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Tribuna libre

Ética -y economía- de tres al cuarto

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El cuarto era una de las monedas de más bajo valor usadas en España. Era de cobre y valía cuatro maravedís de vellón.

El cuarto era una de las monedas de más bajo valor usadas en España. Era de cobre y valía cuatro maravedís de vellón; equivalente, más o menos, a tres céntimos de peseta, unas dos diezmilésimas de euro. Así que, si por un cuarto se compraban tres productos… la calidad debía ser ínfima y el producto... vulgar a más no poder. De ahí viene catalogar "de tres al cuarto" a algo que se considere muy vulgar.

Y digo esto, pues sería muy fácil enzarzarse, e incluso lucirse con rimas asonantes, en la maraña de despropósitos que los enfrentamientos político-lingüístico-sociales provocan en nuestro país.

Y también sería facilísimo machacar incoherencias de capitostes, ministrillos y ministrables, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Y no digamos si perdiéramos el tiempo en etiquetar barbaridades y dobleces de algunas de nuestras autoridades, tirando de hemeroteca.

Reconozcamos la realidad, ahuyentemos el autoengaño que representa ver las cosas según nuestros deseos o nuestras preferencias ideológicas. Aprendamos a identificar la información relevante entre tanta confusión y marrullería.

Vivimos en un país adolescente, se mire por donde se mire. Pero no podemos perder de vista que la adolescencia se pasa, no dura toda la vida. Aunque, evidentemente, se ha de alimentar a la criatura, y ha de llevar una vida equilibrada: deporte, cultura, amistad, ideales... En el caso, claro está, que le deseemos una sana juventud y una robusta madurez.

Y es aquí donde viene a cuento la anécdota de una muchacha neoyorquina, digamos que se llama Alice, buenas fechas estas para recordarla con cariño. Tenía una fuerte discusión con sus amigos quinceañeros, pues ellos no estaban nada de acuerdo en lo relativo a la responsabilidad personal y social que les transmitían en sus respectivas familias.

Ellos no acababan de reconocer los beneficios del "altruismo" como el hecho de poner en primer lugar las justas necesidades de los demás. Alice sí lo entendía así, pero ante la dificultad de transmitir lo ventajoso para todos que suponía esa generosidad, les presentó con pillería un razonamiento: −Lo que conseguimos en mi familia, que somos cinco, es que en lugar de tener una sola persona colocando sus necesidades en primer lugar -o sea solamente a uno mismo- tenemos cuatro personas colocando las necesidades de cualquiera de la familia en primer lugar.

¿Ingenuidad? ¿Inocencia? ¡No! Aunque es cierto que el factor confianza es necesario; y el saber perdonar, y el ser asequibles, sin dobles lenguajes o agendas ocultas. Nos hemos de convencer de que pensar en los demás sale a cuenta, de que no todo es cuestión de fríos razonamientos o análisis de probabilidades. Podemos ser como aquellos "adolescentes en acción" de los que hablábamos un día. Para eso, evitemos hacer críticas sin antes intentar comprender. Seamos capaces de decidir bien, incluso con riesgo y apostando por nuevas maneras de conseguir soluciones de beneficio generalizado.

Así, aunque parezca imposible, va a ser posible superar todas nuestras expectativas personales y como país. Pero no descentremos nuestros objetivos con intereses mezquinos. Por ejemplo, seamos conscientes de que cuando ayudamos a un colega -o a otra ciudad- a promocionarse, de una manera muy especial también nos promocionamos, pues somos todos versos del mismo poema, aun siendo muy diferentes.

Y además un matiz, si queremos ser más competitivos, más productivos, mejores en nuestra tarea, tendremos que tomarnos más en serio la formación integral ya desde muy jóvenes, sin olvidar el perfil humanístico que, aunque no dé mucho dinero, sí centra y equilibra la relación entre los medios aplicados y los fines que se deseen conseguir en cualquier trabajo.

De lo contrario, nos quedaremos con una ética -y una economía- de tres al cuarto.

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