, la tendencia está clara: hubo más de 784.000 entradas en 2009, frente a las 677.000 de 2011. Tampoco es que quepa descartar el aumento de pernoctaciones entre los anaqueles, pero no parece que sea esa la causa principal.

Cuando todos los años llega puntualmente la campaña de la declaración de la renta, y sale a pagar, cada uno se consuela como quiere. Yo hasta ahora solía aliviarme pensando –alma de cántaro– que una buena parte de mi exacción se destinaba a ampliar en las bibliotecas el catálogo de novedades, libros intactos y bienolientes, películas y series que luego podía disfrutar como en una compra diferida. La redistribución bien entendida comienza por uno mismo. Si resulta que ya ni esa ilusión ficticia me permiten conservar, porque pegan el tajo en la adquisición de bibliografía y cinematografía frescas para destinar el dinero a otras partidas, mi único freno a la objeción fiscal no es otro que la falta de garantías de impunidad. Las bibliotecas son organismos que perviven en tanto renuevan sus células, que son sus fondos. Si se dejan morir, si sus depósitos se convierten en depósitos de cadáveres, impresos y digitales, que la Agencia Tributaria me permita al menos dirigirle una desiderata para especificar adónde quiero que vayan destinados mis impuestos. Es que motiva poco pagar a ciegas y al tuntún.

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