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Ex presidentes

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No es tan descabellado pensar que Felipe González hubiera sido un buen ministro de Exteriores con Rodríguez Zapatero o que Aznar podría haber ocupado una cartera relevante en un gobierno de Rajoy.



Un artículo de...

Félix Gallardo
Félix Gallardo

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Si algo hay difícil en España es haber sido presidente del Gobierno. Ni los que ahora ejercen de ex, ni la clase política, ni la propia sociedad, facilitan que esa situación sea medianamente normal como lo es en otros países y como, por otra parte, sería normal.

Hay una especie de complejo por el que la situación es irreversible y a nadie se le ocurre que un ex pueda seguir en la política activa. ¿Es tan descabellado pensar que Felipe González hubiera sido un buen ministro de Asuntos Exteriores con Zapatero o que Aznar podría haber ocupado cualquier cartera relevante en el gobierno de Mariano Rajoy? Pero ni a sus sucesores se les pasa por la imaginación, ni los interesados hubieran aceptado.

No pasa un tiempo sin que algún ex opine sobre situaciones, acciones de gobierno o políticas llevadas a cabo por quienes han tomado el relev; si a eso le añadimos que su talante personal no suele ser excesivamente amable, que van un poco de perdonavidas y que quienes ostentan el poder no están demasiado dispuestos a escuchar consejos, el conflicto en sus partidos y con sus correligionarios está servido.

La renuncia de José María Aznar a la presidencia de honor de su partido- por mucho que los actuales dirigentes populares quieran quitar hierro- es toda una bofetada a la dirección y al liderazgo de Mariano Rajoy. Que un ex líder del partido descalifique de tal manera y de forma tan global, la política del Partido Popular, es como para pensar que algo falla en el estatus de ex presidente.

No es fácil recomponer esa situación. Los ex hacen su vida al margen de la política pero nunca se acaban de marchar. Por más que sus actuales negocios ocupen sus afanes, siempre les queda tiempo para una intervención que rezuma despecho y que nunca sienta bien. Uno piensa que sus antiguos compañeros son unos desagradecidos y los otros están convencidos de la deslealtad de quien discrepa de ellos públicamente.

Mientras en España el liderazgo de un partido sea algo patrimonial para quien lo ostenta en un momento dado, la situación no es fácil de resolver.

Ahí están para corroborarlo los ejemplos de Pablo Iglesias y de Albert Rivera, en su lucha por el liderazgo único.

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