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Europa

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La humanidad es deudora de unos cuantos cerros. La acrópolis ateniense, las colinas de Roma y el Calvario simbolizan como pocos a la filosofía griega, al derecho romano y al cristianismo: los tres cimientos de occidente. 

Parlamento europeo. Parlamento europeo.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Sin embargo, acaso debamos empezar a sumar también a este egregio catálogo a la ligera loma en la que se asienta el barrio europeo de Bruselas, centro neurálgico desde hace décadas de esa formidable creación humana que conocemos como Comunidades Europeas.

El espacio que abarca los parques de Bruselas, de Luxemburgo, del Cincuentenario y de Leopoldo, con su corazón en la plaza Schumann y la larga Rue de la Loi, constituye el epicentro institucional de una de las más importantes construcciones políticas, jurídicas y sociales de todos los tiempos, y no solamente a escala continental. 

Los resultados que con el tiempo ha cosechado la Europa unida no tienen parangón en nuestra historia. El continente, literalmente asolado en cada siglo por crueles contiendas bélicas, descubrió a partir de 1950 su senda sostenida de prosperidad, respeto a los derechos humanos y paz más prolongada en centurias. Y ello pese a la aversión atávica entre muchos de los pueblos que componen ese gran mosaico, consecuencia de infinidad de conflictos religiosos, lingüísticos o comerciales acumulados a lo largo de los tiempos.

Una Europa unida fue y sigue siendo la principal vacuna frente a esos nacionalismos extremos que tanto daño han hecho y amenazan aún. Sin ella, no puede dudarse que las confrontaciones continuarían dejando el rastro de sangre y dolor, derrochando además un tiempo precioso en la búsqueda del progreso social y económico de las naciones. 

No cabe oponer a esta magnifica iniciativa hoy felizmente hecha realidad que consuma muchos recursos. Además de que cada vez lo hace en menor medida, ajustando los presupuestos de año en año, quien así piensa lo que en fondo propugna es diezmar sus capacidades de liderazgo sobre los campanarios nacionales, como bien se cuidan de exhibir en Estrasburgo los parlamentarios eurófobos, a los que dicho sea de paso rara vez les da por renunciar a sus dietas y otros cremosos emolumentos. Si valoramos lo mucho y bueno que han hecho y hacen las instituciones comunitarias en beneficio de los europeos, desde el más mínimo ámbito hasta la región más populosa, nos parecería incluso milagroso que lo pudieran afrontar con los medios humanos y materiales con los que cuentan. 

La vertebración posibilitada por esta unión de Europa está a la vista de quien quiera ver. No hace falta más que viajar por España para advertirlo. Viajar por el continente es hacerlo ya por un país en el que cambian paisajes, lenguas y climas, pero en el que existen unas mismas reglas de juego y un único proyecto de desarrollo, basado precisamente en las libertades, la sostenibilidad y el progreso. 

Quienes, en estos tiempos de despiste generalizado, sostengan que el enemigo es Europa, deben ser llevados de inmediato a la catedral de Gante y ser sentados frente al impresionante púlpito de mármol de Carrara y madera de Dinamarca que representa el triunfo de la verdad frente al tiempo: el éxito de lo permanente frente a lo mudable, el de la institucionalidad frente a la mesa camilla.

Javier Junceda
Jurista


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