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Elecciones USA: ¿Qué pasó con las encuestas?

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Tres semanas antes de la fecha electoral (8 de noviembre), la campaña de Donald Trump y la de Hillary Clinton recibieron resultados de sus respectivos trackings electorales diarios.

Un artículo de...

Jorge  Díaz-Cardiel
Jorge Díaz-Cardiel

Socio Director General de Advice Strategic Consultants

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Son, evidentemente, encuestas que no se publican en medios de comunicación y tampoco se filtran. Sirven para saber realmente la situación del candidato y modular la campaña: mensajes, segmentos de población a que dirigirse especialmente, estados que visitar, actos electorales que organizar, etc.

Tanto para Trump como para Clinton, los resultados que arrojaban sus encuestas internas eran tan parecidos como desconcertantes. Trump no daba crédito a lo que veía: el Mid West y el Sur (incluido el premio de Florida, que era lo que le otorgaría la presidencia) se le entregaban y, por vez primera, Trump estaba en posición de acariciar la presidencia. Por eso, a partir de ese momento, en la segunda semana de octubre, Trump empieza a decir en sus mítines electorales que “cuento con encuestas que dicen cosas muy distintas a las que estáis viendo en los medios de comunicación”.

Evidentemente, el shock para Hillary Clinton fue todavía mayor. Cuando parecía -como a principios de 2008 frente a Barack Obama en las primarias- que su victoria era inevitable, las encuestas privadas (verdaderas) le decían que solo mantendría estados de ambas costas, progresistas, dejando el resto del país en manos de Trump. Este es uno de los tres motivos por los que la familia Obama se volcó en hacer campaña a favor de Clinton: los Obama intentaron movilizar el voto afroamericano y el latino a favor de Hillary, porque las encuestas decían que los negros se quedaban en casa y no votaban, y que el voto hispano se dividía entre seguidores de Trump y seguidores de Clinton.

¿Por qué? Porque, de 54 millones de hispanos-ciudadanos norteamericanos, la mitad no quieren ser considerados latinos, sino naturales del país. Recordarles sus orígenes les molesta. Y la llegada de más inmigrantes podría poner en riesgo sus puestos de trabajo, por exceso de oferta de empleo y bajar los salarios. El otro 50% de hispanos legales pensaban en sus familias y en traerlas al otro lado de los Ríos Bravo y Grande, para disfrutar del sueño americano que les prometía Hillary, versus el muro de Trump. Y en el limbo quedaban los once millones de inmigrantes latinos ilegales, que trabajan y pagan impuestos, pero que corren el riesgo de ser deportados. Estos no tienen derecho a voto.

Las encuestas privadas y no publicadas detectaron, además, que el varón blanco del centro y sur del país, especialmente en zonas rurales e industriales, se identificaba con el mensaje de Trump. Ya lo detectó Nixon, en 1968, y Reagan, en 1980: un varón blanco, asustado porque los avances en los derechos de afroamericanos, latinos y mujeres ponen en peligro su primacía. No hay que olvidar que el Sur es muy conservador, tanto ellos como ellas. El machismo está muy extendido. Y son personas que se sienten insultadas por las élites de las dos costas (las finanzas de Wall Street o la música y el cine de Hollywood) que pretenden imponerles -según ellos- unos valores cosmopolitas y ateos que no son los suyos, esencialmente patriotas, nacionalistas y cristianos. Este voto blanco aumentó un 21% su participación en estas elecciones del 8 de noviembre y se decantó por Trump.

En otro orden de cosas, la radicalidad de Clinton en la cuestión del aborto, lejos de acercarle a las mujeres le alienó de ellas. Muchas mujeres (53% del electorado) se llevaron las manos a la cabeza cuando, en el tercer debate electoral, Hillary defendió el aborto en el mes noveno del embarazo. Ella quería ganar los votos jóvenes, progresistas, de izquierdas de Bernie Sanders -minoritarios- y lo que consiguió fue el enfrentamiento con la mayoría de las mujeres que, en América, defienden el derecho a la vida. Esto lo detectaron las encuestas privadas de Trump, que lo explotó hasta la saciedad en sus mítines, por contraste con Clinton, que confiaba en que el voto afroamericano y latino compensaría la pérdida de voto femenino: se puso una venda para no ver la realidad. Así le fue.

Para acabar, dos cuestiones. Una, metodológica: las encuestas privadas tienen más probabilidades de acertar que las públicas porque el margen de error de las primeras es del 1,5-1,8%. En cambio, el margen de error de las encuestas publicadas era igual o superior al 3%, por lo que era muy difícil que acertaron teniendo que sumar o restar un 3% a su propio resultado.

Y, en otro orden de cosas, los medios de comunicación, de manera mayoritaria han apoyado a Hillary Clinton. Sus encuestas publicadas -todas, excepto dos en casi 20 meses de campaña, que explico en mi obra “Hillary Clinton versus Trump, el duelo del siglo” (Eiunsa, 7 noviembre de 2016)- siempre daban por vencedora a Clinton: es como si, de esta manera, quisieran que ganara ella, influyendo en sus audiencias. Aunque esto, no deja de ser una hipótesis.

Jorge Díaz-Cardiel. Socio Director General de Advice Strategic Consultants.


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