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De un tiempo a esta parte, no dejo de tropezarme con personas perfectas, que nunca han hecho nada malo ni se les ha pasado por la imaginación. Se trata de individuos de acrisoladas virtudes, que no dejan nada en el plato ni llegan a casa más tarde de las diez. 

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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No solamente se cuidan de no caer en errores impropios de su estatura moral, sino que ejercen también de implacables sabuesos al acecho del maligno, como fieros fiscales populares en búsqueda de cabelleras ajenas. Todo lo malo proviene de los demás, porque estos superhéroes de ahora son alérgicos a cualquier autocrítica, aunque se funde en hechos notorios que les afectan y que dejan mucho que desear.

Los perfectos de los que hablo nunca están desacertados. Ni aunque se demuestre empíricamente. Lo suyo es imponer su criterio sin atisbo de duda, siquiera racional, porque se trata de seres infalibles por naturaleza llamados a guiar al pueblo hacia un paraíso prometido, en el que la felicidad será completa y ya no será necesario pagar la viñeta de la moto. Cuando hablan, nadie es capaz de detectar en ellos la más mínima incertidumbre, porque son sujetos que desentrañan las más insondables claves de la humanidad, como consecuencia de una sólida sabiduría adquirida en el cantina de la facultad entre el denso humo de todo aquello que se pueda fumar.

Estos campeones de hoy son los encargados de repartir también los certificados de buena conducta al personal. Como son impecables, el resto somos meros aspirantes a dichas tarjetas de corrección ciudadana, que debemos lograr tras demostrarles que hemos pecado poco o que, al menos, lo hemos hecho sin darnos cuenta. Ellos se ocupan de calibrar nuestra responsabilidad, y de ubicarnos cuidadosamente en las dos únicas categorías que existen en su imaginario: los que están con ellos o los que son unos corruptos. No aceptan términos medios: quien no comparta sus ideas a rajatabla o no existe o es un delincuente, aunque no se le haya procesado o hubiera sido absuelto por un juez.

El dominio que exhiben de los mecanismos de propaganda contribuye mucho al reino de estas excelsas criaturas. Nunca dan cuenta en sus altavoces de aquellas equivocaciones que hayan tenido, siempre involuntarias y por culpa de otros, porque ellos nunca yerran ni lo harán. La segunda oportunidad que reivindican para tantas cosas no la ofrecen a quien ha podido no estar demasiado acertado en algo, al que exclusivamente le reservan la condena despiadada sin atenuantes.

Sus ademanes soberbios forman parte igualmente de su perfección. Sus manifestaciones van acompañadas de aspavientos y altivez. Hablan alto y de prisa, como si estuvieran cabreados. Lo están, pero por las cosas que han hecho los vecinos buscando deliberadamente equivocarse. Jamás abordan los asuntos con sentido del humor o relativizándolos, porque para ellos todo lo que no sea su criterio es algo muy grave y que no puede tomarse a guasa.

Los perfectos, esos grandes cretinos contemporáneos.


Javier Junceda.

Jurista y escritor.


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