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En nuestras sociedades abundan los generales. Un repaso a la red profesional más extendida nos descubre esta realidad actual con pocos soldados

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Cualquiera es hoy algo muy importante aunque lo único destacado sea lo que en realidad hace pese a que tenga menos relieve del anhelado. Todo quehacer, por el mero hecho de afrontarse con ilusión cada mañana, es ya de por sí algo imprescindible, como se puede comprobar cuando viajamos y observamos por los ventanales de los aeropuertos a cientos de operarios revoloteando antes, durante y después de la salida de un avión. Los comandantes no podrían desarrollar su vistosa y compleja función sin esa red de personas que les rodean en su tarea.

        De lo que hablo aquí, sin embargo, no es de eso, sino de la tendencia moderna a fardar de cuanto se haga, poniendo el foco en dicha actividad, por discreta que sea. Este fenómeno ya comenzó hace algún tiempo, cuando afloraron los dispositivos automáticos para hacerse tarjetas de visita en las grandes superficies. A partir de entonces, los camareros comenzaron a llamarse “sector hostelería” o los barrenderos, “recuperadores de residuos sólidos urbanos” y por ahí seguido.

        Si no contáramos con la participación de todos esos oficios en nuestra vida cotidiana, pronto constataríamos su trascendencia. Sin embargo, lo que no aporta demasiado es esa ridícula presunción que pretende subrayarlos, llegando a lo cómico.

        En el caso de empleos a los que se llega tras años de formación o que llevan implícita una mayor responsabilidad de mando, un simple paseo por las redes sociales es equiparable al más distinguido desfile de modelos en la feria de Milán. No hay usuario que no sea un auténtico fenómeno, un prodigio absoluto en las artes a las que se aplica, un CEO que nunca es feo. Este trampantojo tan común transforma en eminencia al más corriente sujeto, sin que nadie de su entorno tenga la lealtad y caridad de avisarle de que está haciendo el completo ridículo públicamente.

        No estaría de más conocer las razones por las que esto tan chocante sucede. Quizá la superficialidad instalada en esta sociedad sélfica y petimetre contribuya a este ambiente. También puede ser que influya la pérdida de los valores ligados a la modestia y a la sobriedad. O la posverdad que nos rodea y que no nos permite discernir lo cierto de lo incierto, porque da lo mismo. Lo que no admite duda es que la inflación no deja de crecer en internet, igualando en la cima a quien tantas veces no ha comenzado apenas su escalada o a quien se ha quedado a medio camino, saturándolo de fantasías propias de las aventuras de Salgari, pero sin su gracia y amenidad.


Javier Junceda.

Jurista y escritor.


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