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Tribuna libre

Esperar a los reyes magos: la “espering”

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Esperaba pacientemente mi turno en la caja del supermercado. Durante unos segundos, me quedé embobada mirando los brillantes adornos navideños, que colgaban del techo.

Acaba de empezar noviembre y ya es Navidad. Cada vez nos la adelantan más, pensé al son de “los peces en el río”

La cola avanzaba lentamente. Durante la espera y justo detrás de mí pude escuchar una breve conversación.

-- Mamá, ¿cuánto queda para que vengan los Reyes?

-- “Muy poco. Además a casa viene Papá Noel, que viene antes y no hay que esperar”.

El niño, de unos seis años, se conformó con la respuesta. La madre siguió hablando con su amiga sobre las ventajas e inconvenientes de escribir a Papá Noel o a sus majestades Los Reyes Magos de Oriente.

Ya en caja y mientras llenaba las bolsas, escuché las conclusiones finales de la conversación.

Papá Noel era muchísimo mejor que los Reyes Magos porque los niños tenían antes los regalos. Podían jugar con los juguetes durante todas las vacaciones y se aburrían menos. Además justo al día siguiente de venir los Reyes, volvían al colegio sin haber tenido tiempo de jugar y disfrutar los regalos.

Andando hacia el parking cargada hasta los topes, este último argumento me hizo retroceder automáticamente a mi infancia.

Sin dificultad, pude recordar de nuevo, sensaciones de hace treinta y cinco años. Volví a sentir aquel emocionante sabor de la espera y las   enormes ganas de volver a casa, después del colegio, para   poder jugar con los juguetes y regalos que los Reyes Magos me habían traído el día anterior.

Este hecho anecdótico, me hace reflexionar de nuevo, sobre algo que observo y compruebo hace años a nivel personal y profesional: no sabemos esperar. No nos gusta la espera: lo queremos todo y ¡ya!

En demasiadas ocasiones, confundimos el concepto bienestar con la satisfacción fácil- ipsofáctica – inmediata- desmedida, de demandas y “necesidades” de adultos, jóvenes y niños.

Hace años, el verbo esperar surgía de forma natural y espontánea. La espera era una práctica integrada en los hábitos de la sociedad del momento y asumida por todos.

Pensando en los más pequeños y/o adolescentes, rescataré algunos momentos y situaciones de espera del día a día:

Algunos sencillos ejemplos:

-- Los niños tenían que esperar a… -- Cumpleaños o fiestas para beber refrescos y comer patatas, aceitunas… -- El sábado o domingo para comprar y comer chucherías. -- Su turno con hermanos para compartir la bicicleta u otros juguetes. -- Al 6 de enero para tener los juguetes de los Reyes Magos. -- Que todos acabaran de comer para levantarse de la mesa. -- Al día siguiente, para poder ver más dibujos animados en la TV en la franja de programación infantil -- Esperar su turno para entrar en el cuarto de baño. -- Hablar o intervenir cuando los mayores terminaban de hablar. -- Santo o cumpleaños para conseguir el regalo deseado. -- Que le llegaran las cartas a través del correo ordinario. -- Al día siguiente para hablar con los compañeros de colegio/instituto. -- A que el teléfono fijo quedara libre para efectuar una llamada. -- El estreno de una película (ahora disponible en Internet incluso antes del estreno oficial). -- Etc.

Estas situaciones y muchas otras, que al leerlas nos parecen irrelevantes o innecesarias, formaban parte de un valioso entrenamiento en la espera y transcurrían sin problema, cargadas de gran poder educativo.

Hoy en día las cosas han cambiado, lo inmediato, el ‘¡ya!’ está muy presente y en ocasiones en exceso. No quiero anular la cara positiva y eficaz de la inmediatez, sobre todo a nivel de nuevas tecnologías. Pero nuestros hijos no saben ni quieren esperar. El ¡ahora! Y el ¡ya!, es lo que manda. Esperar no está de moda. Su práctica, resulta impopular y trabajosa tanto para los padres como para los hijos. Los adultos somos los primeros responsables de la dificultad que tienen nuestros hijos e hijas para hacerlo.

La espera se practica poco. Para los padres, ceder y dar lo que nos piden, evita problemas y es más cómodo. Muchas veces les damos, antes de tiempo, más de lo que conviene y necesitan. Hacerlo así silencia y limpia nuestra conciencia. Nos ayuda a sentirnos mejores padres. ¡Qué gran error!

Pero los hijos crecen rápido. Se hacen mayores y saber esperar es una capacidad que se va haciendo cada vez más necesaria.

