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Despotismo ilustrado en China

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No es fácil saber si efectivamente el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao están claramente a favor de la libre empresa y de una mayor democracia.

La comparación con la historia europea del siglo XVIII no es exacta, pero movimientos recientes la recuerdan, ante los intentos de reformas leves desde el poder, que darían una supuesta participación política a los ciudadanos. Pekín trataría de fortalecer el evidente crecimiento económico de esa gran potencia mundial. En palabras del primer ministro Wen Jiabao, el país “ha llegado a un punto crítico”, en el que sin reformas políticas no se resolverán “los nuevos problemas que han surgido en la sociedad de China”. En esa línea se inscribiría la destitución fulminante de Bo Xilai, el barón del partido comunista chino en Chongqing, al parecer neo-maoísta, partidario de un “renacimiento rojo” en su territorio, manifestado en la profusión de viejas canciones y la reiteración de máximas de Mao en los teléfonos móviles. El cese significa también su salida de un organismo poderoso del país, la comisión política del partido, cuyos miembros preparan la transición del liderazgo para finales de este año.

Su caída se debería tanto a su gestión en Chongqing, como a su estilo personal. Buena parte de su popularidad se debe a enérgicas medidas contra la mafia local, a la política social a favor de los más pobres, o al empeño en una mayor intervención de los poderes públicos en la economía local. Los críticos le acusan ahora de que las campañas anti-mafia ocultaban una ofensiva contra los empresarios del sector privado, para traspasar sus beneficios a las sociedades públicas y al presupuesto local.

Pero no es fácil saber si efectivamente el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao están claramente a favor de la libre empresa y de una mayor democracia, y se disponen a entregar el poder a una nueva generación liderada por el vicepresidente Xi Jingping. Como señalaba un reciente editorial de The Washington Post, “las luchas opacas por el liderazgo en China no siempre son lo que parecen. Por ejemplo, ¿era Bo Xilai realmente un maoísta? Su hijo, un antiguo alumno de Oxford y Harvard, que al parecer conduce un Ferrari rojo, no encaja en el perfil de un guardia rojo. ¿O ha sido un aviso a Bo por un apoyo populista que ofendía a la élite del partido?”

Ahora se subraya su tono arrogante y autoritario, la práctica de la tortura en la lucha contra mafiosos y empresarios. Ese estilo habría inquietado a los otros dirigentes, sobre todo, pensando en que pudiera ocupar un puesto en el comité permanente del consejo político (los “nueve”, de los cuales siete deben cambiar en otoño). Quienes no han olvidado los estragos de la “revolución cultural” temían que lanzase una vasta operación de lucha contra la corrupción, de consecuencias imprevisibles.

Desde luego, las últimas medidas de la asamblea general del pueblo presidida por Wen Jiabao no indican precisamente una liberalización: la policía seguirá teniendo poder para detener a sospechosos por más de seis meses si están acusados de terrorismo, ponen en peligro la seguridad del estado o se trata de una grave corrupción; irían a cárceles secretas sin cargos, en contra de las peticiones manifestadas públicamente por abogados y defensores de los derechos humanos. El régimen tendrá las manos libres para penalizar a los cada vez más numerosos activistas a favor de la democracia, y para evitar los debates en Sina Weibo, la versión china de Twitter.

Está en marcha una compleja lucha por la sucesión en la cúspide del partido comunista chino. Aunque se intenta proyectar imagen de unidad férrea, facciones rivales quieren situar a sus candidatos en el comité permanente. Los observadores mejor informados vaticinan una lucha por el poder cada vez más feroz. En esa línea se inscribe el discurso del probable futuro líder de China, actual vicepresidente, Xi Jinping: insta a luchar por mantener la "pureza", la unidad y los ideales del Partido. Pronunció esas palabras el uno de marzo en la Escuela Central del Partido, pero se publicaron al día siguiente del anuncio de la destitución de Bo Xilai, aunque no le menciona. Algunas expresiones, como se lee en Le Monde 16.3.2012, son amenazantes: “ciertas personas entran hoy en el Partido no porque crean en el marxismo, o quieran consagrar su vida al socialismo propio de China, o luchar hasta el fin por la causa comunista, sino para obtener beneficios personales". En consecuencia, “todos los escalones del Partido deben controlar estrictamente las admisiones, reforzar la educación y la supervisión”. Por supuesto, “es necesario expurgar con determinación de las filas del Partido a los elementos corruptos y degenerados incurables”.

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