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La clave del triunfo de audiencia de mayoría de los programas de corazón es ese gusto por el cotilleo. Cuando los detectives privados empezaron a aceptar encargos más alejados del mundo de la empresa, se toparon con un extraordinario filón.

El espionaje fascina a los españoles. La clave del triunfo de audiencia de mayoría de los programas de corazón es ese gusto por el cotilleo. Cuando los detectives privados empezaron a aceptar encargos más alejados del mundo de la empresa, se toparon con un extraordinario filón de beneficios. Sí, la información es poder. Pero cuánto más privada es, más poderosa es, aunque objetivamente nos parezca irrelevante conocer las costumbres de aseo de un ministro, o la sorprendente habilidad de un prestigioso empresario para hacer acrobacias con un cubata en la punta de la nariz en la pista de una discoteca de Marbella. Pero no debemos olvidar que en el siglo de la comunicación, lo objetivo no es imprescindible para manejar a las masas.

Fue con el PSOE de González en el gobierno cuando los políticos comprobaron el verdadero poder que tiene la información personal de los adversarios, especialmente si no se tienen escrúpulos. Las tristemente famosas escuchas indiscriminadas del CESID parecen hoy un cuento de ciencia ficción, o una historia de hace siglos. De otra España. Sin embargo, pese al cambio de siglo, no pocos protagonistas de aquellos años de la vergüenza continúan hoy calentando sillón oficial, entrando y saliendo de La Moncloa como José Luis por su casa, situados en los diversos eslabones de la cadena de mando que dirige el país. Rubalcaba, Ministro del Interior, sin ir más lejos. Por eso ya no hay sorpresas. Con su nombramiento, Zapatero asumió que la sombra de la sospecha permanecería siempre presente. La tentación de volver a los años del espionaje no es pequeña. Más aún hoy que la sociedad más informada de la historia es también –y tal vez por eso- la más fácilmente manipulable. Y ahora que las nuevas tecnologías han hecho de la privacidad una quimera que sólo conquistan parcialmente unas cuantos maniáticos que, por lo general, tampoco tienen nada interesante que ocultar.

El PP ha dado por finalizado su idilio primaveral con el Gobierno y ha lanzado las conocidas acusaciones de espionaje. Pero lo ha hecho con su estilo actual. Es decir, de forma vaga, imprecisa, cobarde, metafórica, y en un tono que recuerda mucho a los sollozos del tontorrón de la clase al que le han robado el bolígrafo instantes antes de iniciar un examen. Lo ha hecho mezclando las denuncias de persecución política con las acusaciones de espionaje. Todo junto, por si no fuera suficientemente evidente. Todo impreciso, como si no hubiera tiempo de explicarlo en detalle. Todo mal. Todo muy mal. Todo fatal.

Veamos. Yo también sospecho que el PP está siendo espiado. Pero no lo sé. Lo que sí sé con seguridad es que está siendo expiado, que es muy diferente. Una expiación que es necesaria, por sus culpas, que no son pocas en los últimos meses. El PP está sufriendo, por sus faltas, el sacrificio de la persecución policial probablemente dirigida desde el Gobierno. Está pagando el gran error de Rajoy, ese romance de primavera con Zapatero. Ningún país le paga el sueldo a la oposición para que profundice en su amistad personal y política con el gobierno. Ni para que copie sus estrategias de embaucamiento social, de dudosa moralidad, pese a que den buen resultado electoral. La oposición está para controlar al gobierno en todas sus acciones, y para representar y defender a los ciudadanos que les han votado.

La respuesta de Zapatero a este PP descafeinado, amigo de sus amigos y enemigos, políticamente correcto, y lleno de asesores de toda clase y condición, es una persecución salvaje para intentar destruir a la oposición y, de paso, eliminar de las portadas de los periódicos los titulares sobre la crisis. Por eso, desde hace meses, vemos el circo de los esposados en los telediarios. La siembra constante de las sospechas de corrupción. Y el PP reaccionando tarde y mal en todos los casos: Rajoy, ni fulmina al instante a los que realmente parecen pringados, ni defiende con claridad a quienes están siendo injustamente acusados. Al menos si entendemos la mejor defensa como lo que es: un buen ataque. Y ahora, a la desesperada, se saca de la manga la táctica de las indirectas. “Alguien está espiando a alguien”, insinúan, como si fuera un chiste de Gila.

Precisamente por la gravedad de acusar al Gobierno de espiar a la oposición, la forma más razonable de proceder es la contraria a como han actuado en el chiringuito veraniego de la calle Génova. Primero, se reúnen las pruebas. Después, se presentan las denuncias. Finalmente, se ofrece una rueda de prensa, se muestran las pruebas y se pide la dimisión del Presidente y de todos los ministros y cargos públicos implicados en el supuesto espionaje. Si no hay pruebas, lo normal es callarse y esperar. Obrar de otra manera es dejárselo en bandeja a Rubalcaba para reírse nuevamente de Rajoy, del PP, de sus votantes, de las denuncias, y del estado de derecho en general, que es lo que lleva haciendo, más o menos, desde que al Anís del Mono se le llama Anís del Mono.

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