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Tribuna libre

Europa siente temor ante el avance de nacionalismos populistas

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Ante la proximidad de las elecciones regionales en Francia (6 y 13 de diciembre), las encuestas de opinión reflejan un importante crecimiento en popularidad de los representantes del Frente Nacional.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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El avance del populismo es un fenómeno común a otros países europeos, por razones diversas, entre las que se encuentra el miedo a perder la propia identidad patria, por exceso de inmigrantes y, sobre todo, por la práctica de un multiculturalismo indiscriminado. Por paradoja, el temor entre los demócratas clásicos por el auge del extremismo, opera una suma de miedos que hace difícil la reflexión ante los proyectos políticos, con el riesgo de seguir incrementando la abstención.

Quizá todo se deba a un déficit de análisis en los medios informativos, que etiquetan a partidos y movimientos con inspiraciones bastante distintas, aunque coincidan en algunos objetivos. Así acaba de suceder en el país vecino con la polémica Onfray, un filósofo mediático conocido por su “ateología”, pero que tomó una postura enérgica contra tesis supuestamente progresistas en el ámbito de la bioética y las costumbres.

Los recientes resultados electorales en Polonia, con la vuelta al poder de un partido nacionalista y confesional -liderados por una mujer activa, Beata Szydlo, se ha asociado inmediatamente a la de Viktor Orban en Hungría, que sigue adelante con mayorías poco frecuentes en los tiempos que corren.

Los líderes políticos europeos no acaban de encontrar soluciones a grandes problemas de los Estados democráticos modernos: se estanca el crecimiento económico, entran en crisis pilares del Estado del bienestar, se agudizan las tensiones sociales, el malestar de la cultura se manifiesta en un incremento alarmante de las drogodependencias, cuesta cada vez más mantener el orden público, el fracaso escolar aparece en naciones consideradas especialmente cultas, se amplían las diferencias generacionales. A falta de soluciones, y en parte por no entrar de veras a cuestiones de fondo, vuelven la mirada con nostalgia al pasado. Si hace falta, se reescribe la historia, algo tristemente usual en los nacionalismos. O se invoca una y otra vez ese estilo de laicidad a la francesa, que evita plantear cuestiones religiosas insoslayables para dar sentido a la vida y a la convivencia social.

No todo es populismo, ni mucho menos. En el actual mercado audiovisual de las ideologías, crece más bien el sincretismo. Tras la reiterada invocación a identidades nacionalista se oculta quizá la crisis de los propios partidos. Después de conocer el proyecto de reforma del derecho laboral planteado por el socialismo francés, nadie se asombra de que, en Italia, Matteo Renzi reivindique que bajar los impuestos “no es de derechas”. O que Marine Le Pen en Francia sustente una especie de nueva lucha de clases: el pueblo contra la élite (por tanto, contra la ingeniería socioeconómica de Bruselas). Al tiempo que se distancia de los partidos dominantes al proponer el mantenimiento de las míticas 35 horas, o la vuelta a la jubilación a los 60

En ese contexto, no extraña tampoco descubrir que muchos musulmanes de Francia –bastantes tienen la nacionalidad en segunda o, incluso, tercera generación- se dispongan a apoyar electoralmente al Frente Nacional. Porque comparten tesis en materia de familia y sorprendentemente, de inmigración.

Esa reacción muestra el sincretismo de la extrema derecha francesa, como se está viendo en el Frente Nacional, ante las elecciones regionales.  Tiene la rara habilidad de usar criterios del universalismo cultural para oponerse a las exigencias de la Unión Europea. No se opone a la economía de mercado, pero hace promesas propias de un Estado intervencionista. Su afán por el orden público lleva a resucitar la pena de muerte, como si no fueran suficientes las leyes sobre seguridad, la abundancia de medios policiales, o la triste experiencia de Estados Unidos en este campo.

El crecimiento del populismo parece inversamente proporcional a la existencia de una sociedad civil fuerte, con iniciativas capaces de afrontar grandes cuestiones que nunca han resuelto ni resolverán los profesionales de la política. Esto no es obstáculo lógicamente para pedir a los líderes políticos que reconozcan la realidad, tengan un mayor sentido de las necesidades de la sociedad, eviten tanta falsa promesa y no abusen de estereotipos.

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