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Elogio de la vejez

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Este verano he podido ver una misteriosa sintonía entre los más jóvenes, chicos y chicas que no llegaban a los 14 años, y los más viejos

Entre muchas conversaciones con gente joven, dinámica y con fenomenales proyectos por delante, también he podido disfrutar este verano de tiempos de entrañable convivencia con personas ya entradas en años, jubilados o prejubilados de muy sencillo plan de vida y generosísimos con su tiempo libre; y he podido tratar a ancianos muy ancianos, de conversación sabia y prudente, que lo han dado todo pero que no quieren figurar.

Aprendí del trato entre amigos y vecinos casi octogenarios, de su buena compañía en las aficiones, de sus silencios expresivos, o de cómo “pegar la hebra”. También aprendí de algunos esposos, con ya superadas las bodas de oro, que compartían paciencia y dulzura, apasionados por la hermosura de lo cotidiano. En unos casos, residentes en elegantes capitales autonómicas; en otros, de pujantes ciudades o de pequeñas aldeas de montes lejanos.

En todos me maravilló la paz de su ir exprimiendo la vida a puro cariño. Bien es verdad que, a veces, con ciertos recelos de lo moderno y con comprensibles perezas por el cuerpo que no acompaña. Pero, también en ocasiones mostraron adolescente rubor al verse homenajeados, o energía de joven y fuerte ejecutivo al decir cómo han de ser y hacerse las cosas.

Incluso, admirado, he podido ver una misteriosa sintonía entre los más jóvenes, chicos y chicas que no llegaban a los 14 años, y los más viejos: Complicidad de quienes empiezan a saber y de quienes ya lo han visto casi todo.

Releí entonces aquello de Jorge Luis Borges, en su poesía “Elogio de la sombra”:

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma.

Pues ahora, que quizás con más paz deseemos organizar bien las prioridades del próximo curso, vale la pena pensar en cómo cuidamos de nuestros mayores, en cómo les dedicamos algo del tiempo precioso que la vorágine de nuestras tareas nos hace tacañear. Esa finura y disponibilidad van a ser síntoma de verdadero desarrollo. Nuestros desvelos por los ancianos y menos favorecidos van a mostrar el verdadero rostro de las sociedades que estamos construyendo.

Seguro que algo más podemos hacer cada uno de nosotros. Esta finura será ejemplo necesario para los más pequeños y tarea permanente para todos. Seguro que veremos la manera de rectificar egoísmos y fundir generaciones en un mismo querer, con pequeños detalles que son un beneficio para todos. No olvidemos que lo que más moviliza y cohesiona a un país –también a una familia- es compartir obligaciones y responsabilidades.

 Y acaba así ese poema, un Borges entonces ya longevo:

Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave a mi espejo. Pronto sabré quién soy.

Palabras del insigne poeta que nos estimularán a desvivirnos por atender las necesidades materiales y morales de la gente más anciana; a estar a su lado en el ocaso de su vida en este mundo; a ayudarles a llevar con más ánimo y esperanza las dificultades de la vejez.

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