Martes 24/10/2017. Actualizado 12:56h

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Tribuna libre

Enarbolar un rostro

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Enarbolar un rostro significa que, al cabo, la única patria de verdad es la persona. No la estampación de las banderas, ese cromatismo de sentimientos y proyectos difusos por el que algunos matan y algunos mueren.

El mismo día en que se publicó el informe Saville sobre la matanza de Londonderry, un grupo de ciudadanos marchaba por las calles de la ciudad norirlandesa portando en alto pancartas con reproducciones en gran tamaño de los retratos de las catorce víctimas. Nueve de ellos, varones todos, tenían entre diecisiete y veintidós años. En las imágenes unos aparecen serios, otros esbozan media sonrisa –quizá estaban posando para la orla del colegio–, un hombre de edad madura mira hacia abajo en vez de al frente. Ninguna fotografía se toma a sabiendas para el álbum inopinado de la muerte.

Enarbolar un rostro significa que, al cabo, la única patria de verdad es la persona. No la estampación de las banderas, ese cromatismo de sentimientos y proyectos difusos por el que algunos matan y algunos mueren. Quienes matan y mueren son la patria, su concreción, su sangre, acaso el rubor de la vergüenza, o el hervor del heroísmo. Cuidado con las falsas simetrías. Aquí sabemos bien que hay quien hace enseña de la efigie de los suyos en condición de víctimas, cuando son verdugos. Si quedaba alguna duda, España enarboló masivamente como bandera el rostro de Miguel Ángel Blanco, cuyas facciones concretaron entonces, mejor que ningún otro símbolo, los anhelos de libertad.  

Allá donde haya violencia, aunque se trate de una violencia de origen político, la instancia última será individual, siempre. Asesinos al margen o a sueldo del Estado, guerrillas, bandas terroristas, grupos de lucha por los derechos ciudadanos, represaliados por regímenes autoritarios, gentes de bien sin más. Por muy heterogénea que sea la enumeración y por muy diversas que se muestren sus motivaciones, la moralidad de sus actos y la justicia de sus fines, todos ellos tienen en común el unirse para honrar uno por uno, con sus nombres y la presencia de sus imágenes, a los que se considera –con distinta licitud, según los casos– inicuamente torturados, desaparecidos, asesinados.

Los retratos de las catorce víctimas de la matanza de Londonderry son en blanco y negro. Qué lejano, aquel 72. Algunos parecen, más que fotos, retratos a carboncillo. Sus figuras están plasmadas también en un mural del barrio católico de la ciudad, una de esas pinturas que han creado la iconografía particular del conflicto del Ulster, ese martirologio en trincheras urbanas, de línea clara y oscura historia. Treinta y ocho años después, inmortalizado el suceso por U2 en la música y por Greengrass en el cine, las banderas que parecieron inconciliables vienen anudándose desde aquel Viernes Santo en Stormont. Con todo, acaso unas orlas escolares hechas pancarta, y otros cuantos retratos sin vocación de tragedia vinieron a evocar, con motivo de unas indagaciones sobre el pasado, el recuerdo de catorce futuros que no fueron.

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