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20-D: Elecciones trascendentales

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Todo hace presagiar que las Elecciones Generales del 20 de Diciembre van a ser realmente trascendentales. De pronto se han encendido todas las alarmas.

Un artículo de...

Josu  Montalbán
Josu Montalbán

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Quien ocupe el sillón principal del nuevo Gobierno va a convertir la Moncloa en una mansión llena de preocupaciones. A las inherentes a cualquier gobierno de cuantos han dirigido España después del franquismo habrá que añadir las derivadas de la inestabilidad parlamentaria ahora que el bipartidismo se tambalea, las extraordinarias dificultades que conllevará dar solución al problema que se ha desencadenado en Cataluña, que va a requerir obligatoriamente medidas drásticas y audaces, y seguir respondiendo del modo menos traumático posible a las obligaciones y castigos que, en el plano económico, nos impondrá Europa a base de amenazas de rescate.

Los españoles no estamos para bromas. El desempleo es excesivo y, por si fuera poco, son demasiados los trabajadores que soportan cotas de pobreza altas. Ya, un trabajo no es garantía de casi nada, ciertamente el que no lo tiene lo busca con ansiedad para evitar la miseria, pero un empleo no garantiza la suficiencia ni la dignidad. Por más que el actual Gobierno, ya saliente, se pavonee de haber invertido las cifras del desempleo en solo cuatro años gracias a las medidas que ha adoptado, el ambiente sigue siendo raro, los trabajos son demasiado precarios, y la cobertura del desempleo insuficiente. Además, esa promesa que todos los líderes entonan a coro, consistente en crear nuevos empleos, no es explicable y resulta casi imposible de creer. De modo que el tiempo futuro seguirá inmerso en una nebulosa parecida a la que ha venido enturbiando el tiempo pasado: no habrá empleos para todos, no habrá rentas suficientes para todos con el modelo socioeconómico actual.

La trascendencia de estas Elecciones tiene que ver también con la nueva oferta electoral, que se sustenta en el descrédito de la “vieja política” y la caída del mal llamado bipartidismo. Las fuerzas emergentes, -Ciudadanos y Podemos-, adolecen de un exceso de voracidad y parecen dispuestas a todo para alzarse con el poder. Serían capaces de negar su propia legitimidad, si fuera necesario, con tal de convertir en cenizas a quienes, con luces y sombras, han protagonizado una Transición a la Democracia, que podía haber sido mejor pero también muchísimo peor.

A base de denigrar las acciones de los políticos corruptos, que son muy pocos en comparación con los políticos que no lo son, han conseguido defenestrar la Política y convertir a los políticos en muñecos de pimpampum. Recuperar el buen nombre de la Política va a ser una tarea costosa, sobre todo si, como parece, el bipartidismo sigue al frente de la situación con el PSOE y el PP diezmados pero mayoritarios. ¿Serán capaces Ciudadanos y Podemos de cambiar su estrategia de hostigamiento sin límites a los partidos del bipartidismo, y afanarse en la construcción del futuro con todos los demás agentes políticos y sociales llamados a hacerlo?

Y por fin, se trata de una Elecciones trascendentales porque el Estado se muestra resquebrajado. No sólo es España lo que se ha roto, o está en riesgo de romperse, es el Estado el que tiene sus costuras deshilachadas, tanto, que quizás el federalismo aliñado con singularidades, que promete el PSOE puede ser insuficiente. Los españoles que aún admiten seguir llamándose de ese modo se muestran mucho más orgullosos portando la bandera de su región o nacionalidad que llevando la bandera española. Y por si ese proceso de desapego no fuera suficiente Cataluña ha iniciado un camino hacia un abismo en el que no cabe ninguna posibilidad de hallar ninguna solución compartida. “¡Visca la república catalana!”, ha dicho la señora Forcadell, tras ser ccoronada como la segunda autoridad de Cataluña, en la primera práctica secesionista formal del Parlament catalán. Por eso, el futuro es una incógnita de difícil solución. Lo más grave no es que Rajoy haya dejado pasar tanto tiempo de incertidumbre sin favorecer un cambio de rumbo de la nave catalana, lo grave es que el capitán Mas sea, y se haya empecinado en serlo, un obtuso presidente capaz, como lo fue Sansón, de destruir el templo catalán aunque muera el bajo las ruinas.

No hay marcha atrás. ¿De qué puede servir que Pedro Sánchez se empecine en proponer caminos alternativos a ese secesionismo cuya consecución está ya en el ADN de Mas, y de demasiados catalanes? Sólo unos resultados electorales que puedan ser interpretados como una auténtica sublevación de los catalanes ante los devaneos independentistas puede variar el rumbo de la travesía. Artur Mas no acepta convertirse en presidente de un estado federado, probablemente porque el destino que le tienen reservado los dioses que alberga en su cabeza está al lado de Obama, tratándose de igual a igual.

Se trata de unas Elecciones trascendentales por cuanto he detallado, pero no solo por eso, también por el hecho de que quien dirija la Política española durante los próximos cuatro años se va a ver ante la tesitura de opinar sobre veredictos tan comprometidos como los del caso Urdangarin, el caso Gürtel, la trama Punica, los ERE de Andalucía, los ERE catalanes, el escándalo del expresidente Pujol y su familia, la corrupción del 3% en Cataluña, el caso Bárcenas, y tantos otros acontecimientos dolorosos y miserables que han venido manchando nuestra Historia más reciente. Estando en Euskadi, como estoy, me atrevo a afirmar que la consolidación de la paz y la construcción de la nueva convivencia, tras el final del terrorismo de ETA, sólo va a ser la guinda del pastel.

Bueno será que nos empeñemos en asumir las mayores cotas de responsabilidad ante las próximas Elecciones. No encuentro calificativo más atinado para ellas que “trascendentales”.

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