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Enamoriscarse

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No pasa nada por enamoriscarse en lugar de enamorarse, aunque eso cause menos relumbrón en los afectos y menos galope de pulsaciones. Hay momentos para todo.

De entre todas las palabras de un idioma, solemos percibir como las más expresivas aquellas que presentan en mayor grado, y a la vez, los siguientes rasgos: ofrecer matiz de afectividad, evocar de algún modo el significado a través de la forma y ser de uso poco frecuente. Tres casos en español: charrán, cucamonas, enamoriscarse.

Enamoriscarse es un verbo sugestivo, tanto en el aspecto semántico como en el vital. La Academia lo define así: «Prendarse de alguien levemente y sin gran empeño». Un concepto muy distinto de enamorarse: «Prendarse de amor de alguien». Enamoriscarse permite un margen de maniobra sentimental, porque entra en la voluntad el factor capricho —ahora lo tomo, ahora lo dejo—, que queda anulado por el avasallamiento del amor auténtico. El enamorado sufre implacables turbiones, vendavales, fuerzas desatadas que arrasan cuando pasan. El enamoriscado permanece a cobijo en la levedad, y trasforma a su antojo la dolencia en indolencia. Sufre y goza y ni se inmuta según le convenga o apetezca. Más o menos.

La época actual, tan propensa a los amoríos de recorrido breve, no ha revitalizado el verbo enamoriscarse, que está para desaparecer. Los motivos me parece que son dos. El primero de tipo lingüístico. Mucha gente ni siquiera conoce el término. Y a quien lo conoce le da así como un poco de vergüenza utilizarlo. ¿Enamoriscado? Suena rancio, a castellano aurisecular, a plática entre pastores sacada de un texto de Cervantes. Lo que decimos hoy, equivalente para expresar esa cosilla liviana, es que me mola Rosa Mari o que Antonio me hace tilín. El otro motivo por el que enamoriscarse no revive consiste en una toma de posición tan voluntariosa como errónea. Preferimos engañarnos y recurrir al potente vocablo en parte análogo —enamorarse—, aunque no sea eso lo que nos ocurre, porque es mucho más emocionante darle a la vida una dimensión dramática, arrebatada. Y así nos va.

No pasa nada por enamoriscarse en lugar de enamorarse, aunque eso cause menos relumbrón en los afectos y menos galope de pulsaciones. Hay momentos para todo. Yo estas últimas semanas he andado enamoriscado, sin perder la noción, sin creer cosa distinta. Lo doy por bueno. Me ha servido para poner el corazón un poco a punto, para escuchar viejas canciones de Adamo con una empatía casi cierta y para tomar del natural algún apunte literario en materia de júbilos y pesares. Esas cosas. Pero en fin, disculpen, yo solo quería hablarles de las palabras más expresivas de un idioma. Después de este inoportuno rodeo, comienzo de nuevo. Enamoriscarse, cucamonas, charrán, por ejemplo. Las tres tienen en común...

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