Miércoles 22/11/2017. Actualizado 13:37h

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Educar… como el respirar

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El incremento de la violencia juvenil, en tantos ámbitos, muestra a las claras que tenemos mucho que mejorar, padres y educadores también.

El incremento de la violencia juvenil, en tantos ámbitos, muestra a las claras que tenemos mucho que mejorar, padres y educadores también. Hemos de averiguar las causas sin fijarnos sólo en la violencia vista en televisión, cine, videojuegos… Hemos de reconocer, por ejemplo, la prolongación extraordinaria de la etapa de la adolescencia, en la que por pura sobreprotección o individualismo egoísta es tan difícil construir una identidad y una personalidad coherente, esa que se entrena en la responsabilidad y el compromiso.

Y no digamos si el ambiente o los hábitos de chicos y chicas están impregnados de promiscuidad sexual, conductas adictivas o drogas, situaciones que complican y condicionan totalmente el uso de la libertad. Es verdad que para educar hoy puede haber más dificultades, más fuentes de conflictos, pero no olvidemos que el cambio de ser una persona dependiente a independiente es preciso trabajarlo desde muy pequeños y es un trabajo de equipo. Y requiere tiempo, tiempo y paciencia.

Hemos de reconocer que las incongruencias extremas –incluso hechas ley- que observan nuestros jóvenes les deseducan gravemente. Pensemos, si no, en el desprecio práctico hacia los débiles, la fragilidad de las relaciones familiares, el jaleado relativismo, un consumismo desenfrenado… Todo eso se mezcla con soflamas de equidad, tolerancia, alianza de civilizaciones…, que son “adornos adultos” para un mundo ideal.

Además, la ausencia de reflexión provoca siempre una superficialidad y un desprecio por lo diferente o lo que no me gusta, que en muchos casos desemboca en violencia. Nuestros adolescentes y jóvenes necesitan responsabilidades que sean orientadas hacia otras personas. Que vean pasión, ternura y fortaleza, que descubran a los demás, que se abran al mundo, lejos de presiones que les llevan a confundir lo útil con lo honesto. 

A veces, el mal ejemplo provoca en nuestros jóvenes el deseo de resolver sus preocupaciones de manera agresiva. Por ello, es preciso hablarles de trabajo bien hecho, sacrificio, responsabilidad, confianza, servicio, empatía, comprensión, solidaridad… Y evitaremos sentimentalismos y utilitarismos que fácilmente se pueden asentar en la familia y en las relaciones de amistad. Por eso, hemos de facilitar ambientes donde se motive y trabaje una verdadera libertad, se viva con austeridad, fortaleza y verdadera humanidad. Cosa necesaria para el discernimiento y para asumir vínculos de calidad.

Urge ejercitarnos todos en las relaciones sociales, con diversidad en los pareceres y maneras de ser: socialización grupal básica que no olvidemos tiene su fundamento original en la familia. Siempre en un clima de confianza y transparencia, y evitar el freno que para un equilibrado desarrollo constituyen el individualismo y la falta de delicadeza en las relaciones personales. Y, para eso, padres y educadores hemos de estar muy bien preparados.

Pongámonos de acuerdo en que deberemos evitar que niños y jóvenes sean víctimas de la violencia, no es preciso vivir en un país en guerra, basta con unos padres trastornados o pasotas o un colegio sin disciplina; evitar el mercadeo sexual y las adicciones; atender adecuadamente a las familias desestructuradas, pues puede faltar un buen ambiente de hogar; y no fijar el trabajo o la exigencia personal en una competitividad salvaje que olvide la dignidad de las personas, pues de lo contrario la agresividad se convierte en medio necesario que pasa por encima de todo.

Ya va siendo hora de ejercitarnos en unas prácticas más saludables en las que podamos disfrutar y ser referencia para los más jóvenes. Por ejemplo, actividades deportivas, excursiones y paseos para estar más en contacto con la naturaleza, acciones de voluntariado y servicio material a los demás, visitas de cultura y arte, disfrutar del teatro, la música, la expresión plástica, el cine y la lectura.

Animemos a nuestro alrededor el hábito de pensar, argumentar y razonar; ejercitemos el buen humor y el respeto; tengamos la felicidad de los demás como objetivo real y concreto. Facilitaremos, entonces, que nuestros jóvenes puedan ver la vida con amplitud de miras, sin encorsetamientos. Sólo así van a conquistar la felicidad, después de una responsable elección. Esa es la clave del verdadero desarrollo de un país y de cada uno de sus ciudadanos.

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