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Estatut: Mandamases adolescentes

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Recuerdo, como si fuera ayer, la conversación que tuve con Carlos Herrera en su programa matutino de radio, justo al día siguiente de ser votado el Estatut de Catalunya.

Recuerdo, como si fuera ayer, la conversación que tuve con Carlos Herrera en su programa matutino de radio, justo al día siguiente de ser votado el Estatut de Catalunya, de eso hace ya tres largos años. El tema de fondo: Urnas poco llenas y ciudadanos desorientados.

El caso es que, en medio de la opulencia de entonces, corrupción incluida, también había perplejidad, compartida ésta por muchos catalanes, pues sólo el 49’2% fuimos a votar, de los que el 5’34% votó en blanco al nuevo Estatut. (En Hospitalet, por ejemplo, tome nota Sr. Corbacho, sólo votó un 45 %, y de éstos casi un 5% en blanco y casi una cuarta parte dijeron “No”).

Personalmente, creo que en Cataluña ya hace muchos años que se están perdiendo estupendas energías en defender lo que no es prioritario para la gente de la calle; a la vez que se manipula, especialmente a los más jóvenes, con un sentimentalismo político que lo empapa y lo confunde todo.

Digo esto por el evidente apasionamiento -ínfulas de los mass-media- y el pensamiento único que ya no es disimulable: Ocurre ahora especialmente en el “cuarto poder” catalán y entre algunas autoridades y personas significadas que ahora mandan en Cataluña. Pero, ¿para cuando un editorial al unísono que proteste con firmeza frente a la política económica, que nos llega del gobierno central de Madrid, “opresora”, intervencionista y enfermiza, brutal productora de paro y lastre para la industria catalana? O, ¿a qué esperan para publicar editoriales de una sola voz, y así detener los ataques directos desde minorías, a la Constitución o a las altas instituciones del Estado?

Es claro que hay quienes buscan obligar a la gente, para eso no existen los territorios, a vivir en una sociedad donde el bienestar suplante al bien común; donde los particularismos se recluyan, absortos, sesgados, dando pie a un individualismo hedonista que no ve más allá de sus propias narices.

Pero no es demasiado tarde, en concreto, los catalanes hemos de conllevarnos con los demás españoles y al revés: Eso sólo será posible desde una actitud de generosidad, cosa que en tiempos de vacas flacas como los actuales es mucho más difícil.

Sea como sea, nos merecemos unos políticos más sabios y prudentes, que consigan la unidad dentro de la diversidad. Pero, y hete aquí la solución, para eso nos sobran aprendices de brujo como el Sr. Rodríguez Zapatero, que, en tantos ámbitos, parece disfrutar haciendo peligrosos experimentos.

¡Pues hasta aquí hemos llegado! Una cosa es el patriotismo chico, potente y respetable en el nacionalismo, y otra cosa dejar la fortaleza constitucional del Estado sólo en manos de una parte de éste.

Salvando las distancias, es como aquellos padres de familia que, por falta de criterio o falta de determinación, ante sus hijos adolescentes van cediendo en su autoridad, van haciendo dejación de deberes, y derechos, y permiten que el mozalbete en cuestión se les suba a las barbas y hasta les chantajee.

Y ya sabemos que la adolescencia trae cierta descoordinación afectiva, mucha inestabilidad emocional, una gran imaginación desbordada, y el típico narcisismo. Pues, como el adolescente que no consigue tener una visión global de la realidad, algunos creen ser el ombligo del mundo, y piensan poder relacionarse a su capricho con ese mundo.

Para acabar, nada anacrónico será recordar lo que en circunstancias similares a las actuales decía, en La Vanguardia del 26 de marzo de 1936, Salvador de Madariaga, escritor republicano de gran talento: “Nacionalismos como el catalán y el vasco no se explican más que en nuestra España y que el español que más reniega de España más se ahonda y arraiga en su hispanidad”.

No les parece que si, lejos de marginar al discrepante, opiniones como la de este columnista, y otros más destacados, fuesen recogidas por los medios de comunicación catalanes, otro gallo nos cantaría.

Pues venga, no nos pongamos tan huecos, inventando, ¡nadie!, soberanías locales o privilegiadas. ¡Cuántos países quisieran tener las sinergias y buenas complicidades que se pueden y deben dar en esta multiplicidad, que no plurinacionalidad, de Españas!

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