Entonces los padres queremos y exigimos a nuestros hijos muchos comportamientos, conductas y respuestas basadas en la espera. Capacidad para la que no están suficientemente o nada preparados/as.

Los padres con nuestro adecuado ejemplo, podemos y debemos enseñarles a esperar. Desde pequeños, a través de cosas y situaciones sencillas y en la dosis adecuada según la edad y cada caso. Éste es un objetivo de acción muy recomendable que se hace aún más necesario en la realidad social y económica actual

Para empezar es importante entender la palabra espera como la capacidad para asumir el aplazamiento/negación de la satisfacción inmediata de demandas, peticiones, deseos y necesidades, en muchas ocasiones innecesarias y /o ficticias.

De esta forma la espera y su práctica, se convierte en un buen antídoto contra las pequeñas exigencias y frustraciones que la vida irá planteando. Es una forma sencilla de ir fortaleciendo la capacidad de esfuerzo y voluntad

Los padres podemos ser los primeros en ponernos a trabajar.

Os animo a practicar con paciencia y constancia la espera terapéutica o ‘espering’, que consiste en provocar, potenciar y practicar de forma sistemática y cotidiana sencillas situaciones de espera.

Es importante incluir y reforzar dichas situaciones en nuestro repertorio de actitudes y conductas familiares. De esta forma y poco a poco, veremos avances y conseguiremos pequeñas victorias.

El objetivo es que nuestros hijos aprendan la práctica de la espera y de otras habilidades y capacidades muy relacionadas con el verbo esperar; austeridad, autocontrol, esfuerzo, esperanza, voluntad, paciencia, solidaridad, consumo razonado y razonable… ¿Es necesario y conveniente que nuestros hijos tengan más de tres o cuatro pares de deportivas, a cual más cara, que no utilizan y se les quedará pequeñas? ¿Por qué no esperar a que se rompa algún par? ¿Es necesario y conveniente que lleven móviles caros y mejores que los nuestros? ¿Por qué no heredan los que retiramos?, ¿Es conveniente que se coman una bolsa de patatas cada día? ¿o que beban coca cola diariamente? ¿Por qué no esperar al fin de semana?

¿Qué podemos hacer los padres?

Para empezar propongo dos tareas sencillas.

I) “Hacerles esperar” lo razonable y necesario, siempre y cuando no sea algo urgente y/o apremiante. Nos ayudará emplear más a menudo con nuestros hijos palabras y expresiones relacionadas con  el verbo esperar:

-- Por favor espera a que termine de hablar. -- Eres capaz de esperar a tu cumpleaños. -- No tengas prisa por… -- Espera a que lo pensemos. -- Eso puede esperar. -- No es el momento oportuno… -- Tendrás que esperar ya que primero sería conveniente que... -- Ahora no es posible tendrás que esperar a… -- Espérate a la hora de comer. -- Espera. -- Hoy no, mañana… -- Ahora no. Cuando termines de…

II) Rescatar situaciones básicas de espera cotidiana. Algunas ya olvidadas o en desuso y crear otras nuevas adaptadas a las costumbres y estilo educativo de cada familia.

-- Instaurar un día fijo a la semana para comprar y comer una cantidad razonable de chucherías. -- Evitar hábitos tales como picar o comer algo en un tiempo prefijado antes de la hora de comer y/o cenar. -- Pactar una paga semanal fija y en un día fijo para gastos. No darles más dinero si lo derrochan o gastan demasiado pronto. -- No adelantarles el regalo de santo o cumpleaños. -- Acostumbrarles a esperar a hablar cuando terminen los adultos. -- Evitar que nos cambien el canal de la TV (aunque nos dé igual o nos podamos ir a otra TV) si los adultos estamos viendo algún programa. -- Que no se levanten de la mesa hasta que terminen todos y los padres lo autoricen. -- Esperar a que ahorren, para poder asumir parte del gasto que suponga la compra de algún producto u objeto necesario o innecesario y que podría adquirirse por un coste menor. -- No comprar chucherías ni caprichos a discreción. -- Y un largo etc. Que dejo a vuestra elección.

No quisiera terminar sin decir que yo doy mi voto a los de Oriente, soy de los Reyes Magos por los cuatro costados.

En mi familia desde siempre, se les espera con ganas e ilusión. Y se les esperará pacientemente hasta el 6 de enero sólo a ellos, que al margen de cuestiones religiosas, educativas y de tradición, ahora, con la crisis, no hay que abusar escribiendo a los cuatro.

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